Unos cuantos destinatarios de la vacuna contra el COVID desarrollaron un raro trastorno de la sangre

Denise Grady
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Luz Legaspi, quien fue internada con una grave trombocitopenia inmune (falta de plaquetas) un día después de recibir su primera dosis de la vacuna de Moderna contra el COVID, en Nueva York, el 4 de febrero de 2021. (Sarah Blesener/The New York Times)
Luz Legaspi, quien fue internada con una grave trombocitopenia inmune (falta de plaquetas) un día después de recibir su primera dosis de la vacuna de Moderna contra el COVID, en Nueva York, el 4 de febrero de 2021. (Sarah Blesener/The New York Times)
Luz Legaspi, quien fue internada con una grave trombocitopenia inmune (falta de plaquetas) un día después de recibir su primera dosis de la vacuna de Moderna contra el COVID, en Nueva York, el 4 de febrero de 2021. (Sarah Blesener/The New York Times)
Luz Legaspi, quien fue internada con una grave trombocitopenia inmune (falta de plaquetas) un día después de recibir su primera dosis de la vacuna de Moderna contra el COVID, en Nueva York, el 4 de febrero de 2021. (Sarah Blesener/The New York Times)

Un día después de recibir su primera dosis de la vacuna de Moderna contra el COVID, Luz Legaspi, de 72 años, despertó con moretones en brazos y piernas, y úlceras dentro de la boca que le estaban sangrando.

Ese día, el 19 de enero, fue hospitalizada en la ciudad de Nueva York con una grave trombocitopenia inmune, que es una enfermedad producida por la falta de plaquetas, las células sanguíneas que son primordiales para la coagulación.

Ese mismo padecimiento provocó la muerte de Gregory Michael, obstetra de 56 años de Miami Beach, cuyos síntomas aparecieron tres días después de recibir la vacuna de Pfizer-BioNTech. Los tratamientos no lograron restaurar sus plaquetas y murió de una hemorragia cerebral luego de dos semanas en el hospital.

No se sabe si este trastorno sanguíneo tiene alguna relación con las vacunas contra el COVID. Más de 31 millones de personas en Estados Unidos han recibido al menos una dosis de la vacuna y, para fines de enero, se había informado de 36 casos similares al Sistema de Reportes de Eventos Adversos Provocados por las Vacunas (VAERS, por su sigla en inglés). Los casos estaban relacionados con la vacuna de Pfizer-BioNTech o con la de Moderna, las únicas dos vacunas autorizadas hasta ahora para su uso de emergencia en Estados Unidos.

No obstante, este sistema de reportes solo presenta los problemas descritos por los profesionales de la salud o por los pacientes después de la vacuna y no especifica si en realidad las vacunas provocaron esos problemas.

Las autoridades de la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA, por su sigla en inglés) y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades señalaron que estaban analizando los informes pero que, hasta ahora, parecía que la frecuencia de aparición de este trastorno en las personas vacunadas no era mayor a la frecuencia que normalmente se presentaba en la población estadounidense, así que tal vez fuera una coincidencia. Se cree que, en general, las vacunas son inocuas. Existen reportes de algunas reacciones alérgicas graves pero tienen tratamiento y, según los reguladores, el porcentaje corresponde al reportado en el caso de otras vacunas.

Pfizer señaló en un comunicado que toma “muy en serio los informes de los eventos adversos” y añadió que estaba al tanto de los casos de trombocitopenia de las personas que recibieron las vacunas.

El comunicado también afirmaba que la empresa está recabando “información relevante para compartirla con la FDA. Sin embargo, en este momento, no hemos podido establecer ninguna relación causal con nuestra vacuna”.

Moderna también emitió un comunicado que no abordaba el problema del trastorno de las plaquetas, sino que decía que la empresa “monitorea de manera continua la seguridad de su vacuna contra el COVID-19 mediante el uso de todas las fuentes de información” y que sistemáticamente comparte con los reguladores información sobre la inocuidad.

Los hematólogos con experiencia en el tratamiento de trombocitopenia inmune señalaron que sospechaban que la vacuna sí había tenido alguna participación, pero que era muy poco probable que surgieran casos tras la aplicación de la vacuna, los cuales tal vez eran el resultado de la predisposición de algunas personas a reaccionar a la vacuna al desarrollar una respuesta inmune que provoca la destrucción de las plaquetas. En muy pocas ocasiones se ha presentado este trastorno en personas que recibieron otras vacunas, en especial la de sarampión, rubéola y parotiditis.

“Creo que tal vez exista una relación”, señaló James Bussel, hematólogo y profesor emérito en el Centro Médico Weill Cornell quien ha escrito más de 300 artículos científicos sobre este trastorno de las plaquetas. “Dado el bajísimo porcentaje de destinatarios con trombocitopenia, estoy suponiendo que hay algo que los hizo propensos a desarrollarla”.

Bussel y su colega, Eun-Ju Lee, han enviado a una revista médica para su revisión un artículo sobre quince de estos pacientes que recibieron la vacuna contra el COVID, los cuales fueron detectados en las bases de datos del gobierno o al consultar con otros médicos que atienden a estos enfermos. El informe proporciona información sobre los tratamientos y exhorta a los médicos a reportar los casos. También señala que es demasiado pronto para saber si los pacientes afectados tardarán mucho tiempo en recuperarse o si se repetirá el problema de la disminución de plaquetas.

Bussel afirmó que algunos de estos pacientes ya habían sufrido trastornos de las plaquetas o alguna otra enfermedad autoinmune que pudo haberlos hecho más vulnerables. La gente puede tener bajos niveles de plaquetas sin presentar síntomas y es posible que en algunas personas determinada reacción a las vacunas pueda bajar todavía más el nivel, hasta un punto en que se manifiesta mediante hematomas o sangrado, señaló Bussel.

Los médicos aseguran que estos casos no son una razón para no vacunarse contra el COVID. El riesgo de que esta enfermedad se agrave es mucho mayor que el riesgo de desarrollar este raro padecimiento y las vacunas son fundamentales para controlar la pandemia.

La hija de Legaspi comentó que lo último que ella y su madre querían era generar un temor a las vacunas contra el COVID. Pese a la enfermedad de Legaspi, señaló la hija, ambas siguen creyendo que son muy necesarias. A petición de su empleador, la hija solicitó que no se revelara su nombre.

Según un grupo de apoyo a los pacientes, en su forma más común, la trombocitopenia inmune es una enfermedad autoinmune que afecta a cerca de 50.000 personas en Estados Unidos. Este padecimiento se desarrolla cuando, por razones que se desconocen, el sistema inmunitario ataca a las plaquetas o a las células que las producen. En ocasiones se presenta después de una enfermedad viral y puede durar meses o incluso volverse crónica y durar varios años. Por lo general, tiene tratamiento. Algunos grupos de profesionales han recomendado que los pacientes con esa enfermedad se vacunen contra el COVID solo después de consultar a sus hematólogos.

Legaspi estaba fuerte y gozaba de buena salud antes de recibir la vacuna de Moderna. Pero cuando la internaron en el hospital de la ciudad en Queens, Nueva York, su conteo de plaquetas era de cero. El conteo normal va de 150.000 a 450.000 y se considera muy peligroso que esté por debajo de 10.000, por lo que se requiere tratamiento urgente.

Conforme transcurrieron los días sin ninguna mejoría, la hija de Legaspi, quien sabía del fallecimiento de Michael, se preocupó cada vez más de que su madre tuviera una hemorragia cerebral.

Bussel se enteró de su enfermedad y, pese a que trabaja en otro hospital, el 28 de enero llamó a su médica y le ofreció asesoría sobre el tratamiento de Legaspi. También se puso en comunicación con la familia de Michael para preguntarle qué tratamientos había recibido él, como una manera de averiguar qué no había funcionado.

El deceso de Michael se había hecho público después de que su esposa, Heidi Neckelman, lo dio a conocer en Facebook.

Neckelmann comentó en un texto: “Me alegra que el Dr. Bussel se haya puesto en contacto conmigo. Hablé de mi historia con la intención de ayudar a otros pacientes en la misma situación o en una similar”. Y añadió: “Espero que ahora otras personas puedan aprovechar la experiencia del Dr. Busset. Ojalá que mi Gregory hubiera tenido esa oportunidad”.

El 29 de enero, Bussel le envió a la doctora de Legaspi, Niriksha Chandrani, un correo electrónico titulado “Mis recomendaciones importantes” en el que señalaba que “le daba mucho miedo” que Legaspi tuviera una hemorragia cerebral y recomendaba una vía de tratamiento diferente. Chandrani, jefa de oncología en Elmhurst, reconoció que Bussel era una toda una autoridad en el trastorno de las plaquetas y siguió sus recomendaciones.

Un día después, el conteo de plaquetas de Legaspi había llegado a 6000: “un avance lento, pero constante”, comentó Bussel. La mañana siguiente era de 40.000, lo que la sacó de la zona de mayor peligro. Dos días después, el 1 de febrero, era de 71.000.

No es posible saber si los nuevos tratamientos funcionaron, si los iniciales surtieron efecto o si se recuperó por ella misma. Pero el 2 de febrero, la dieron de alta del hospital y se fue al apartamento de Queens que comparte con su hija y su nieto de siete años. Su hija aseguró que el 4 de febrero el conteo de plaquetas de Legaspi fue de 293.000.

El 3 de enero, otra persona, Sarah C., una maestra de 48 años de Arlington, Texas, recibió la vacuna de Moderna. Solicitó que no se revelara su nombre completo para proteger su privacidad.

Dos semanas después, comenzó a tener mucho sangrado vaginal. Luego de dos días, consultó a su obstetra, quien le mandó a hacer estudios de sangre y programó otras pruebas. Unas horas más tarde, le llamó y le pidió que fuera directo a la sala de urgencias. Estaba confundido y esperaba que fuera un error del laboratorio, pero el conteo de plaquetas era de cero. Menos de una semana antes de vacunarse, la paciente se hizo una revisión completa y los resultados de las pruebas de sangre fueron totalmente normales.

El conteo de cero plaquetas no fue un error del laboratorio, Los resultados fueron confirmados en la sala de urgencias y los médicos de ahí también observaron manchas rojas en sus muñecas y tobillos provocadas por hemorragias debajo de la piel. Sarah C. ya había visto estas manchas, pero no les había hecho caso.

Pasó cuatro días en el hospital con transfusiones de plaquetas, anticuerpos y esteroides para restaurar su conteo de plaquetas.

Hace poco recibió aviso de que ya le tocaba la segunda inyección de la vacuna de Moderna. Sus médicos han dicho que sí puede recibirla, pero ella decidió esperar, aunque también dijo que sí quería otra dosis.

“No sé si aplicarme la misma”, comentó. “Puede ser que mejor una diferente”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company