No hay dato que por bien no venga

LA NACION

En 1854, Londres era una ciudad infernal: una aglomeración de dos millones y medio de personas sobre la infraestructura de una aldea medieval. La ciudad estaba asolada por una epidemia de cólera. Familias enteras morían sin que se supiera cómo se habían contagiado. Por entonces se creía que el cólera se transmitía por la contaminación del aire. Los gérmenes todavía no habían sido bien estudiados. En esa penumbra, John Snow, un médico de barrio, tenía la sospecha de que el cólera se contagiaba a través del agua, pero chocaba contra el sentido común médico de su época. Hasta que con una idea torció la historia: se le ocurrió trazar una marca en un mapa de la ciudad, con la ubicación de cada muerte y de las bombas de agua. La relación entre los contagios y el agua fue así evidente. Su mapa expuso la razón y la posible solución del problema. En el camino, fundó las bases de la visualización y el análisis de datos.

Si Snow pudo hacer esto con un puñado de datos, imaginemos lo que se puede hacer hoy, cuando tenemos a disposición datos sobre casi todo. Nosotros mismos somos máquinas de generar información. Pagamos con datos el acceso a servicios que nos son útiles. Cada vez que damos un like o hacemos una búsqueda le indicamos a una empresa qué nos interesa y la invitamos a comerciar con ello. Miles de compañías basan su modelo de negocio en explotar la información que les proporcionamos. Los datos les dan y también en algún sentido les quitan: las exponen a cuestionamientos cada vez más articulados por usar esos datos en beneficio propio. En el último tiempo, sin embargo, los datos están cada vez más cerca de los proyectos de bien público. Algunos son impulsados por ONG, pero otros surgen de empresas que buscan devolver a la sociedad algo del valor que -como un ladrillo caliente- preservan los datos en su interior.

Facebook presentó una herramienta que aprovecha los datos anonimizados de 2000 millones de sus usuarios para facilitar la ubicación de personas luego de un desastre natural. Telefónica trabaja en Neuquén con el gobierno y el BID para producir un plan de movilidad basado en la ubicación de celulares. Y Google hizo varios intentos de predecir epidemias a partir de las búsquedas de determinados síntomas.

Algunas compañías además están empezando a compartir sus bases de datos con investigadores de las ciencias sociales. Un trabajo aún inédito de los argentinos Hernán Galperín, Guillermo Cruces y Cathriel Greppi sobre datos de Nubelo -una plataforma para contratar diseñadores, programadores y otros trabajadores independientes recientemente adquirida por Freelancer.com- mostró que cuando las mujeres pedimos presupuestos nos pasan precios más altos que a los hombres. El año pasado, Airbnb encontró algo parecido cuando analizó sus datos con la Asociación Americana de Economía: descubrió que hay discriminación contra los afroamericanos que quieren alquilar una casa.

En los dos casos, el trabajo con datos les permitió a estas compañías ver problemas que desconocían y hacer cambios en sus plataformas para desalentar esas conductas. Como si finalmente el ejemplo fundacional de Snow rindiera frutos, el análisis y la visualización de datos parecen tener algo bueno para ofrecernos a las sociedades del presente.