“Cuinant Oportunitats”: es argentino, se radicó en Europa y hoy es un referente para los inmigrantes

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"Viniendo de la Argentina es algo que nos toca, todos mis abuelos eran inmigrantes. Y a mí me había tocado a título personal", dice Martín Habiague
Gentileza Augusto José Andrés

BARCELONA.- A menos de diez cuadras de la Plaza Cataluña, se ubica uno de los tres espacios que forman parte de la Fundación Mescladís. Se trata del proyecto social creado hace 15 años por Martín Habiague para ofrecer herramientas y oportunidades a personas en situación de exclusión y a inmigrantes a través de la gastronomía. Él es argentino, tiene 53 años y nació en la provincia de La Pampa. Estudió sociología en Buenos Aires, aunque a la hora de definirse, prefiere dejar de lado la etiqueta de sociólogo y se cataloga como un trabajador social.

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Tenía 27 cuando decidió migrar por amor. Primero viajó a Londres, donde estuvo en situación irregular, pero logró que la empresa para la que trabajaba en Buenos Aires lo contratara allí como consultor de tecnología. Vivió en Budapest, Hungría, y al tiempo se estableció en Bélgica, con su pareja. A los ocho meses le dieron una visa para permanecer en Europa y con los años obtuvo la nacionalidad belga.

Hubo un hecho, sin embargo, que marcó un quiebre. El 22 de septiembre de 1998 vio por televisión cómo varios agentes deportaban desde Bruselas a Togo a una joven nigeriana de 20 años. Tres de ellos la escoltaron en el vuelo y uno filmó el video de la operación. La sentaron, atada de pies y manos, y mientras ella gritaba en un último intento para que le dieran asilo político, la cubrieron durante diez minutos con dos almohadillas para silenciar sus gritos. La joven murió por falta de oxigenación cerebral poco tiempo después en un hospital.

Habiague, junto a su equipo de la fundación
Gentileza Augusto José Andrés


Habiague, junto a su equipo de la fundación (Gentileza Augusto José Andrés/)

Frente a este episodio, Habiague, primero, hizo un voluntariado a través de una organización en Bruselas con tres hermanos colombianos a quienes ayudaba con las tareas escolares y a mantener el español como idioma nativo. Pensó en cómo complementar con otras actividades que le dieran más sentido a su vida. Se enteró, así, que podía tomarse un año sabático en su trabajo y conoció el proyecto de otro argentino en Ámsterdam que había instalado una tienda de venta de galletitas y dictaba talleres para niños. Ya con 35 años decidió reorientar su vida y crear un proyecto social enfocado en el ámbito migratorio. “Viniendo de la Argentina es algo que nos toca, todos mis abuelos eran inmigrantes. Y a mí me había tocado a título personal”, dice.

Tras llegar a España en febrero de 2004, diseñó lo que sería luego la fundación, que vinculó con la gastronomía porque era un buen elemento para trabajar en el ámbito migratorio. Y eligió Barcelona como punto de partida. “ [La ciudad] Era una explosión de gente de distintas partes del mundo que llegaba en busca de un mejor vivir, entonces dije ‘es un buen lugar para armar un proyecto que ponga un granito de arena en positivo’”, narra.

Mescladís es una palabra que pertenece al aranés, uno de los tres idiomas que hay en Cataluña. Martín dice que significaría una mezcla de especies. “Ves que al final cambiamos la manera de vestir, de hablar, pero la comida pasa de generación en generación. Te permite hablar de geografía, de tu historia, de lo que uno es”, sostiene. Y agrega: “Al final el país lo que hace es una rectificación del mestizaje y de la posibilidad de enriquecernos mutuamente. El idioma representa la diversidad y la defensa de la minoría”.

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Oportunidades

Habiague cuenta que para instalar la fundación creó alianzas con entidades sociales. En diciembre de 2005 nació el primer local Mescladís, ubicado en la Plaza San Pedro, en donde vendían comida y ofrecían talleres para niños. Actualmente son tres las sedes. “Somos un proyecto que trabaja desde la lógica de la diversidad, que viene del ámbito migratorio diseñado, gestionado e impulsado por migrantes”, describe.

La fundación se sustenta en un 90% gracias a la propia actividad económica. La base es el programa “Cuinant Oportunitats” (Cocinando Oportunidades), un espacio de inclusión social donde se capacitan entre 80 y 100 personas al año. Allí se les brinda una formación para insertarse en el mercado laboral como ayudantes de cocina o camareros. Luego realizan sus prácticas con contratos de trabajo y si alguno se encuentra en situación irregular por falta de documentación, se los acompaña durante la regularización por arraigo en el marco legal que existe en España. “El triángulo se entiende perfecto: Cuinant Oportunitats, con los itinerarios de inclusión; Desarrollo Comunitario, con talleres sociales y comerciales y Sostenibilidad, con los restaurantes y el catering, que generan el aporte económico para mantenernos”, explica.

En la fundación, los talleres son clave para la formación de los inmigrantes
Gentileza Augusto José Andrés


En la fundación, los talleres son clave para la formación de los inmigrantes (Gentileza Augusto José Andrés/)

Detrás del restaurante ubicado en la calle Comte Borrell está la escuela en la que se imparten los talleres de inclusión social. Actualmente hay dos cursos de cocina, y el más reciente en producción de alimentos.

Andrea es chilena y es una de las docentes del equipo, formado por 20 personas. Maestra de escuela primaria llegó a España en 2014, donde ya vivía su hermano, pero lo hizo sin una oferta de trabajo y sin papeles. “Caí en la misma situación que todos los chicos, pero en otras condiciones”, cuenta. Hizo el curso en 2016 y con la práctica laboral se convirtió en ayudante de cocina hasta terminar como segunda jefa. Luego regularizó su situación gracias a una oferta de trabajo, hasta que un día Habiague la llamó para saber si estaba interesada en sumarse al proyecto y no dudó.

Idania es mexicana y dicta otra de las formaciones. Para ella los papeles no fueron un problema, porque ya tenía ciudadanía europea. Pero cuando habla de por qué forma parte del equipo se acuerda de sus amigos y dice que siempre piensa en los que llegaron a Europa “huyendo de guerras y de hambre”. “Tengo siete alumnos que son de Marruecos, otros de Honduras, que después de meses de estar juntos, han aprendido a aceptar sus diferencias y a apreciarlas. Creo que la comida es eso, un punto de encuentro”.

Una misma tribu

En una de las repisas que forman parte del decorado de Mescladís del Pou, otro de los locales, en el barrio de El Born, hay un cartel que dice: “We all the same tribe” (Todos somos la misma tribu, por su traducción del inglés). Federico es argentino, tiene 39 años y es el responsable de cocina y docente de uno de los talleres que imparte la fundación. Licenciado en el Instituto Argentino de Gastronomía (IAG), se especializó en cocina francesa y se fue de la Argentina en 2006. Después de viajar y vivir en siete países, se enamoró de Barcelona y decidió quedarse.

Empezó a trabajar en gastronomía japonesa y en esos años se cruzó con la historia de “Happy”, a quien conoció en un restaurante que recibía a alumnos de Mescladís para las prácticas. “Happy” era un inmigrante que llegó a Europa a través del mar en una embarcación precaria que naufragó y en la que murieron sus amigos. “Le decían Happy porque se reía a pesar de todo y la risa era maravillosa. Su historia me quedó grabada”. Gracias a ese joven se enteró del trabajo de la fundación, aplicó a un puesto de jefe de cocina y se unió al equipo.

Iniciativas

Uno de los proyectos que impulsó la fundación se llama “Diálogos Invisibles”, que consiste en grandes fotografías instaladas en comercios de la ciudad. Cada retrato refleja una historia de vida. En uno aparece un hombre y una frase que dice: “Me estaban buscando para matarme, marchar fue mi única opción”. En otra aparece una pareja que escapó de Nepal para poder vivir su amor. Y se lee: “Estamos aquí para ser felices”.

En la fundación trabajan referentes sociales y psicólogos que tratan experiencias traumáticas. Aunque ninguna historia está por encima de la otra, al momento de mencionar una, aparece la de Débora –nombre ficticio– que forma parte del libro “Un regalo para Kushbu. Víctima de una red de trata, migró engañada y tuvo que prostituirse para devolver una deuda de miles de euros. Cuando terminó de pagar, cayó en una redada y la deportaron a Nigeria. Decidida a no permanecer allí, cruzó vía Marruecos, y pasó los peores años de su vida. Luego entró a otra red de trata y llegó a España con una deuda de la que escapó gracias a la asistencia de una entidad española.

Habiague sostiene que el Mar Mediterráneo “es la fosa común más grande que hay en el mundo”. Que son miles y miles de personas que allí mueren cada año. “Estoy convencido de que las futuras generaciones tendrán vergüenza de este período histórico. El tema claro del siglo XXI es la defensa del derecho a migrar y de las minorías”, asevera. Y subraya que la clave está en “la educación” y en “generar un relato diferente”.

Y completa: “Los migrantes siguen llegando y van a seguir llegando. Puedes poner la valla hasta ahí y van a pasar, la puedes poner más alta y van a pasar, porque las aspiraciones de una vida digna –que ha sido el motor de la humanidad– siempre son más altas que cualquier valla. Y la capacidad, creatividad y valentía que tenemos como especie, supera la altura de cualquier barra. Me podré morir en el intento, pero intentaré llegar y si llego lo lograré, porque entre nuestras virtudes también está la de pelear por una vida mejor”.

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