¿Qué define el abuso doméstico? Los sobrevivientes dicen que abarca mucho más que las agresiones.

Melena Ryzik y Katie Benner
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Cori Bush, representante demócrata de Misuri, compartió su historia como sobreviviente de abuso doméstico para ayudar a "normalizar que se hable de este tema". (Whitney Curtis/The New York Times).
Cori Bush, representante demócrata de Misuri, compartió su historia como sobreviviente de abuso doméstico para ayudar a "normalizar que se hable de este tema". (Whitney Curtis/The New York Times).

Al principio, fue el tipo de atención romántica de cuento de hadas que Cori Bush anhelaba. Tendría unos 19 años, apenas le alcanzaba para cubrir los gastos con su trabajo en una escuela preescolar y un nuevo novio afectuoso la colmaba de afecto. También la prodigaba con regalos. “Me consentía; consentía a mis amigas, a mi hermana, a cualquiera que estuviera cerca de mí”, comentó.

Pero recordó que, con rapidez, el fuerte rayo de luz de sus atenciones se convirtió en un resplandor inquebrantable. Él monopolizó su tiempo y frenó su independencia.

“Contestaba mi teléfono”, dijo Bush. “Al principio me pareció lindo, quería contestar mi teléfono y hablar con mis amigos. Pero luego se convirtió en una manera de monitorear mis llamadas”.

Cuando ella trató de terminar la relación, él la golpeó. Fue la primera de muchas veces en las que usó la violencia física. “Me pellizcaba tan fuerte que no solo me arrancaba la piel, sino también la carne. Me cortaba con cuchillos, con navajas para cortar cajas”, recordó. Según comentó, no podía irse porque él amenazó con hacerse daño si lo dejaba. Y así, el ciclo comenzaba de nuevo: “Regresaba tan dulce y tan amable y tan cariñoso... y tan arrepentido”, afirmó.

Días después de comenzar su primer periodo como congresista demócrata de Misuri, Bush, de 44 años, surgió como una fuerza pública y, como primera acción, presentó una legislación para investigar y expulsar a los miembros del Congreso que votaron para anular las elecciones y apoyaron el motín en el Capitolio.

Sin embargo, incluso antes de prestar juramento, compartió sus experiencias como sobreviviente de abuso doméstico, con la esperanza de replantear el tema. “Me he permitido ser vulnerable al respecto”, declaró en una entrevista el mes pasado, “porque siento que, si no normalizamos que se hable de este tema, seguirá habiendo personas lastimadas, en particular ahora, con la COVID-19 y el confinamiento”, cuando las llamadas a las redes de apoyo están en aumento.

La franqueza de Bush llega en un momento en el que algunos legisladores estatales, que trabajan con investigadores, han comenzado a reformar las leyes para reconocer que las conductas de control y aislamiento que ella menciona, que muchos conocen como “control coercitivo”, no solo son pasos hacia la violencia, sino que pueden considerarse un abuso criminal por sí mismas. Los activistas esperan que, al ampliar la definición de abuso, puedan ayudar a las víctimas a recuperar su autonomía y detener a los perpetradores antes de que los casos lleguen hasta la hospitalización, o algo peor.

En septiembre, California aprobó una ley que permite que conductas de control coercitivo, como aislar a las parejas, se presenten como prueba de violencia doméstica en el tribunal de lo familiar. Ese mes, Hawái se convirtió en el primer estado en promulgar una legislación en contra del control coercitivo. Una ley similar se presentó en la legislatura de Nueva York.

Las iniciativas abordan lo que, según los expertos, es una percepción errónea, arraigada y común de que una situación de abuso solo consiste en una pareja que da un puñetazo, y no en un proceso de restringir cada vez más la vida de alguien a fin de dominarlo.

“Para cuando se llega a los huesos rotos, la persona ha experimentado muchos otros comportamientos perjudiciales”, explicó Lynn Rosenthal, quien fue la primera asesora sobre violencia contra las mujeres de la Casa Blanca y formó parte del equipo de transición de Joe Biden.

Por supuesto que la violencia en sí misma no ha disminuido. En Estados Unidos, una de cada cuatro mujeres y uno de cada siete hombres experimentan violencia severa en sus relaciones a lo largo de su vida, y es la causa principal de homicidios de mujeres, según la Línea Nacional de Violencia Doméstica.

Jennifer Spivak, a quien su exnovio obligó a entregarle el dinero que ganaba, en su casa de Nueva York, el 6 de enero de 2021. (Meghan Marin/The New York Times).
Jennifer Spivak, a quien su exnovio obligó a entregarle el dinero que ganaba, en su casa de Nueva York, el 6 de enero de 2021. (Meghan Marin/The New York Times).

Sin embargo, a medida que las desigualdades de género salieron a la luz tras el movimiento #MeToo, y más mujeres —y por lo tanto más sobrevivientes— ingresaron al gobierno, tanto ellas como otras personas han alzado la voz acerca de lo mucho más complicado que puede ser el cálculo de los abusos, las enormes lagunas en la protección y lo perjudicial que resulta la creencia de que las víctimas pueden simplemente alejarse de una situación de abuso.

A pesar de las lesiones, muchos sobrevivientes dicen que lo que los mantiene en la relación, y lo que hace que el trauma dure, es el abuso mental y emocional. La música FKA twigs, de 33 años, quien presentó una denuncia el mes pasado en la que acusó a su exnovio, el actor Shia LaBeouf, de abuso sexual, agresiones y de infligirle angustia emocional, dijo en la denuncia que los constantes “menosprecios y regaños” por parte del actor disminuyeron su autoestima y la hicieron más fácil de controlar. Un año más tarde, dijo en una entrevista, seguía sufriendo las repercusiones: “Tengo ataques de pánico casi todas las noches”.

Algunos investigadores adoptan el término control coercitivo para describir la dinámica del abuso porque abarca actos como el aislamiento insidioso, el aprisionamiento, la denigración, las restricciones financieras y las amenazas de causar daños emocionales y físicos, incluso a los animales domésticos o a los niños, que se utilizan para despojar de poder a las víctimas. La agresión corporal leve pero frecuente ―empujar y sujetar con fuerza, o aumentar la brusquedad durante las relaciones sexuales de una manera que no le gusta a la pareja― es otra característica, dijeron los expertos.

Por muy destructivos que sean esos comportamientos, ni las autoridades ni los tribunales suelen considerarlos impropios por sí mismos, lo que agudiza la creencia de que las víctimas deben ser golpeadas y hospitalizadas antes de que sus relatos puedan tomarse en serio. Las dudas sobre el trato que les daría el sistema de justicia no son infundadas: alrededor del 88 por ciento de los sobrevivientes encuestados por la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU, por su sigla en inglés) dijeron que la policía no les creyó o los culpó del abuso.

Las nuevas leyes para abordar las conductas coercitivas son motivo de preocupación para los activistas ya que la carga de prueba ―en los procedimientos judiciales que los abogados en el campo dicen que ya están sesgados en contra de los sobrevivientes― podría ser demasiado alta, en especial cuando las autoridades no tienen las herramientas para identificar y comprobar los patrones de comportamiento de riesgo. “Los investigadores entienden el control coercitivo como algo que puede ayudar a predecir el resultado de una situación peligrosa que se torna mortal”, afirmó Rachel Louise Snyder, autora del libro de 2019 “No Visible Bruises: What We Don't Know About Domestic Violence Can Kill Us”. Pero, añadió, “las autoridades no necesariamente reconocen eso”.

Judy Harris Kluger, una jueza jubilada de Nueva York, directora ejecutiva de la organización sin fines de lucro Sanctuary for Families, dijo que concordaba en que el control coercitivo es importante como concepto. Sin embargo, como jueza, “prefiero que la atención se concentre en la aplicación de las leyes que tenemos”, dijo, “pero que también se enfoque en otras cosas además del litigio para atender la violencia doméstica”, como el financiamiento de programas de prevención, vivienda y trabajo para los sobrevivientes.

A pesar de ello, quienes están a favor de la idea dicen que reconocer jurídicamente cuán pernicioso es el problema facilitará la lucha y ayudará a forzar un ajuste de cuentas sobre su omnipresencia.

Apuntan a Escocia como un posible modelo a seguir. Sus leyes sobre abuso doméstico promulgadas en 2019 se centran en el control coercitivo e incluyen fondos para la capacitación; la mayoría de su personal policial y de apoyo ha tomado cursos obligatorios para comprender el tema, afirmó la detective superintendente Debbie Forrester, encargada de la división de abuso doméstico de la Policía de Escocia. El poder judicial también se capacitó. Además, se llevó a cabo una campaña pública en la que se explicaba que controlar el comportamiento es ilegal, las autoridades notificaron a los abusadores que serían objeto de una investigación: “Hablaremos con sus parejas anteriores”, advertía un comunicado de la policía.

Al año siguiente de que se promulgó la ley, la cantidad de denuncias relacionadas con el abuso doméstico aumentó casi un seis por ciento, según el gobierno escocés. Aunque anteriormente las denuncias de violencia siempre se admitían “no había nada que en verdad definiera el abuso doméstico”, comentó Forrester. “Eso ha sido muy importante para las víctimas, ya que entienden que las leyes y la estructura están ahí para apoyarlas”.

Susan Rubio, de 50 años, la senadora del estado de California que encabezó el esfuerzo para adoptar una nueva legislación ahí, dijo que se sintió motivada en parte por sus propias experiencias. En 2016, durante el proceso de divorcio, acusó a su marido, Roger Hernández, un asambleísta del estado de California, de violencia doméstica, y describió ocasiones en las que este le dio un puñetazo en el pecho e intentó estrangularla con un cinturón, según los documentos del tribunal. Un juez le otorgó una orden de alejamiento. Hernández, quien se preparaba para las elecciones primarias al Congreso, negó las acusaciones. Cuando sus colegas en el Congreso estatal le reprocharon su conducta, desapareció y abandonó su carrera como legislador (Hernández no respondió a las solicitudes de comentarios).

La ley propuesta por Rubio, que permite que el control coercitivo se utilice como evidencia de violencia doméstica en el tribunal de lo familiar, entró en vigor este mes. La ley define esas conductas como los casos en que una parte privó, amenazó o intimidó a otra, o bien, controló, reguló o vigiló sus “movimientos, comunicaciones, comportamiento diario, finanzas, recursos económicos o acceso a servicios”.

Quienes estudian el abuso doméstico dicen que sigue un patrón: un cortejo apasionado y rápido que da lugar a pruebas de lealtad, aislamiento de los seres queridos, denigración y privación de recursos, ya sea dinero, tiempo, sueño o comida, todo ello a fin de quebrantar y controlar a la otra persona.

Al principio de una relación, el “bombardeo de amor”, como se le llama a veces, es una clásica señal de advertencia, según los expertos. “Llegar más temprano para darle flores a la pareja. Recogerla cuando no lo espera”, dijo Chitra Raghavan, psicóloga forense del John Jay College of Criminal Justice.

Estos gestos pueden parecer dulces y considerados, pero son una prueba: monopolizar el tiempo y la atención de la pareja siembra el aislamiento y le muestra al abusador “que puede controlarla”, explicó Raghavan.

Si la pareja protesta, el abusador puede aumentar su encanto, dijeron los expertos. El ciclo le da a la víctima una ilusión de control y al victimario una excusa para imponerle un castigo: no salgas con esos amigos, no te vistas así, no cocines esa comida. Sin embargo, los límites para el comportamiento correcto siguen cambiando.

El exnovio de Bush tenía reglas sobre cómo y cuándo podía lavar los platos o usar la estufa, recordó. FKA twigs, cuyo nombre de pila es Tahliah Debrett Barnett, dijo que LaBeouf la celaba en extremo y que también se enfadaba si le entregaba su cepillo de dientes cuando estaba en la ducha, aunque es cuando le gustaba cepillarse los dientes. “Me dijo que era controladora, porque le había dado el cepillo de dientes con pasta”, recordó la cantante.

Barnett dijo que una vez que pudo ver lo mal que estaban las cosas con LaBeouf, estaba demasiado avergonzada para admitirlo: “Sencillamente no podía conectar con mi antigua vida, porque era un recordatorio de lo lejos que estaba de mí misma”. Presentó la denuncia, dijo, para subrayar los patrones de su relación y mostrar cómo cualquiera, sin importar su estatus, puede quedar atrapado.

El momento más peligroso para las víctimas de la violencia doméstica, según los expertos, es cuando deciden poner fin a su relación; en promedio, se necesitan siete intentos para dejar al abusador, según la Línea Nacional de Violencia Doméstica. La vergüenza y el miedo, junto con la inseguridad económica, las preocupaciones por la justicia racial y social y la preocupación por desestabilizar el hogar, en especial cuando hay niños, o el terror con el que viven, impiden a muchas personas denunciar las agresiones de las que son víctimas, dicen los activistas.

Rubio, la legisladora de California, se resistió a llamar a las autoridades durante su matrimonio; a pesar de sus recursos, no tuvo el valor, dijo, y le preocupaba el escrutinio público. “El control coercitivo paraliza a la víctima”, afirmó.

Bush dijo que la violencia de su novio aumentó hasta el grado en que, en una ocasión, le disparó con una pistola. Ella nunca llamó a la policía. “No quería que fuera a la cárcel”, dijo. “Así que no supe cómo decir lo que pasó. Y no quería que la gente me mirara como si fuera una tonta, como preguntándome: ¿por qué estás con este tipo? Porque soy más inteligente de lo que puedan creer”.

Ahora que está en el Congreso, Bush dijo que considera la lucha contra la violencia doméstica como un movimiento social para salvar vidas. “Cada vez que vemos que alguien muere a manos de su pareja, estamos ante algo que podríamos haber detenido, como sociedad”, señaló.

Si alguien que conoces o tú son víctimas de abuso, hay ayuda y apoyo a tu disposición. Visita el sitio web de la Línea Nacional de Violencia Doméstica, www.thehotline.org, o llama al 1-800-799-7233.

This article originally appeared in The New York Times.

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