De estudiantes a emigrantes: la crisis le roba el alma a las universidades en Venezuela

Estudiantes lanzan consignas contra el presidente venezolano Nicolás Maduro durante una marcha convocada por la oposición con motivo del Día Internacional del Trabajo en Caracas, Venezuela, el jueves 1 de mayo de 2014. (AP Photo/Fernando Llano)

Luego de tres años estudiando Farmacia, Leonel Albarrán concluyó que Venezuela no tenía remedio. “Dejé la carrera por la situación del país y ahora estoy trabajando en Buenos Aires”, cuenta Albarrán, de 25 años, testimonio del reciente éxodo de miles de jóvenes universitarios que cruzan las fronteras huyendo de la hiperinflación, la escasez de alimentos y medicinas, la violencia criminal y la represión política.

Albarrán se formaba en la Universidad de Los Andes (ULA), ubicada en el estado Mérida, occidente de la República. “Decidí emigrar por la dura situación económica que enfrentaba con mi pareja, ya nos costaba mucho pagar el alquiler y la comida, y nuestros padres no tenían la capacidad para ayudarnos con algo de dinero extra”, explica el muchacho.

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Renunció en el séptimo semestre y emprendió un viaje de siete días por tierra a la capital de Argentina junto con su pareja, un bachiller de 26 años que cursaba noveno semestre de Arquitectura, y su hermana de 20 que estudiaba Idiomas Modernos en la ULA. “Pesa haber estado tan cerca y no alcanzar la meta de obtener el título, pero no me arrepiento, ahora soy independiente, trabajo en un café y pronto retomaré mi carrera”, afirma convencido.

La crisis está vaciando los institutos de educación superior venezolanos. La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) elaborada por las universidades Central de Venezuela (UCV), Simón Bolívar (USB) y Católica Andrés Bello (UCAB) arrojó que 60% de los estudiantes universitarios desertan de las aulas por culpa de la crisis.

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Se marchan los alumnos y también los profesores. El rector de la Universidad Metropolitana de Caracas, Benjamín Scharifker, calcula que alrededor de la mitad de los catedráticos abandonan sus puestos de trabajo debido a las pobres remuneraciones que perciben, reflejo de un presupuesto deficitario que atenta contra el desarrollo de la investigación y el funcionamiento de estas instituciones.

Sin guía

Karem Yucra se quedó a un paso de cumplir su sueño. “Eso fue lo que más me dolió”, reconoce. Solo tenía que presentar su tesis para graduarse de arquitecto, pero aquello fue imposible. “No había profesores para constituir el jurado de evaluación porque se han ido del país y yo no quería perder más tiempo, así que me fui”, relata la estudiante de 31 años.

Yucra asistía a clases en el Instituto Politécnico Santiago Mariño de Barcelona, capital del estado Anzoátegui, en el oriente del país. “Con el empeoramiento de la crisis cerró sus puertas el cafetín, las instalaciones se deterioraron y los robos eran cotidianos”, relata. Ahora está en Lima, Perú, “empezando de cero para buscar una mejor calidad de vida”.

“Emigré porque en mi casa teníamos problemas económicos y también porque todos mis compañeros se fueron. Unos están aquí en Perú y otros en Colombia, Ecuador, Estados Unidos y Panamá”, relata la joven, que mantuvo a toda su familia en vilo durante los cinco días que duró su recorrido en autobús hasta tierras peruanas.

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Venezuela acogió en el siglo pasado a decenas de miles de migrantes de Europa y América, que llegaban atraídos por la bonanza económica provocada por el boom petrolero y por la estabilidad política de una de las democracias más sólidas del continente. Pero ahora todo cambió y el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) apuntan que para finales de 2017 entre 1,5 y 1,6 millones de venezolanos abandonaron su territorio natal.

ARCHIVO – En esta imagen de archivo del 31 de marzo de 2017, estudiantes universitarios empujan los escudos de agentes de la Guardia Nacional Bolivariana durante una protesta ante el Tribunal Supremo en Caracas, Venezuela. Los venezolanos se vieron envueltos en una nueva ronda de inestabilidad política después de que el Tribunal Supremo, partidario del gobierno, despojara a la Asamblea de sus últimos vestigios de poder, provocando una condena generalizada de gobiernos extranjeros y desatando protestas en la capital. (AP Foto/Ariana Cubillos, Archivo)

En respuesta al presidente Nicolás Maduro, quien niega tajantemente que exista una crisis migratoria en la nación bolivariana, el Grupo de Lima –conformado por 14 gobiernos del continente- aseveró que desde 2016 se ha registrado “un incremento masivo de la migración venezolana, impactando especialmente a los países de la región”.

Vida real

Luis Robles vivía en Guarenas, una ciudad dormitorio a 46 kilómetros de Caracas. “Me matriculé para el quinto semestre de Periodismo en la Universidad Central de Venezuela, pero ya no podía pagar el pasaje de bus para acudir a clases bien por falta de fondos o porque no conseguía efectivo”, reconoce. Entonces, resolvió irse más lejos y hoy vive con su familia en Bogotá.

Robles, de 20 años, pudo trasladarse con su madre gracias al apoyo de su hermana, una bachiller de 21 años que cursaba Enfermería en la UCV y que actualmente trabaja como secretaria en la capital colombiana. “Para mí fue un golpe muy duro dejar la carrera”, confiesa y agrega que en los últimos meses ocho de sus amigos también se retiraron.

“Mi madre no tenía un oficio fijo y allá el sueldo mínimo no alcanza para nada”, comenta el muchacho. El salario básico integral equivale a 1,05 dólares, según la tasa del mercado negro que marca los precios en Venezuela donde rige un férreo control de cambio desde 2003. Sirva este indicador como ejemplo del desastre económico: para comprar una hamburguesa en McDonald’s se necesitan dos meses de sueldo mínimo integral.

El joven ya descubrió que la vida no es como la pintan las redes sociales. “Una cosa es ver en Instagram todo bello y hermoso, y otra cosa es la realidad del esfuerzo que tenemos que hacer para vivir aquí”. Dice que en Bogotá abundan los venezolanos y faltan las opciones laborales. Por lo pronto, se dedica a la venta informal y no pierde la esperanza de retornar en el futuro a su querida Universidad Central de Venezuela.

Fuga masiva

“Tengo 23 años como personal docente y no recuerdo un peor momento que este”, suelta Celia Herrera, directora de la Escuela de Ingeniería Civil de la UCV. “El ambiente universitario dejó de tener sentido, todo está muy deprimido, los horarios se reducen, la gente evita venir al campus y disminuyen las actividades culturales por la falta de recursos, los ataques del gobierno y el temor a la inseguridad”, lamenta la académica.

Estudiantes leen en la biblioteca de la Facultad de Ciencias en la Universidad Central de Venezuela en Caracas el 4 de noviembre de 2015 (AFP | Juan Barreto )

En la Universidad Central de Venezuela, con casi 300 años de historia, se roban desde grifos, tuberías y luminarias, hasta computadoras, equipos electrónicos y cables de alta tensión. Las autoridades de la casa de estudios denuncian que el régimen chavista obstaculiza las medidas de seguridad que tratan de implementar y, además, les aplica una “asfixia presupuestaria” en venganza por sus críticas a la gestión gubernamental.

“En mi lista de contactos ya tengo más gente que vive fuera que dentro del país. Estudiantes dejan la universidad en sexto o séptimo semestre para trabajar en una cafetería o como taxista en otro país. De 50 muchachos que egresan, 48 se van de Venezuela. Se gradúan con el boleto comprado. Los profesores y el personal de oficina también huyen. Uno intenta hacer universidad, pero el drama es demasiado grande”, resalta Herrera.