Cuarentena: el desafío de poner límites a una generación que busca recuperar el tiempo perdido

Luciano Román
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Millones de padres deben lidiar, en estos días, con los desafíos de una generación de adolescentes que quiere romper hasta el último barrote y salir de un encierro que alcanzó extremos asfixiantes. Los jóvenes quedaron tan privados de todo, que ahora parecen dispuestos a liberarse de una manera desordenada, caótica y, por supuesto, riesgosa. Más que echar culpas y apresurarnos al juicio fácil, nos debemos el esfuerzo de entender, y preguntarnos hasta dónde la actitud que vemos hoy en muchos jóvenes no es consecuencia de los errores con los que el Estado ha manejado la pandemia.

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Los padres de la menguada clase media se sienten tironeados: de un lado, una generación poco acostumbrada al límite y al sacrificio, para la cual la voz de los adultos es, por lo menos, una voz desafinada y discutible. Del otro lado, un Estado que apostó a una suerte de “extremismo sanitario” y que impuso un encierro forzoso y prematuro sin calibrar efectos secundarios. Hoy, en los hogares argentinos se están pagando los costos. Después de haberse quedado sin escuela, sin deportes, sin “juntadas” ni desahogos, hay una generación que quiere recuperar el tiempo perdido. Y lo hace a su manera, con lo bueno y lo malo de la adolescencia, con las marcas –además- de una época en la que el liderazgo de los adultos está muy desdibujado y la autoridad paterna se bate en retirada.

Muchos padres se sienten solos, y con razón. Intentan transmitir a sus hijos un mensaje de responsabilidad sin incentivar el miedo; intentan inculcar valores de respeto y solidaridad; intentan fijar criterios razonables y coherentes. Pero esos esfuerzos contrastan con la falta de ejemplaridad desde el poder: la política salió “a bailar” mucho antes de que lo hicieran los jóvenes; altos funcionarios han sido los primeros en incumplir el uso de barbijo y hasta el propio Presidente se mostró sin distanciamiento y a los abrazos con el mismo gobernador que ha creado, en su feudo, inaceptables guetos sanitarios, o con el jefe sindical que accedió a la vacuna por la colectora VIP. Los adolescentes, que a veces parecen distraídos pero coleccionan videos de YouTube, les muestran esas escenas a sus padres para discutir cualquier restricción o llamado a la prudencia.

El cierre de escuelas, de clubes, de iglesias y centros comunitarios hizo que, el año pasado, se acentuara la soledad de los padres. Desaparecieron las redes de contención. En las familias, además, se instalaron el temor y la incertidumbre. En millones de hogares disminuyeron los ingresos, se perdió el empleo, se sufrieron las tensiones del encierro y “explotaron” las angustias y ansiedades. Nada de eso ha desaparecido. Hoy empezamos a caminar entre los escombros. ¿Cómo les decimos a los adolescentes que no salgan descontrolados a recuperar el tiempo perdido? Ese es nuestro desafío, el de los adultos. No es fácil, por supuesto, pero tampoco podemos renunciar.

Las dificultades están a la vista: desde arriba, los “ejemplos” patean en contra; la escuela no se anima a normalizarse e improvisa protocolos a la bartola. El país parece haber extraviado la coherencia y va de un extremo al otro. Es cierto, también, que la de los adolescentes de hoy es una generación que confía más en Google que en sus maestros, que se ha acostumbrado al “todo ya” de las plataformas digitales y es hija de padres, que a la hora de poner límites y marcar normas, se enfrentan a imaginarios tribunales freudianos. También hay que reconocer que fueron las redes sociales y su mundo digital los que ayudaron a los chicos a sobrellevar el aislamiento de la cuarentena eterna.

Aun cuando los vientos de época soplen de frente, el mandato de los adultos es formar a jóvenes responsables, cuidadosos y solidarios, que a la vez valoren su libertad y la de los otros, que sean cautos, pero no vivan con miedo, que aprendan a enfrentar adversidades y se hagan fuertes en el camino del aprendizaje. La pandemia, aun con sus secuelas de tragedia y de dolor, es una oportunidad para enseñar esos valores. Los padres no podemos darnos por vencidos.