¿Podrá la cumbre de Glasgow generar un acuerdo climático global?

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El presidente Joe Biden en una conferencia de prensa en la cumbre COP26 de las Naciones Unidas antes de salir de Glasgow, Escocia, el martes 2 de noviembre de 2021. (Erin Schaff/The New York Times).
El presidente Joe Biden en una conferencia de prensa en la cumbre COP26 de las Naciones Unidas antes de salir de Glasgow, Escocia, el martes 2 de noviembre de 2021. (Erin Schaff/The New York Times).

GLASGOW, Escocia — Esta cumbre climática internacional ha sido catalogada por su principal organizador como “la última y mejor esperanza” para salvar el planeta. Pero ahora que la conferencia de las Naciones Unidas entra en su segunda semana y los negociadores de 197 países trabajan arduamente para finalizar un nuevo acuerdo de combate al calentamiento global, los asistentes siguen teniendo opiniones muy distintas sobre cuántos avances se están logrando.

Existe la visión optimista: los jefes de Estado y titanes de la industria se presentaron con fuerza la semana pasada con nuevas y llamativas promesas climáticas, y eso es una señal de que se está generando impulso en la dirección correcta.

“Creo que lo que está sucediendo aquí está lejos de ser lo mismo de siempre”, dijo John Kerry, enviado especial del presidente Joe Biden sobre el cambio climático, quien ha asistido a las cumbres climáticas de la ONU desde 1992. “Nunca he contado tantas iniciativas y tanto dinero real —dinero de verdad— sobre la mesa”.

Por ejemplo, 105 países acordaron reducir un 30 por ciento las emisiones de metano, un potente gas que calienta el planeta, esta década. Otros 130 países prometieron detener la deforestación para 2030 y destinar miles de millones de dólares para lograrlo. Por primera vez, India se unió al creciente coro de naciones que se han comprometido a alcanzar las “cero emisiones netas”, y ha establecido como fecha límite el año 2070 para dejar de agregar gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Luego está la visión pesimista: todas estas promesas vaporosas significan muy poco sin planes concretos para hacerlas realidad. Y eso sigue faltando. O, como dijo la activista sueca Greta Thunberg, la conferencia ha consistido principalmente en puro “bla, bla, bla”.

Malik Amin Aslam, asesor del primer ministro de Pakistán, se burló de algunos de los distantes objetivos de cero neto que se anunciaron, entre ellos el de la India: “Con una edad promedio de 60 años, dudo que alguien en la sala de negociaciones esté vivo para experimentar ese cero neto en 2070”, dijo.

El lunes, el expresidente Barack Obama llegó a la cumbre para convocar a los líderes. “Sí, el proceso será complicado”, declaró. “Les garantizo que cada victoria será incompleta. A veces nos veremos obligados a conformarnos con concesiones imperfectas. Pero al menos eso hará avanzar la pelota por el campo. Si trabajamos con el suficiente empeño, durante el tiempo suficiente, esas victorias parciales se sumarán”.

El presidente Joe Biden en una conferencia de prensa en la cumbre COP26 de las Naciones Unidas antes de salir de Glasgow, Escocia, el martes 2 de noviembre de 2021. (Erin Schaff/The New York Times).
El presidente Joe Biden en una conferencia de prensa en la cumbre COP26 de las Naciones Unidas antes de salir de Glasgow, Escocia, el martes 2 de noviembre de 2021. (Erin Schaff/The New York Times).

Los críticos señalaron que algunos de los anuncios de la semana pasada resultaron estar llenos de salvedades. Después de firmar el compromiso forestal, los funcionarios de Indonesia, país que alberga la tercera selva tropical más grande del mundo, aclararon que ponerle fin a la deforestación en su país para 2030 a expensas del desarrollo económico era “a todas luces inapropiado e injusto”. Otra promesa realizada por más de 40 países para eliminar de forma gradual la energía generada por carbón presentó plazos vagos y dejó de lado a los mayores usuarios de carbón como China, India y Estados Unidos.

“Las negociaciones reales que se están dando aquí corren el riesgo de ser ahogadas por una avalancha de comunicados de prensa que obtienen vistosos titulares, pero que suelen ser menos de lo que parecen”, afirmó Mohamed Adow, director de Power Shift Africa, un instituto de investigación con sede en Kenia. “Hay muchas buenas conversaciones y no tantas acciones reales”.

Adow dijo que la cumbre debe juzgarse en función de si los 197 participantes logran elaborar un acuerdo formal y detallado que responsabilice a los gobiernos por las promesas que hacen. Eso significaría llegar a un consenso sobre cuestiones difusas pero cruciales como la frecuencia con la que las naciones deberían fortalecer sus planes a corto plazo para reducir las emisiones, la cantidad y el tipo de ayuda financiera que los países ricos deberían otorgarles a los más pobres para que hagan frente a los crecientes peligros del cambio climático, y cómo regular el floreciente mercado mundial de compensaciones de carbono.

A puerta cerrada, los negociadores siguen debatiendo temas claves mientras buscan ampliar y actualizar el histórico acuerdo climático de París de 2015. Por tradición, un acuerdo final requiere que todos los países firmen; si alguno de ellos se opone, las conversaciones pueden estancarse.

La forma en que se resuelvan estas disputas para cuando finalice la cumbre el viernes podría determinar el éxito de las conversaciones de Glasgow.

“La realidad es que hay dos verdades diferentes en curso”, dijo Helen Mountford, vicepresidenta de asuntos climáticos y económicos del Instituto de Recursos Mundiales. “Hemos progresado mucho más de lo que hubiéramos imaginado hace un par de años. Pero seguimos estando muy lejos de lo necesario”.

En la inauguración de la conferencia el 1.° de noviembre, el secretario general de la ONU, António Guterres, declaró que la máxima prioridad debía ser limitar el aumento de las temperaturas globales a solo 1,5 grados Celsius por encima de los niveles preindustriales. Los científicos han advertido que superar ese umbral hará crecer inmensamente el riesgo de calamidades como olas de calor letales, escasez de agua y colapsos de ecosistemas (el mundo ya se ha calentado 1,1 grados Celsius).

Es casi seguro que los países se irán de Glasgow sin lograr ese objetivo. La gran pregunta es si las loables promesas de esta semana, junto con un nuevo acuerdo formal, podrán acercarlos a la meta.

Cuando los analistas de la ONU contabilizaron todos los planes formales que las naciones han presentado hasta el momento para frenar las emisiones durante la próxima década, estimaron que el mundo estaba perfilado a calentarse cerca de 2,7 grados Celsius por encima de los niveles preindustriales para 2100. Eso es tanto una mejora con respecto a la situación de hace una década como un resultado muy alejado del objetivo necesario.

Para limitar el calentamiento a solo 1,5 grados Celsius, declaró la ONU, las emisiones globales de combustibles fósiles deben desplomarse a alrededor de la mitad entre 2010 y 2030. En cambio, está previsto que las emisiones aumenten durante ese periodo.

“Los anuncios recientes de acción climática podrían dar la impresión de que vamos rumbo a cambiar las cosas”, dijo Guterres la semana pasada. “Eso es una ilusión”.

Sin embargo, el jueves 4 de noviembre la Agencia Internacional de la Energía ofreció un panorama más esperanzador. Si se tienen en cuenta algunas de las promesas más a largo plazo y menos detalladas que los países han hecho en los últimos tiempos —incluidos los compromisos de alcanzar las cero emisiones netas por parte de la mayoría de las economías más grandes del mundo, así como un nuevo acuerdo para reducir el uso de metano— entonces el mundo podría mantener el calentamiento a un mínimo de 1,8 grados Celsius para 2100.

“Sin duda jamás pensé que llegaríamos al próximo viernes con paso firme rumbo al objetivo de los 1,5 grados Celsius, pero si logramos romper la barrera de los 2 grados, creo que será algo muy valioso, a nivel psicológico, y quizás nos dé una mayor convicción colectiva de que podemos acelerar las acciones”, comentó Nigel Topping, elegido por la ONU como su “campeón de acción climática de alto nivel”.

Sin embargo, muchos ambientalistas se mostraron escépticos ante la proyección de la Agencia Internacional de la Energía.

“Eso es asumir que países como Australia y Arabia Saudita lograrán esos objetivos para 2050 simplemente porque han dicho que lo harán”, dijo Jennifer Morgan, directora ejecutiva de Greenpeace International. “Cuando en realidad no han puesto en marcha la financiación ni las políticas para que eso suceda”.

Aún más polémico es el tema del dinero, que durante mucho tiempo ha sido un enorme punto de fricción en las conversaciones sobre el clima mundial.

Hace una década, las naciones más ricas del mundo prometieron destinar 100.000 millones de dólares anuales para 2020 a fin de ayudar a los países más pobres a hacer la transición hacia energías más limpias y protegerse contra las crecientes amenazas de olas de calor, inundaciones, sequías e incendios forestales vinculadas al calentamiento del planeta.

Hasta el momento, esas promesas no se han cumplido. Según una estimación, los países ricos todavía deben decenas de miles de millones de dólares al año. Los críticos han dicho que incluso el dinero que sí se ha invertido ha sido mal gestionado. Una gran parte de la ayuda hasta la fecha se ha entregado en forma de préstamos, y los países en desarrollo suelen tener problemas para pagarlos. Además, solo una muy pequeña parte del financiamiento se ha destinado a las iniciativas para adaptarse al cambio climático.

A medida que aumentan las amenazas por el clima extremo, los países vulnerables afirman que sus necesidades financieras son cada vez mayores.

Sonam P. Wangdi, quien lidera un bloque de 47 naciones conocido como los países menos adelantados (PMA), señaló que su país de origen, Bután, tiene muy poca responsabilidad por el calentamiento global, ya que la nación absorbe en la actualidad más dióxido de carbono con sus vastos bosques del que emite con sus autos y casas. Sin embargo, Bután enfrenta riesgos graves por el aumento de las temperaturas, como el derretimiento de los glaciares en el Himalaya que ya está generando inundaciones repentinas y deslizamientos de tierra que han devastado las aldeas.

“Somos de los que menos han contribuido a este problema, y sin embargo lo sufrimos de manera desproporcionada”, dijo Wangdi. “Debe haber un apoyo cada vez mayor para adaptarse a los impactos”.

Al mismo tiempo, los países vulnerables están proponiendo un mecanismo de financiación independiente para que se les compense por los desastres a los que no pueden adaptarse, por lo general denominados “pérdidas y daños”. Pero los países más ricos se oponen a esa propuesta, pues temen que pueda conducir a futuras reclamaciones de indemnización.

“Hasta el momento, el progreso aquí es decepcionante y, en cierto modo, aterrador”, reconoció Wangdi. “Nuestras vidas dependen de las decisiones que se tomen aquí en Glasgow”.

© 2021 The New York Times Company

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