El día que exhumaron los restos de Hernán Cortés

CIUDAD DE MÉXICO, noviembre 23 (EL UNIVERSAL).- En 1946 especialistas y medios de comunicación se dieron cita en el Hospital de Jesús para confirmar un secreto a voces: en uno de sus muros se encontraban los restos de Hernán Cortés.

Aquel 25 de noviembre se realizó la quinta exhumación de sus restos, y Jacobo Devuelta, entonces jefe de información de EL UNIVERSAL, tuvo la oportunidad de ser uno de los testigos de dicho suceso y así lo relató para El Gran Diario de México.

Así lo relató:

"Fueron Descubiertos los Restos de Cortés. 26 de Noviembre 1946. Estaban en lo que fue templo de Jesús Nazareno. Quedaron bajo la custodia del Director del Hospital establecido en ese lugar. Por JACOBO DEVUELTA. Jefe de información de EL UNIVERSAL".

A las 21.45 horas de ayer, lunes 25 de noviembre de 1946, en las oficinas del doctor Benjamín Trillo, Director del Hospital de Jesús y Patrono de la Fundación del Marqués del Valle, fueron identificadas las cenizas del Conquistador de México, capitán Hernando Cortés, que permanecieron perdidas desde el 12 de marzo de 1827, en las que escondió el Capitán Mayor del Hospital de Nuestra Señora de la Concepción y Jesús Nazareno, Preb. Joaquín Canales.

La exhumación de anoche es la quinta que se hace de las cenizas, en orden cronológico y de las que se tiene conocimiento históricamente documentado. A partir de hoy sólo el doctor Trillo sabrá dónde guardar el depósito que le fue conferido, hasta que se resuelva el sitio definitivo en que deban quedar las cenizas.

Cómo fue el hecho. Tratase en esta brevísima relación de mencionar cómo fueron descubiertas las cenizas y por quienes. Los restos estaban ocultos en el muro izquierdo (lado del Evangelio) en el presbiterio del ex templo de Jesús, más o menos como a dos metros de altura. El cofre fue hallado el domingo último —24 de noviembre— a las 18 horas.

Inmediatamente que los tuvimos a la vista, dice, aun emocionado don Alberto Maria Carreño, invite a los presentes a rezar una plegaria. Después dejamos todo como estaba.

Ante la fe del notario, don Manuel Andrade Priego, el señor Alberto María Carreno hizo el siguiente relato del descubrimiento, mismo que reproducimos en una versión libre:

El día 11 del actual, los señores Fernando Baeza, Francisco de la Maza y Manuel Moreno me invitaron a tener una reunión en mi casa para tratar del descubrimiento de los restos de Cortés. En esa reunión el señor Baeza manifestó tener un documento —copia secreta— que refería el sitio exacto donde descansan las cenizas. Tratamos ampliamente el asunto y resolvemos gestionar un permiso para hacer la búsqueda: pero bajo juramento, quedamos comprometidos a no decir a nadie nada y mucho menos indicar el (...)

Hablamos con el doctor Trillo, quien nos manifestó que temía fuera una nueva investigación infrustuosa; pero que si la Dirección de Monumentos Coloniales daba permiso, él no tendría inconveniente en prestarnos ayuda.

Torres Bodet alentó el trabajo.

Así las cosas, se solicitó la licencia del señor Jorge Enciso, director de Monumentos Coloniales; pero manifestó que necesitaba la autorización del Director del Instituto de Antropología, arquitecto Marquina. Este a su vez, manifestó que consideraba necesario consultar al Oficial Mayor de Educación.

Hasta allí el asunto marchaba sobre rieles; pero —agregó el señor Carreño— EL UNIVERSAL publicó hace pocos días una noticia diciendo que se había solicitado la licencia para buscar los restos y que se trataba de hacerlo en secreto.

Esta noticia nos disgustó mucho y entonces, de acuerdo los cuatro "conjurados", retiramos la solicitud. Fui entonces a conferenciar con el señor Torres Bodet, quien nos alentó a seguir y el sábado ya con la licencia en el bolsillo, nos presentamos las personas mencionadas el domingo a las ocho treinta horas y comenzamos a trabajar, como albañiles, rompiendo la pared en el sitio señalado. Primero cayó una capa de cal, después nos encontramos dos hiladas de ladrillo de 22 y 40 centímetros de espesor, topamos con una tercera hilada y por fin encontramos una lápida de piedra, que quitamos con muchos esfuerzos y apareció la urna, tal y como estaba descrita en el documento del señor Baeza. Eran las 18 horas y resolvimos dejar todo como estaba, dando cuenta al doctor Trillo, suplicándole que bajo su cuidado quedara la gaveta.

Datos coincidentes. Los datos que ofrecía el documento del señor Baeza, coinciden exactamente con el resultado de la labor. Era una constancia firmada por el Provisor y vicario General de la Catedral de México, don Félix Osores, el Padre Matías Monteagudo (el de la conspiración de La Profesa), Basilio Arriaga, Juan Cenizo y el notario Nicolás Paradina. (La descripción de la urna y de su contenido es la misma que aparece en el libro "México Viejo y Anecdótico" de don Luis González Obregón).

Las cenizas del conquistador, dice el documento, están dentro de una gaveta de cristal: el cráneo está envuelto en una sábana sujeta por una blonda negra de cuatro dedos. Los demás huesos, en una sábana cambray. En el interior del envoltorio dentro de un tubo metálico hay un documento que confirma los datos anteriores. El cráneo de Cortés está dividido en dos pedazos.

Hizo constar el historiador Carreño, quien con sus tres compañeros, desde anoche queda consagrado como el descubridor de los restos de Hernán Cortés, que el sitio donde reposaban hasta anoche, no fue aquel en el que los escondieron hace más de un siglo: de ese sitio fueron sacados, encontrándoseles húmedos a causa de una rotura de la caja de plomo. Entonces los huesos fueron cuidadosamente sacados y vueltos a colocar en donde están ahora.

Hecha la explicación por el señor Carreño, misma que figurará en el acta notarial, concluyó: "Ahora vamos a ver si es cierto lo que he dicho".

Un cortejo al templo. Se formó el cortejo al antiguo templo. El doctor Trillo quitó el triple candado de la vieja puerta y penetramos en medio de la oscuridad profunda. Una lámpara eléctrica que se me ocurrió llevar de casa nos alumbró.

Los descubridores estaban visiblemente molestos y muy contrariados por la presencia de los periodistas ¿Por qué? Es difícil saberlo. No era fácil tapar el sol con un dedo. Pero el señor Carreño se alegró después de nuestra presencia.

A la vera del presbiterio, a un lado de una mansarda, pasamos cerca de la tumba de un virrey. Pero nuestra emoción nos empujaba al sitio preciso. Allí estaba, bóveda descubierta y casi al nivel de la superficie del muro. Una gaveta de cortas dimensiones forrada de felpa negra —el tiempo tornó mate su oro ayer brillante— orlada con áureo galón. Una pequeña cruz del mismo galón rompía el fondo negro.

(Hace poco más de un año el historiador José C. Valdés, excavó en el sitio: pero su búsqueda fue hacia abajo. Nunca se imaginó que al menos de medio metro arriba, estaba guardado el tesoro histórico. Aún está medio abierta vieja excavación).

Por fortuna pudimos tener una luz eléctrica poco después y entonces el señor Carreño —quien llevó la palabra durante toda la escena— llamó a sus colaboradores para que sacasen el pesado fardo.

— Que vengan mis albañiles, dijo, y procedieron a la maniobra.

Y aquello pesaba. Claro como que las cenizas del extremeño estaban encerradas en una camisa de felpa, una caja de plomo, una de madera, otra caja de plomo y por final la urna de cristal. Ésta tiene exactamente la forma de un pequeño baúl con tapa de bóveda.

A las 21.10 los señores Carreño y Moreno bajaron el cofre. Regresó el cortejo rumbo al Hospital. Mucha gente indiferente al paso de aquel centenar de personas, transeúntes que no sospecharon nada, apenas si vieron aquella marcha silenciosa. Volvimos al Hospital: se colocó el fardo, primero sobre la gran mesa de una pieza que fue mandada construir por Cortés; más tarde se pasó al escritorio personal del Dr. Trillo, en donde con ayuda de herramientas se rompió el primer depósito de plomo. Algunos pidieron se les regalara fragmentos.

La caja de madera estaba cerrada con llave por lo que hubo que violentarla. Dentro está el segundo cofre de plomo, adherido a la madera con soldadura. Roto este tercer cofre apareció la urna de vidrio que se rompió en una pequeña parte.

Con exactitud todos los datos contenidos por el documento que sirvió para hallar los restos estaban cumplidos.

Adentro de la urna. La urna de cristal mide menos de un metro de largo por unos veinte o veinticinco centímetros de ancho y unos veinte de altura. Su tapa es de bóveda y orlada en la parte exterior con una greca de bronce. La chapa que cierra no es la misma cuya llave guardaron los Alamán y que conservan aun, lo cual prueba, como lo dijo el señor Carreño, que el sitio encontrado no fué el del enterramiento secreto dispuesto por el historiador Alamán cuando el alboroto de 1827.

El cristal se ha opacado por la acción del tiempo; pero no tanto que no se pudiera ver en su interior donde reposan las cenizas. Todos los historiadores allí presentes estuvieron de acuerdo en que la identificación está hecha y comprobada. Desde las 21.45 horas de ayer dejó de ser un secreto el sitio donde moraron esos restos históricos.

Las cenizas de Cortés no han tenido reposo: Primero se les entierra en las criptas de los Duques de Medina Sidonia, en Sevilla; después viajan por mar hasta San Francisco de Texcoco donde son sepultadas; más tarde, se les traslada al Convento de San Francisco de México; después al templo de Jesús donde se les erige un monumento, que desaparece con los restos exhumados otra vez. Según la disposición testamentaria de Cortés, sus cenizas deberían reposar —ad perpetuam— en el Convento de la Concepción de Coyoacán. Anoche mismo ya se hablaba de colocarlas en tal o cual sitio. ¿Cuál será por fin el lugar donde reposen siempre?

Entrega al Dr. Trillo.

He querido despojarme de mis opiniones acerca del dinámico conquistador para hacer un relato parco de lo que noche vi. Lo que diga ser desde hoy uno de los tantos documentos testimoniales para el nuevo capítulo que se escribe de la historia del capitán Cortés. Después de terminada la identificación el señor Carreño, pidió a los historiadores, funcionarios, etc., permanecieran en el salón. Invitó a los periodistas y suplicó a las demás personas que salieran.

—Ya terminamos con nuestro descubrimiento, dijo, ahora ¿qué vamos a hacer en lo adelante?

Y comenzaron los pareceres; pero aplacado el natural entusiasmo del señor Carreño, hubo una voz que opinó que las cenizas permanezcan bajo el cuidado del Dr. Trillo, en el lugar que él determine conservarlas, lejos de la curiosidad pública y para que más tarde se decida dónde y cómo serán colocadas.

¿Pertenecen esas cenizas a la nación? ¿Pertenecen a los sucesores del Marqués de Valle? No era fácil determinarlo anoche mismo. Queda el hecho: el hallazgo; eso es indiscutible.

Hace un cuarto de siglo. Pasa un cuarto de siglo que escribí el primer reportazgo tendiente a encontrar los restos de cortés; varias veces en el transcurso de los años insistí en esa labor sin éxito final: pero están las colecciones de EL UNIVERSAL, en las cuales puede leerse que siempre afirmé que las cenizas halladas antenoche estaban dentro del muro izquierdo del presbiterio del templo de Jesús, en donde fueron halladas por fin, por personas más afortunadas que yo, que trabajé sin documentos y sólo guiado por los sabios consejos del maestro don Luis González Obregón, quien me alentó siempre y a quien ahora rindo tributo de agradecimiento. Por el descubrimiento hay que felicitar a quienes lo realizaron, en primer término al viejo investigador don Alberto María Carreño.

Tuve la fortuna de escribir la primera noticia en el siglo despertando la inquietud de la investigación y tengo la fortuna de escribir esta crónica con el resultado definitivo.