'Es una cuestión de vida o muerte': la crisis de salud mental de los adolescentes estadounidenses

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La depresión, las autolesiones y el suicidio están aumentando entre los adolescentes estadounidenses. Para M, de 13 años, la desolación era prácticamente insoportable.

Una noche del pasado mes de abril, una niña de 13 años de los suburbios de Mineápolis, ansiosa y de espíritu libre, saltó furiosa de un sillón de la sala y salió corriendo de la casa: cruzó una puerta corrediza, recorrió el patio, atravesó el jardín trasero y se internó en el bosque.

Momentos antes, la madre de la niña, Linda, había echado un vistazo al celular de su hija. La adolescente, con enfado por la invasión a su privacidad, había tomado el teléfono y huido. (Con el fin de proteger la intimidad de la familia, nos referimos a la adolescente con la inicial M y a los padres solo por su nombre de pila).

Linda estaba alarmada por las fotografías que había visto en el celular. Algunas mostraban sangre en los tobillos de M, producto de autolesiones. Otras eran imágenes de la obsesión romántica de M, el personaje de anime Genocide Jack, una chica de pelo castaño con una lengua larga y roja y que, en una serie de videos, mata a sus compañeros de la secundaria con unas tijeras.

En los dos años previos, Linda había visto a M caer en picada: depresión severa, autolesiones, un intento de suicidio. Ahora iba tras M, frenética por el bosque. “Por favor dime dnde stas”, le escribió. “No estoy enojada”.

La adolescencia estadounidense está experimentando un cambio drástico. Hace tres décadas, las amenazas más graves para la salud pública de los adolescentes en Estados Unidos eran el alcoholismo, conducir en estado de ebriedad, los embarazos adolescentes y el tabaquismo. Desde entonces, estas amenazas han disminuido drásticamente y han sido remplazadas por una nueva preocupación de salud pública: las crecientes tasas de trastornos de salud mental.

En 2019, el 13 por ciento de los adolescentes declaró haber tenido un episodio depresivo grave, un aumento del 60 por ciento desde 2007. Las visitas a las salas de urgencias de niños y adolescentes en ese periodo también aumentaron bruscamente por casos de ansiedad, trastornos del estado de ánimo y autolesiones. Y en el caso de las personas de 10 a 24 años, las tasas de suicidio, que se mantuvieron estables de 2000 a 2007, se dispararon casi un 60 por ciento en 2018, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades.

El deterioro de la salud mental de los adolescentes se intensificó con la pandemia de covid, pero comenzó desde antes, atravesando grupos raciales y étnicos, zonas urbanas y rurales y abriéndose paso a través de la brecha socioeconómica. En diciembre, en una alerta pública extraordinaria, la máxima autoridad sanitaria de Estados Unidos advirtió de una crisis de salud mental “devastadora” entre los adolescentes. Numerosos grupos de médicos y hospitales la han calificado de emergencia nacional y citan los crecientes niveles de enfermedades mentales, la grave escasez de terapeutas y opciones de tratamiento, y la falta de investigaciones que expliquen la tendencia.

“Los jóvenes cuentan con más nivel educativo, son menos propensos a embarazarse o a consumir drogas; menos propensos a morir por accidentes o lesiones”, afirmó Candice Odgers, psicóloga de la Universidad de California en Irvine. “Según muchos indicadores, a los chicos les está yendo fantástico y crecen sanos. Sin embargo, hay tendencias realmente importantes en cuanto a la ansiedad, la depresión y el suicidio que nos paran en seco”.

“Tenemos que resolverlo”, señaló. “Porque es una cuestión de vida o muerte para estos chicos”.

La crisis con frecuencia se adjudica al auge de las redes sociales, pero los datos confiables al respecto son limitados, las conclusiones son sutiles y a menudo contradictorias, y algunos adolescentes parecen ser más vulnerables que otros a los efectos del tiempo de exposición a las pantallas. Las investigaciones federales muestran que los adolescentes, como grupo, también duermen menos y hacen menos ejercicio y pasan menos tiempo conviviendo en persona con sus amigos, todo lo cual es crucial para un desarrollo saludable. Esto sucede en un periodo de la vida en el que es típico poner a prueba los límites y explorar la identidad propia. El resultado combinado de todos estos factores para algunos adolescentes es una especie de implosión cognitiva: ansiedad, depresión, comportamientos compulsivos, autolesiones e incluso suicidio.

Este pico de tensión ha suscitado preguntas controvertidas. ¿Esos problemas son inherentes a la adolescencia y simplemente pasaban desapercibidos antes, o sucede que ahora se están sobrediagnosticando? Las comparaciones históricas son difíciles, pues algunos datos sobre ciertos problemas, como la ansiedad y la depresión de los adolescentes, comenzaron a recopilarse hace relativamente poco tiempo. Pero las crecientes tasas de visitas a urgencias por suicidio y autolesiones no dejan lugar a dudas de que la naturaleza física de la amenaza ha cambiado de manera importante.

Mientras M empeoraba, Linda y su marido se dieron cuenta de que formaban parte de un club poco envidiable: padres desconcertados frente a un adolescente que sufría profundamente. Linda habló con los padres de otros chicos con problemas; poco antes de la noche en que M huyó al bosque, Linda se vio sacudida por la noticia de que una chica de la zona se había suicidado.

“No controlas lo que piensa”, comentó Linda. “Solo quiero decirle a la gente lo que puede pasar”.

‘Un paciente ambulatorio típico’

M es una de las decenas de jóvenes que hablaron con The New York Times para un proyecto de un año de duración que explora la naturaleza cambiante de la adolescencia en Estados Unidos. M y su familia autorizaron al Times para hablar con el consejero escolar de M; también compartieron con el Times los registros médicos de M que, con el permiso de la familia, fueron analizados por expertos externos que no estaban involucrados en el cuidado de M.

“Se trata de un paciente ambulatorio típico”, explicó Emily Pluhar, psicóloga de niños y adolescentes de la Universidad de Harvard, que describió a M como “una internalizadora”.

M, que ahora tiene 14 años, es alta, pelirroja y de ojos azules, y tiene una hermana menor y un medio hermano mayor. Por momentos tímida y franca, M ha reflexionado mucho sobre los pronombres con los que quiere que se le identifique y actualmente prefiere el pronombre en inglés they (que se usa para evitar los pronombres masculinos y femeninos y en español equivale a elle). Al principio del séptimo grado, M también pidió que le llamaran como a un popular personaje de anime japonés, cuyo nombre empieza con M. “Creo que nos parecemos en que ella es tranquila e inteligente, y toca el bajo eléctrico, y a mí me gustan mucho el bajo y las guitarras”, dijo M.

Cuando M tenía 4 años, un psicólogo al que la familia consultó para evaluar la preparación escolar de M concluyó que su capacidad intelectual se hallaba “en un rango muy superior”, según el informe. M ingresó al jardín de niños como uno de los alumnos más jóvenes de la clase.

A los 10 años, a M le compraron un celular. A Linda y a su marido, Tony, que tenían una ocupada agenda de trabajo, les preocupaba que el dispositivo pudiera llevarla a pasar mucho tiempo frente a la pantalla, pero pensaron que era necesario para mantenerse en contacto. A los 11 años, M alcanzó otro hito de la adolescencia: la pubertad.

A lo largo del último siglo, la edad de inicio de la pubertad ha descendido notablemente para las chicas, pasando de los 14 años en 1990 a los 12 años en la actualidad; la edad de inicio de la pubertad para los chicos ha seguido un trayecto similar. Los expertos afirman que este cambio quizá influye en la crisis de salud mental de los adolescentes, aunque solo es uno de los muchos factores que los investigadores siguen tratando de comprender.

Al llegar la pubertad, el cerebro se vuelve hipersensible a la información social y jerárquica, a la vez que los medios de comunicación lo inundan de oportunidades para explorar la propia identidad y medir su autoestima. Laurence Steinberg, psicólogo de la Universidad de Temple, afirma que la capacidad de enfrentarse con madurez a las preguntas resultantes —¿Quién soy? ¿Quiénes son mis amigos? ¿Dónde encajo?— suele quedar rezagada.

La edad cada vez menor en que los chicos alcanzan la pubertad, dijo, ha creado una “brecha creciente” entre la estimulación recibida y la capacidad de procesamiento del cerebro joven:

“Están expuestos a este diluvio a una edad mucho más temprana”.

El primer indicio de que M tenía dificultades se manifestó en sexto grado, con dificultades para concentrarse en clase. La escuela convocó a una reunión con los padres de M. Un profesor sugirió que M se sometiera a una prueba de trastorno por déficit de atención e hiperactividad, pero Linda y Tony se mostraron escépticos. El número de diagnósticos de TDAH en Estados Unidos aumentó un 39 por ciento de 2003 a 2016, según los CDC y, a los padres de M, ambos científicos en el campo de la biomedicina, les preocupaba que la consulta a un especialista en TDAH inclinara la balanza hacia ese diagnóstico.

En vez de eso, Linda trató de ayudar a M a organizarse con una aplicación empleada por padres y alumnos para hacer un seguimiento de las tareas, los puntajes de los exámenes y las calificaciones. M sintió que estaba bajo la lupa.

“Me decía: ‘¿Puedes traerme tu iPad para que revisemos Schoology?’”, recuerda M que le pedía Linda. “Literalmente me daba un ataque de ansiedad porque tenía mucho miedo”.

Para el otoño de 2019 —séptimo grado— M también tenía problemas sociales. Una amiga cercana se volvió popular, mientras que M a menudo llegaba a casa desde la escuela y se metía en la cama. “Me sentía como acompañante”, comentó M. “Solo quería estar inconsciente”. Otras veces, dijo M, “me sentaba en mi habitación y lloraba”.

El comportamiento le parecía extraño a Tony, que había vivido una infancia diferente. Cuando era adolescente en Vermont, en la década de 1980, pescaba y jugaba al aire libre. A los 15 años, tuvo su primera novia en serio. En 1990, el verano anterior a su último año de secundaria, la embarazó. Su hijo nació ese diciembre, y Tony y la madre compartieron la custodia.

Los tiempos han cambiado. Las investigaciones federales muestran que el 38 por ciento de los adolescentes en edad de ir a la escuela secundaria declaran haber tenido relaciones sexuales al menos una vez, en comparación con aproximadamente el 50 por ciento en 1990. La tasa de embarazos en adolescentes ha caído en picada.

También ha bajado el consumo de cigarrillos y alcohol. En 2019, el cuatro por ciento de los estudiantes de último año de la escuela secundaria informaron que habían fumado un cigarrillo en los últimos 30 días, en comparación con el 26,5 por ciento en 1997. El consumo de alcohol por parte de los estudiantes de secundaria alcanzó los niveles más bajos de los últimos 30 años en la misma época. El consumo de OxyContin y otras drogas ilícitas entre los estudiantes de secundaria ha descendido de manera considerable en los últimos 20 años. El vapeo de nicotina y marihuana ha aumentado en los últimos años, aunque ambos se redujeron drásticamente durante la pandemia.

Los expertos citan múltiples factores: las campañas de divulgación, las leyes antitabaco, la supervisión de los padres y un estilo de vida social cambiante que ya no es estrictamente presencial.

Nora Volkow, directora del Instituto Nacional contra el Abuso de Drogas, describió el consumo de drogas y alcohol como “una dinámica grupal”. Y añadió: “En la medida en que los chicos no están juntos en el mismo lugar, cabría esperar una disminución de ese tipo de comportamientos”.

Un flechazo virtual

En la primavera de 2020, M se aisló aún más. Las clases en línea eran desconcertantes, M mentía sobre su participación, se sentía culpable y veía YouTube, devorando una serie de anime llamada Danganronpa. Está ambientada en una escuela donde los alumnos aprenden del director malvado, un oso, que la única forma de graduarse es matando a un compañero.

M se enamoró de uno de los personajes, Genocide Jack (a veces conocida como Genocide Jill), es descrita en una página de admiradores como una ingeniosa “diabla asesina” que “mata a los hombres guapos” con unas tijeras.

Una noche, después de cenar, M estaba en el piso de arriba y se lesionó los tobillos con unas tijeras. “Me enojé conmigo por no haber hecho la tarea”, aseguró M. “Pensé: ‘Ah, el dolor se siente bien’, como si fuera mejor que sentir estrés”. M no recuerda de dónde le surgió la idea: “Quería hacerme daño con cualquier cosa”.

Los padres de M notaron rasguños superficiales en los muslos de M que parecían cortes, pero no dijeron nada al respecto. Linda se preocupó por el tiempo que su hija pasaba frente a las pantallas de los dispositivos, pero se justificó diciendo que “era una pandemia”, comentó.

Cuando terminó el ciclo escolar y comenzaron las vacaciones de verano, el estado de ánimo de M mejoró. Durante el verano, M descubrió la versión móvil del videojuego Danganronpa y cómo burlar los límites de tiempo en pantalla que habían configurado sus padres. Jugaba todo el día.

“Estaba frente a mi pantalla mirando a Jack”, contó M. “Luego me ponía a jugar Trigger Happy Havoc, y me sentía como más enamorada”.

“Me sentía un poco sola”, relató M. Fantaseaba sobre un futuro con Jack: “Quería que casi me matara, pero sobrevivir, y entonces podríamos pasar el resto de nuestras vidas juntas”.

La obsesión por un personaje virtual no es poco frecuente, según los expertos. “Se trata de un menor que está un poco solo, un poco atrapado en esas narrativas”, explicó Nick Allen, psicólogo de la Universidad de Oregón. “No hay nada nuevo en inventar cosas que asusten a los padres”.

No obstante, añadió, las experiencias en internet “extremadamente poderosas” como estas pueden animar a los usuarios a pensar: “Esa va a ser mi identidad, mi sentido del futuro, mi sentido de dónde pertenezco socialmente”, en un momento en que la propia identidad es una obra en construcción.

Pluhar, de Harvard, señaló que “el reto y el progreso” de la adolescencia moderna “es que hay muchos tipos de identidad”, más opciones y posibilidades, algo que a su vez puede resultar abrumador. Pluhar dice que entre los factores que influyen en la salud mental se encuentran las obsesiones y el trabajo de la mente: “La cavilación es una parte muy importante”.

M tenía un nombre para la principal fuente de sus problemas de salud mental: “soledad”.

Elaniv

Los expertos en salud señalan que, no obstante todo el peso que conlleva, la crisis de los adolescentes al menos se desarrolla en un entorno más aceptable. Los problemas de salud mental han perdido gran parte del estigma que portaban hace tres décadas, y tanto los padres como los adolescentes se sienten más tranquilos a la hora de hablar del tema y buscar ayuda.

De hecho, Linda había empezado a tener conversaciones con otros padres que se preguntaban si los problemas que enfrentaban sus adolescentes representaban el típico comportamiento malhumorado de los adolescentes o algo patológico. Una colega le habló a Linda del trastorno alimentario de su hija. Una madre llamada Sarah le confió que su hija, que atravesaba la pubertad, estaba en terapia por ansiedad y depresión. “Le dije: ‘Entiendo tu situación mucho mejor de lo que crees’”, recordó Sarah.

En un suburbio cercano, los padres de Elaniv Burnett se esforzaban por comprender la desesperación de su hija. De pequeña, Elaniv había sido alegre, una estudiante entusiasta y una gimnasta grácil, recordó su padre, Tatnai Burnett, cirujano ginecológico de la Clínica Mayo: “El tipo de niña que te hace decir: ‘Ah, deberíamos tener más hijos’”.

Sin embargo, en 2014, cuando Elaniv tenía 9 años, el matrimonio de sus padres comenzó a fracturarse. También se lesionó el tobillo, por lo que comenzó a sufrir un dolor crónico que la marginó de la gimnasia. Pasó por un periodo oscuro. Luego, en 2016, la policía retuvo a punta de pistola a Burnett, que es afroestadounidense, en su casa, a la vista de la familia, después de que los agentes respondieron a una llamada que había reportado un posible intruso.

Investigaciones recientes han revelado que los ingresos, la educación y las oportunidades no protegen a las familias negras de los problemas de salud mental en la misma medida que a las familias blancas. De 1991 a 2017, los intentos de suicidio entre los adolescentes negros aumentaron un 73 por ciento, en comparación con un incremento del 18 por ciento entre los adolescentes blancos. (La tasa general de suicidio sigue siendo más alta entre los adolescentes blancos.) La tasa de suicidio se disparó especialmente en el caso de las niñas negras, con un aumento del 6,6 por ciento anual promedio entre 2003 y 2017, según lo demuestra la nueva investigación.

En el otoño de 2019, diagnosticaron a Elaniv con un trastorno depresivo grave. En un poema de su diario, escribió: “Los pensamientos como los autos de carreras zumban constantemente en mi cabeza/ El odio a uno mismo y la inutilidad/ Perpetuos, avanzan a toda velocidad”.

Elaniv empezó a asistir a terapia, tomó medicamentos y se inscribió en un programa de hospitalización con actividades al aire libre en Utah. “Trabajamos en nosotros mismos, trabajamos en nuestro estilo de crianza, cambiamos muchas cosas para tratar de estar al nivel de la situación de Elaniv”, dijo Burnett. “Supervisamos los aparatos electrónicos, vigilamos las amistades”.

La madre de Elaniv, Tania Gainza, trabajadora social clínica, vio una tendencia generacional. Había asesorado durante años a un adolescente al que le aterrorizaba no cumplir las expectativas. Oyó hablar de un chico de la zona que se suicidó, al parecer sin haber dado señal alguna de que pensaba hacerlo.

“Hay algo diferente en esta época o generación que los hace mucho más susceptibles o vulnerables”, opinó Gainza. “No hay un sentido de comunidad, supongo”.

El aumento de la soledad es un factor clave, según los expertos. Estudios recientes han demostrado que los adolescentes de Estados Unidos y de todo el mundo dicen sentirse cada vez más solos, incluso en un periodo en el que se ha disparado su uso de internet.

“Pasan el rato con amigos, pero no los tienen ahí cerca”, dijo Bonnie Nagel, psicóloga de la Universidad de Ciencias y Salud de Oregón. “No es la misma conexión social que necesitamos, y no es del tipo que evita que uno se sienta solo”.

A menudo, dijo, las conexiones sociales en línea se reducen a ver “fotos de gente que pasa el rato, haciendo alarde de ello, como si dijeran: ‘Mira, estoy muy conectado socialmente’, y ‘Ahora mírate a ti ahí, solo’”.

La pandemia como factor

Un día de otoño de 2020, con la pandemia en pleno apogeo y las clases del octavo grado en modalidad remota, Linda encontró a M sollozando en la cama. M confesó que quería morir.

Linda encontró una terapeuta en línea. Después de varias sesiones, “la terapeuta rompió la confidencialidad”, relató Linda. “Me dijo: ‘Tienes que saber sobre el cuchillo’”.

En la mesita de noche de M, Tony encontró una navaja de bolsillo y una navaja para abrir cajas con la imagen de una pata de gato en el mango que M había comprado a escondidas en Amazon y que utilizaba para autolesionarse. Una noche, M fue más lejos y apretó un lazo rojo para cabello alrededor de su cuello. “Intentaba ver hasta dónde podía llegar”, explicó M.

El siguiente mes de febrero, M entró en una terapia de grupo de un día completo. Un psiquiatra de la clínica notificó a la familia que M había admitido no poder dejar de cortarse, según los registros médicos. Linda “se deshizo de todos los cuchillos de la casa”, aseguró, y escondió todas las pastillas. Entonces M se dedicó a un tipo diferente de autolesión: golpearse en la cabeza con una mancuerna de entrenamiento de 2,5 kilos.

Linda recordó que se sintió aturdida: “Ay, ahora también tengo que deshacerme de los objetos contundentes”.

Dieron de alta a M con un diagnóstico de depresión y una prescripción de antidepresivos. Entre 2015 y 2019, las prescripciones de antidepresivos aumentaron un 38 por ciento para los adolescentes en comparación con el 15 por ciento para los adultos, según Express Scripts, una importante farmacia de venta por correo.

Después, a M también le diagnosticaron un trastorno por déficit de atención, no TDAH, y le dieron una receta de metilfenidato, el nombre genérico de medicamentos que incluyen Ritalin y Concerta. “Todavía no estoy segura de que lo creo”, dijo Linda.

La escuela secundaria de M tiene un consejero de salud mental capacitado. En marzo de 2021, M lo visitó por primera vez. Durante esa visita, en una escala de cero a diez, M calificó su desesperanza y ansiedad con un nueve, expresando terror a volver a la escuela, miedo a quedarse atrás y deseos de morir.

No obstante, el estado de ánimo de M mejoró; en una reunión celebrada un mes después, M calificó la desesperanza y la tristeza con un cinco y la ansiedad con un dos. M consideraba que la terapia era crucial, pero no estaba segura de que los medicamentos le estuvieran ayudando; el consejero escolar atribuyó la mejora de M al apoyo de la familia y al regreso a la escuela. Sin embargo, advirtió a los padres que el péndulo podría volver a oscilar.

En el bosque

Por aquel entonces, Linda se enteró por rumores de que una chica llamada Elaniv Burnett había muerto por sobredosis. “Lo siento, no puedo soportarlo más”, escribió Elaniv en una nota. Su madre la llevó a toda prisa, aún consciente, al hospital, donde Elaniv expresó arrepentimiento por haber provocado la sobredosis y describió su terror. Murió cuatro días después, a los 15 años.

La noticia seguía en la mente de Linda unas semanas después, cuando M huyó al bosque.

La familia de M había regresado hacía poco de visitar a los abuelos de parte de ambos padres. Unos criticaron el pronombre con el que M quería que se le llamara y los otros consideraron que pasaba mucho tiempo frente a la pantalla. Linda dijo que se sentía juzgada. Echó un vistazo al teléfono de M y vio las fotos problemáticas.

“Vamos a dar un paseo”, le dijo a M, y subió al piso de arriba brevemente. Cuando regresó, M había desaparecido, así que la siguió hasta el bosque, enviando mensajes de texto mientras buscaba frenéticamente destellos del vestido blanco de M.

Finalmente, M respondió el mensaje: “No quiero hablar contigo”.

Linda volvió a casa y Tony salió. Encontró a M en un sendero muy frecuentado. Caminaron, casi todo el tiempo en silencio. “Ya estaba liste para volver a casa”, recordó.

El año escolar terminó, y M mejoró, la ansiedad disminuyó. M se alegró de pasar tiempo con una amiga, en persona, caminando a casa, paseando por el bosque.

Pero unas semanas más tarde, un texto hiriente de la amiga volvió a sumir a M en la desesperación, “como si volviera a no tener amigos”.

M utilizó una navaja exfoliante para cortarse los dos tobillos. “No sé cómo hacer que esto acabe”, comentó M. “Podría apostar 20 dólares a que el año que viene estaré en el hospital”.

Cuando Linda vio los cortes, se enfrentó a M, que le entregó la navaja. M dejó que Linda examinara las heridas.

“Creo que eso es bueno”, dijo Linda. “Me dejó mirar las heridas”.

Matt Richtel es autor de libros éxitos en ventas y reportero ganador del Premio Pulitzer; vive en San Francisco. Se incorporó al Times en el año 2000, y su trabajo se ha enfocado en ciencia, tecnología y negocios. @mrichtel

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