Cuando el dictador Primo de Rivera se encaprichó perdidamente de una prostituta y traficante de drogas llamada ‘La Caoba’

Alfred López
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En septiembre de 1923, el militar del Ejército español y Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera encabezó un golpe de estado contra el gobierno legítimo del país, instaurando una dictadura que lideró a lo largo de los siguientes siete años, gracias al beneplácito y connivencia del rey Alfonso XIII.

El dictador Miguel Primo de Rivera se encaprichó perdidamente de una prostituta y traficante de drogas llamada ‘la Caoba’ (imagen vía Wikimedia commons)
El dictador Miguel Primo de Rivera se encaprichó perdidamente de una prostituta y traficante de drogas llamada ‘la Caoba’ (imagen vía Wikimedia commons)

Primo de Rivera tenía fama de ser un hombre estricto, de fuertes convicciones católicas y profundo admirador del fascismo de Benito Mussolini (y su famosa ‘Marcha sobre Roma’ que lo llevó al poder) que lo inspiraron para fundar el partido ultraconservador ‘Unión Patriótica’, con el que quería liderar una España similar a la de su homólogo italiano.

Todo ese ramillete de supuestas virtudes tradicionalistas, rectitud y pulcro comportamiento no eran más que pura fachada, debido a que en su vida privada, Primo de Rivera era un hombre dado a algunos excesos, sobre todo en lo que respectaba a su afición hacía mujeres dedicadas al espectáculo del cabaret, como era el caso de la famosa cantante y actriz Raquel Meller (en aquellos momentos la artista española más famosa e internacional).

El dictador Primo de Rivera había enviudado en 1908, tras permanecer seis años casado con la joven aristócrata Casilda Sáenz de Heredia y Suárez de Argudín y con la que tuvo media docena de hijos (entre ellos José Antonio, primogénito de la pareja y fundador de Falange española en 1933). También se le adjudicaron algunos romances ‘formales’, siendo el más destacado el que mantuvo con Mercedes (Nini) Castellanos y Mendiville (perteneciente a una distinguida y noble familia), con quien llegó a prometerse tras siete años de noviazgo, pero rompió la relación unos meses antes de contraer matrimonio (y tras anunciarse en exclusiva en la prensa de la época).

Primo de Rivera era más bien dado a visitar cabarets nocturnos, tablaos flamencos y todo tipo de antros donde la juerga estaba garantizada. En uno de esos lugares conoció a ‘La Caoba’, famosa prostituta andaluza (además de toxicómana y traficante de drogas) que era llamada de ese modo debido al color tostado de su piel y por la que se encaprichó perdidamente, hasta tal punto que el dictador protagonizó un escandaloso y vergonzoso episodio.

A inicios de 1924 (la dictadura de Primo de rivera apenas llevaba en marcha cuatro meses) se destapó un turbio asunto de tráfico de drogas (cocaína y morfina, básicamente) y la extorsión que estaba padeciendo un importante empresario teatral de Madrid, quien había caído en las garras de la tal Caoba, provechando esta para chantajearlo con el fin de que no hiciera pública su adicción hacía ciertos estupefacientes.

El mencionado empresario puso en conocimiento de las autoridades el chantaje al que lo estaba sometiendo la prostituta y traficante, siendo detenida y puesta a disposición judicial.

El titular del juzgado, José Prendes Pando y Díaz Laviada, tras mandarla al calabozo recibió presiones por parte del mismísimo Miguel Primo de Rivera, quien le pidió dejar en libertad sin cargos a la arrestada. El juez hizo caso omiso a la petición del dictador, recibiendo una nota por escrito de éste, esa vez en un tono autoritario. El magistrado volvió a negarse e incluso le hizo saber que incluiría la mencionada carta como parte del sumario.

Primo de Rivera no se lo pensó dos veces, ordenando el cese del juez Prendes Pando, algo a lo que se negó rotundamente a que se llevara a cabo el presidente del Tribunal Superior de justicia, Buenaventura Muñoz y Rodríguez.

El dictador, en un deplorable y vergonzoso acto de despotismo, se encargó de cesar a José Prendes Pando y Díaz Laviada y enviarlo a un nuevo destino en un juzgado de Albacete, mientras que jubilaba fulminantemente a Buenaventura Muñoz y Rodríguez el 7 de febrero de 1924.

El caso de ‘La Caoba’ se convirtió en uno de los escándalos más sonados de la época, siendo muy comentado en los ambientes políticos, sociales e intelectuales de la época. La prensa no pudo hacer mención, aunque el periódico ‘Heraldo de Madrid’ llegó a publicar la noticia cambiando el nombre de los protagonistas y ubicando la historia en Bulgaria.

Entre los intelectuales que criticaron el comportamiento de Primo de Rivera se encontraba el escritor y filósofo Miguel de Unamuno (en aquellos momentos vicerrector de la Universidad de Salamanca), quien no contaba con las simpatías del dictador tras varias y públicas críticas que había hecho hacia él.

En ese momento tuvo lugar otra de las escandalosas muestras de autoritarismo absurdo de Primo de Rivera, ordenando el destierro de Unamuno a la isla de Fuerteventura.

En su destierro canario (que duró cuatro meses, tras escaparse de la isla en una goleta rumbo a Francia, gracias a la ayuda de Henri Dumay, editor del periódico galo ‘Le Quotidien’) Unamuno aprovecho para escribir un diario en forma de poemario y sonetos qe fue publicado en 1925 y que llevó por título ‘De Fuerteventura a París: diario íntimo de confinamiento y destierro’, donde recogía brevemente el escándalo protagonizado por el dictador Primo de Rivera y la prostituta y traficante de drogas apodada La Caoba:

Famoso se hizo el caso de la ramera, vendedora

de drogas prohibidas por la ley y conocida por

la Caoba, a la que un juez de Madrid hizo detener

para registrar su casa y el Dictador le obligó a

que la soltase y renunciara a procesarla por salir

fiador de ella.

Cuando el caso se hizo público y el Rey, según

parece, le llamó sobre ello la atención, se le

revolvió la ingénita botara tería, perdió los estri-

bos — no la cabeza, que no la tiene — y procedió

contra el juez tratando de defenderse en unas

notas en que se declaraba protector de las jóvenes

alegres.

Aquellas notas han sido uno de los baldones

más bochornosos que se han echado sobre España,

a la que el Dictador ha tratado como a otra ramera

de las que ha conocido en los burdeles. Se ha com-

placido en mostrar sus vergüenzas y en sobárselas

delante de ella.

El régimen del dictador Miguel Primo de Rivera hizo todo lo posible por tapar el escándalo, no quedando apenas rastro documental de aquellos hechos (aparte de lo mencionado por Miguel de Unamuno y poco más), desapareciendo por completo la figura de La Caoba, de la que no se tiene ni una sola evidencia más sobre ella a partir de entonces (no tan siquiera en las hemerotecas).

Fuentes de consulta e imagen: lavanguardia / elasombrario / eldigitaldealbacete / lne / elsaltodiario/ lainformacion / abc / archive.org / Wikimedia commons

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