"¿Dónde quedó el uniforme?". Así viví la vuelta de mi hija al jardín después de ocho meses en pausa

Evangelina Himitian
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Fue el primer día de clases más extraño que jamás haya imaginado. Después de ocho meses, de dormir hasta tarde y de vivir en crocs, mi hija Amanda, que este año egresa de sala de 5, ayer volvió al colegio. Y, de pronto, a la casa regresó la banda de sonido de la prepandemia. Volvimos al "dale, dale", al "no te vuelques la leche en la remera", al "lavate los dientes que es tarde" y a la carrera loca bajo una lluvia de flores violeta, para llegar antes de que cierren la puerta.

Empezar las clases en noviembre, cuando ya florecieron los jacarandás y los supermercados tienen deco navideña, no estaba en los planes de nadie. ¿Dónde quedó el uniforme? Las zapatillas que compramos en marzo ya no le entran y los pantalones parecen pescadores. Pero nada de eso fue lo importante. Volvimos y para ella, volver a ver a sus amigos y a su maestra, a su sala y a las cosas que le fueron quitadas por la pandemia fue como recuperar una parte de la identidad, que quedó en pausa el 16 de marzo pasado.

Llegó ansiosa, y casi se saltea todos los pasos del protocolo. La declaración jurada, la temperatura, el felpudo, el alcohol gel, el saludo de codo y, finalmente, ahí estaba la seño, esperándola atrás de una máscara y un barbijo. No lo pudimos ver, pero lo sabemos, debajo de todo eso, ella también sonreía.

La directora me tuvo que hacer una seña de que ya estaba. Que me podía ir. Porque yo me quedé asomada a la puerta, hechizada, como espectadora de una película que se traba y se pixela, pero, de pronto, mágicamente vuelve a correr. Esos cinco metros que cada mañana Amanda transitaba corriendo, ahora se habían convertido en una carrera de postas en la que cada movimiento estaba pautado. ¿La nueva normalidad le iba a gustar?

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Hace unos diez días, cuando nos llegó el mensaje del colegio de que iban a empezar las actividades de revinculación para los que egresaban este año, nos tuvimos que plantear en familia qué hacer. Había suficientes razones tanto para volver como para dejarla pasar. Olivia, la mayor, nos trajo su video de egreso de jardín y su remera de fin de curso y nos dijo. "Amanda no se puede perder todo esto".

Lo pensamos. Y concluimos que era necesario darle un cierre a la etapa de jardín. Despedirse de la fase más divertida de la escolaridad y prepararse para entrar al riguroso mundo de la primaria con distanciamiento social. Eso nos da más miedo que el coronavirus. Si el año que viene vuelven las clases presenciales, al menos que llegue preparada, pensamos.

Pero, ¿cómo hacemos para explicarles todo lo que no van a poder hacer sin decirles cien veces no?, le pregunté a la maestra hace una semana, cuando tuvimos la reunión de padres por Zoom para organizar el regreso en las burbujas. En la cabeza tenía frases como, "no vas a volver a tu aula, sino al patio", "no podés abrazar a los chicos", "no te podés sacar el barbijo, ni compartir los juguetes, ni correr, ni prestar, ni pedir prestado".

"Para nosotros también es difícil. No vamos a poder atarles los cordones ni darles un abrazo", dijo la maestra, y no pudo evitar llorar frente a los padres. A mí también me dieron ganas de llorar. "Pero vamos a contenerlos desde la palabra y la mirada", explicó la maestra.

La autonomía era la clave. Para que pudieran volver debíamos prepararlos para poder resolver por ellos mismos las cuestiones más elementales. Y para no depender de la ayuda de alguien más. Un objetivo noble y deseable de la educación, pero que puede inocular la idea de la autosuficiencia. De que no necesitamos de los otros. Porque, en realidad, ese era el desafío que tenemos los padres por delante. ¿Cómo lanzarlos a la nueva normalidad sin que se sientan desamparados o solos?

En casa, hicimos el mayor esfuerzo por no usar el "no" en la explicación. "Vas a volver a una escuela distinta. Vas a tener menos compañeros, todos con sus barbijos y se van a sentar en los círculos en el patio. Van a poder ir mucho al patio del sol. Va a ser divertido y solo tenés que ir si vos querés", le expliqué hace unos días.

"Sí, quiero", me dijo, gritando de alegría. Funcionó. Me alegré de no haberle dado la otra explicación que tenía en mente: "Hacé de cuenta que sos una marcianita, que llegás a un planeta lejano, donde hay otros marcianitos que no se pueden tocar y tienen que hacerle caso a la marciana mayor, la maestra, que maneja la nave nodriza".

Descubrí que los chicos son más permeables a la nueva normalidad que nosotros. La fui a buscar una hora y media después. Las madres y padres estábamos más ansiosos que los chicos. Era tan extraño no tenerlos orbitando alrededor, como en los últimos ocho meses.

Algunas mamás se formaron en fila en las marcas que había en la vereda, y otras optamos por una ronda con distancia social. Finalmente la puerta se abrió y se asomó la maestra. Contó que todo había salido bien, que los chicos tenían mucha necesidad de hablar. Y que casi no habían podido hacer otra cosa, pero que era muy bueno, porque era lo que ellos necesitaban. Se habían extrañado mucho. También dijo que se sorprendieron al encontrar el jardín vacío, sin otros chicos. Y que algunos se angustiaron un poquito cuando no podían ponerse solos el barbijo, pero que finalmente lo consiguieron.

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Entonces aparecieron nuestros hijos. Amanda salió cuarta y se me puso la piel de gallina cuando corrió a abrazarme. ¿Te gustó volver al jardín?, le pregunté. Me dijo que sí. Salió cantando, y trepando a las tapias de los vecinos. Después de ocho meses ahí, estaba feliz de ponerse otra vez un calzado cerrado y zambullirse en la nueva normalidad. "¿Sabés cuánto son dos metros de distancia social?", le pregunté mientras caminábamos a casa. Sí, me dijo. Y con los brazos en forma de avión me mostró: "Es abrir los brazos y no poder tocar a ningún amigo"