Debemos poner fin a todas nuestras relaciones de ciudades hermanas con Rusia | Opinión

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En 1956, el presidente Eisenhower enfrentó un nuevo tipo de amenaza para la paz mundial. El equilibrio de poder de la posguerra entre Estados Unidos y la Unión Soviética provocó guerras regionales indirectas, espionaje internacional y la amenaza constante de aniquilación nuclear.

La Guerra Fría requirió un enfoque diferente de la diplomacia, uno que aprovechara las relaciones interpersonales como medio para sortear la intransigencia de los gobiernos adversarios.

Una de las estrategias de Eisenhower fue novedosa: el establecimiento de un programa de “ciudades hermanas” en el que los líderes de los gobiernos locales podían actuar como diplomáticos ciudadanos y compartir ideas e información para profundizar en el entendimiento cultural. Estos intercambios entre ciudades crearon esencialmente docenas de conexiones diplomáticas localizadas de bajo nivel por debajo de las intratables posturas amenazantes de las grandes potencias nucleares.

El programa de Ciudades Hermanas ha sido ampliamente considerado un gran éxito porque usó el liderazgo de las bases para influir en los resultados internacionales. Hoy día nos encontramos en un momento similar.

El mes pasado, el presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy habló a distancia en la Conferencia de Alcaldes de Estados Unidos en Reno y describió un nuevo marco geopolítico que requiere un nuevo conjunto de soluciones. En lugar de un mundo definido por los Estados nación, vivimos en una era en la que las redes sociales pueden impulsar movimientos políticos, un mundo en conflicto por los valores humanos en el que las voces individuales pueden tener un impacto mensurable.

Zelenskyy instó a los alcaldes estadounidenses a cortar los lazos con las ciudades rusas. “Por favor, no dejen que quienes se convirtieron en asesinos llamen a sus ciudades sus ciudades hermanas”, dijo. En efecto, estaba pidiendo a los líderes locales de Estados Unidos que se involucraran en el proceso de política exterior y enviaran una declaración personal y poderosa al pueblo ruso de que las horrendas acciones del régimen de Vladimir Putin no se pueden sostener.

Se trata de una acción concreta que nuestras ciudades pueden llevar a cabo y que tendría un impacto real.

Hace poco estuve en Kiev y Lviv para reunirme con investigadores académicos que se han dedicado durante años a influir en la opinión pública rusa. Me dijeron que Putin no se retirará de Ucrania mientras mantenga fuertes niveles de apoyo entre el pueblo ruso a la invasión.

También señalaron que la pérdida de relaciones personales, económicas, profesionales— es crucial para cambiar la opinión pública rusa sobre el régimen de Putin. De hecho, fue una de las acciones más efectivas que cambiaron la opinión pública en un país donde los medios de comunicación están dirigidos por el Estado y la protesta política conlleva una pena de cárcel.

Renunciar a una relación de Ciudades Hermanas sería una muestra de solidaridad con la lucha global contra las amenazas autoritarias. El gobierno de Estados Unidos ya ha adoptado medidas sin precedentes en forma de sanciones económicas contra Rusia, congelando sus activos de reserva monetaria y transfiriendo armas a las fuerzas armadas de Ucrania.

California está trabajando para retirar las inversiones, incluidas las del mayor fondo de pensiones (CalPERS), de las empresas rusas. Los gobiernos locales deberían aprovechar esta oportunidad para mostrar su pleno apoyo. Las ciudades deberían atender el llamamiento de Zelenskyy y renunciar a sus relaciones de ciudades hermanas con sus homólogas rusas.

Al igual que el nuevo mundo al que se enfrentó Eisenhower, el actual conflicto mundial requiere un nuevo enfoque. No estamos en una Guerra Fría, y las soluciones que funcionaron entonces no funcionarán ahora. Europa se encuentra en una guerra terrestre por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. Ante las agresiones, violaciones, torturas y ejecuciones rusas, así como la destrucción sin sentido de pueblos y ciudades, hospitales, escuelas y lugares de culto, este momento exige claridad moral.

Los alcaldes estadounidenses pueden desempeñar un papel importante —como lo hicieron durante la Guerra Fría— usando su posición de ciudadanos diplomáticos para declarar a la opinión pública rusa que las atrocidades infligidas por su gobierno nacional no pueden coexistir con las relaciones habituales a ningún nivel.

El intercambio mutuo de ideas, cultura e información entre ciudades debería ser siempre el objetivo de los esfuerzos diplomáticos. Pero continuar con esas relaciones mientras presenciamos el genocidio y los crímenes de guerra equivale a prestar apoyo.

Mike Madrid es consultor político republicano, cofundador del Lincoln Project y editor de California City News.

©2022 Los Angeles Times

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