Cuarenta años después de Reagan: una apuesta de que un gran gobierno puede lograr algo

David E. Sanger
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El presidente Joe Biden comenta sobre el plan de infraestructura de su gobierno, en Pittsburgh, el 31 de marzo de 2021. (Anna Moneymaker/The New York Times)
El presidente Joe Biden comenta sobre el plan de infraestructura de su gobierno, en Pittsburgh, el 31 de marzo de 2021. (Anna Moneymaker/The New York Times)

WASHINGTON — Han pasado 40 años desde que el entonces presidente Ronald Reagan declaró en su primera toma de posesión que “el gobierno no es la solución a nuestros problemas, el gobierno es el problema”.

El plan de infraestructura que el presidente Joe Biden describió el miércoles —2 billones de dólares en inversión gubernamental para hormigón, estaciones de carga para autos eléctricos, inteligencia artificial e ingeniería social— es una apuesta de que el gobierno puede hacer cosas descomunales que el sector privado no puede hacer.

De hecho, cuando finalmente llegó la tan esperada “semana de la infraestructura” en Washington, resultó ser más que solo sobre nuevas carreteras y el remplazo de viejas tuberías de plomo. Gracias al llamado del ala izquierda de su partido, y al recordatorio por parte de los historiadores de que los presidentes Franklin D. Roosevelt y Lyndon B. Johnson pensaron en grande, Biden está usando el contexto de reconstruir las carreteras y los puentes en ruinas para intentar reestructurar la economía estadounidense al concentrarse más en problemas de largo alcance como el cambio climático y la desigualdad que han estado inmersos en las guerras culturales.

Tardaremos años en saber si la iniciativa de Biden tendrá la larga duración del Nuevo Trato o de la Gran Sociedad, o si puede “cambiar el paradigma”, como lo aseveró hace algunas semanas.

Sin embargo, ya sabemos que se basa en la apuesta de que el país está listo para desechar uno de los principales postulados de la revolución de Reagan y demostrar que, para algunas tareas, el gobierno puede aprovechar la economía con mayor eficiencia que las fuerzas del mercado. Biden también ha apostado a que el trauma provocado por la pandemia del coronavirus, así como las desigualdades sociales y raciales que esta hizo más patentes han cambiado el centro de gravedad político para el país.

El plan de infraestructura de Biden concuerda con su declaración de la semana pasada de que “tenemos que demostrar que la democracia funciona”, que fue una confirmación de que la decisión del gobierno chino de apoyar a los “paladines nacionales” como el gigante de las telecomunicaciones Huawei e inyectar miles de millones de dólares en tecnologías fundamentales como la inteligencia artificial está captando imitadores. Los colaboradores de Biden afirman que se siente muy motivado a competir para demostrar que el capitalismo democrático puede funcionar.

La semana pasada, Biden lanzó la competencia como “una batalla entre la utilidad de las democracias en el siglo XXI y las autocracias”, una línea que repitió el miércoles de manera condensada en un discurso que pronunció en Pittsburgh. Pero fue más lejos al decir que “hay muchos autócratas en el mundo” —refiriéndose, sin duda, a los presidentes Xi Jinping, de China, y Vladimir Putin, de Rusia— “que creen que la razón por la que ganarán es porque las democracias ya no pueden alcanzar consensos”.

Es un argumento que nos recuerda a la Guerra Fría y, esta vez, China desempeña el papel central de adversario que solía tener la Unión Soviética. Y Biden, al sentir que tal vez este sea su mejor argumento para lograr un consenso bipartidista, lo defendió al citar la inversión del expresidente Dwight D. Eisenhower en el sistema de carreteras y la del expresidente John F. Kennedy en la carrera espacial.

“Esto es esencial para saber la postura de Biden con respecto al plan de infraestructura”, señaló Brian C. Deese, director del Consejo Económico Nacional de Biden y uno de los principales arquitectos de la propuesta.

“El mundo ha estado observando cómo la superpotencia más grande del mundo fue devastada por un virus y no pudo reaccionar durante casi un año”, comentó Deese. “Y ahora está esperando a ver si Estados Unidos puede lograr grandes resultados a nivel nacional”, lo cual será un indicador de si recuperará su liderazgo en el orden internacional.

No es la primera vez que se cuestiona la dependencia de Reagan en los mercados para sacar adelante al país, pero ninguna iniciativa anterior de las últimas décadas fue de la magnitud de la que Biden presentó el miércoles.

El mismo Reagan impulsó un aumento de impuestos. Los presidentes George H. W. Bush y Bill Clinton hicieron algunos experimentos modestos en lo que solía llamarse la “política industrial”, con iniciativas para apoyar a la industria de los semiconductores. El presidente George W. Bush dirigió una enorme expansión del Estado de seguridad nacional después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, así como del plan de medicamentos por prescripción de Medicare para las personas mayores a lo que se opusieron muchas personas de su propio partido por estar interfiriendo con el mercado.

La ley de salud del expresidente Barack Obama fue, dependiendo de la postura política, una intervención del gobierno en la distribución de servicios médicos o una manera de corregir los mercados privados para garantizar que el seguro de gastos médicos estuviera al alcance de manera más generalizada.

Pero el plan de Biden es una inversión pública descomunal que representa el uno por ciento del producto interno bruto de cada uno de los próximos ocho años. Las objeciones de los republicanos, que tradicionalmente han estado a favor de los grandes proyectos de infraestructura, son solo por su magnitud, sobre todo después de que un plan de 1,9 billones de dólares para subsanar la crisis del coronavirus se planteó como una afectación única para la economía, a diferencia del proyecto de ley de infraestructura.

También se oponen a la manera en que Biden está proponiendo pagarlo: un aumento a los impuestos de las empresas durante los próximos quince años para un plan de construcción que solo durará ocho años. Además, señaló Biden el miércoles, habría impuestos más elevados para quienes ganen más de 400.000 dólares al año.

Juntos, estos echan abajo los recortes fiscales del expresidente Donald Trump, quien el miércoles condenó el plan de Biden como “una clásica traición globalista” que, sostuvo, beneficiaría a los políticos, a los burócratas del gobierno y a China.

Pero quizás el mismo Trump ayudó a hacerlo posible al rechazar la ortodoxia republicana. Dejó que aumentaran los déficits y recurrió a aranceles sobre la mercancía china que pagaron los consumidores estadounidenses. Además, sus medidas ni aumentaron las tasas de interés ni hundieron el mercado de valores, lo cual aumentó la confianza dentro del gobierno de Biden de que tal vez tendría más margen de maniobra para inyectarle dinero a la economía sin el temor de que se sobrecaliente de inmediato.

Este plan incluye grandes desembolsos para proyectos tradicionales de infraestructura: 115.000 millones de dólares para carreteras, caminos y 10.000 puentes pequeños que tienen que reconstruirse. Hay 85.000 millones de dólares para sistemas de tránsito y 80.000 para Amtrak, un reconocimiento de que era una ilusión la idea que solía ser tentadora de que el programa de un ferrocarril de alta velocidad para pasajeros podría ser una empresa privada rentable capaz de recabar el capital para actualizarse.

También está la parte poco conocida que expande la definición de infraestructura en nuevas direcciones. Hay 180.000 millones de dólares para investigación y desarrollo y 50.000 para reactivar la producción de semiconductores en Estados Unidos, lo que tiene el claro objetivo de contender con China. Se está vendiendo la idea de que un programa de miles de millones de dólares para conexiones de internet en comunidades pobres y rurales con un mal servicio servirá para promover empleos. Es un asunto de equidad y un activador de la innovación.

Para muchas personas de la izquierda, el plan de Biden es demasiado cauteloso, una pequeña parte de lo que el senador Bernie Sanders, por Vermont, y la senadora Elizabeth Warren, por Massachusetts, pretendían cuando compitieron contra Biden por la candidatura del Partido Demócrata. La representante demócrata por Nueva York, Alexandria Ocasio-Cortez, quizás la voz con mayor influencia del movimiento progresista, después de ver el plan de Biden, declaró que “no es suficiente”.

No obstante, el argumento que esgrimirá en los próximos días el gobierno de Biden es que simplemente restablece la situación imperante de hace cinco décadas cuando la inversión pública en investigación y desarrollo, infraestructura y comercialización de tecnología era, como porcentaje de la economía, considerablemente mayor de lo que es en la actualidad.

“Lo que pretende hacer”, comentó Deese, “es retornarnos a algo parecido al nivel de la década de 1960”.

This article originally appeared in The New York Times.

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