Cuando el abuelo de Donald Trump amasó una pequeña fortuna regentando burdeles durante la fiebre del oro

Alfred López
·7  min de lectura

El 19 de octubre de 1885 llegaba al puerto de Nueva York el SS Eider, un trasatlántico que había zarpado doce días antes desde la población alemana de Bremen y que llevaba a bordo algo más de un millar de pasajeros, la inmensa mayoría migrantes en busca del sueño americano. Todos ellos fueron trasladados hasta Castle Garden, una fortificación ubicada al sur de Manhattan que en aquellos momentos era el lugar donde se pasaba el control de inmigración (el de la isla Ellis no fue inaugurado hasta siete años después).

Frederick, el abuelo de Donald Trump, tras su llegada a EEUU amasó una pequeña fortuna regentando varios burdeles durante la fiebre del oro  (imágenes vía Wikimedia commons)
Frederick, el abuelo de Donald Trump, tras su llegada a EEUU amasó una pequeña fortuna regentando varios burdeles durante la fiebre del oro (imágenes vía Wikimedia commons)

Entre todos aquellos recién llegados se encontraba un muchacho de 16 años, originario de la población de Kallstadt en el entonces Reino de Baviera, llamado Friedrich Trumpf quien había viajado hasta allí para labrarse un próspero futuro, pero, sobre todo, huyendo del reclutamiento en el servicio militar obligatorio.

El joven Trumpf iría a vivir al barrio obrero de Lower East Side, donde residía su hermana mayor Katharina, quien había llegado al país (junto a su esposo Fred) un par de años antes. El muchacho tenía experiencia como barbero, al ser este un oficio que ejerció como aprendiz durante los dos años y medio antes en su Alemania natal.

Seis años después, cansado de la competitividad laboral en Nueva York y las pocas posibilidades de triunfar que tenía allí (además de la avalancha, cada vez mayor, de nuevos inmigrantes), Friedrich decidió trasladarse hasta la otra punta del país, donde la costa Oeste empezaba a prosperar con el descubrimiento de un gran número de minas de oro, además de la llegada del ferrocarril.

Seatle fue la población escogida para labrarse un próspero futuro. Un lugar al noroeste del país y que le ofrecía una magníficas oportunidades gracias a la gran cantidad de mineros que habían llegado a toda aquella región llamados por la conocida ‘fiebre del oro de Alaska’ (también denominada ‘fiebre del oro de Yukón’).

Tenía muy claro que aquellos mineros necesitarían un lugar donde comer, asearse y descansar de sus duras y largas jornadas de trabajo, por lo que se le ocurrió comprar un local que bautizaría como ‘Dairy Restaurant’ el cual se convirtió en muy poco tiempo en uno de los sitios más frecuentados, gracias a su perfecta y estratégica ubicación, en una de las vías de paso principales de la población.

Otros muchos eran los locales que en aquella misma avenida ofrecían los servicios de restauración y hospedaje, por lo que Friedrich Trumpf decidió añadir un servicio extra que convertiría a su negocio en el más concurrido de la ciudad: habitaciones con mujeres ejerciendo la prostitución para satisfacer las necesidades de los mineros.

Poco después (1892), a los 23 años de edad, consiguió la ciudadanía estadounidense, siendo inscrito con el americanizado nombre de Frederick Trump (quedando el apellido ya modificado para las siguientes generaciones). Una de las primeras cosas que hizo como nuevo estadounidense fue la de ejercer el derecho al voto en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre de aquel mismo año.

El burdel dentro del restaurante se convirtió en todo un éxito, amasando una pequeña fortuna que decidió reinvertir abriendo un negocio similar en otra ubicación, debido a que los depósitos mineros cercanos a Seatle empezaban a estar agotados y la población de Monte Cristo (en aquel mismo Estado) empezaba a prosperar, siendo adquiridos dos tercios de las participaciones de las minas de oro y plata de aquel lugar por la próspera empresa del magnate del petróleo John Davison Rockefeller.

En 1894 Frederick no se lo pensó dos veces, vendió el Dairy Restaurant y se trasladó hasta Monte Cristo, donde adquirió una parcela de 16 hectáreas (según consta, lo hizo de manera irregular) y en la que levantó una nueva casa de huéspedes (con burdel incluido) que fue bautizado con su apellido ‘Trump’.

Se convirtió en un hombre próspero y respetado, hasta tal punto que en 1896 fue escogido como ‘Juez de Paz’ de la población.

Además de tener buen olfato para los negocios, también lo tuvo para ver cuándo era el momento de vender y trasladarse y aquel mismo año decidió hacerlo, ante el inminente pinchazo de la enorme burbuja que se había creado alrededor de la especulación de las minas de oro y plata de Monte Cristo. Vendió anticipándose a la debacle, volviéndose a trasladar hacia Seatle, en que montó otro restaurante (de las mismas características que los anteriores) que le funcionó tan bien que en tan solo un mes liquidó completamente la hipoteca que había firmado para tal adquisición.

Su afán de hombre de negocios lo llevó a trasladarse de nuevo dos años después (1898) hasta la población canadiense de Yukón, donde volvió a abrir otro local de huéspedes y restauración junto a un socio (Ernest Levin) bautizando al nuevo local con el nombre de ‘White Horse’.

La construcción de la nueva línea de ferrocarril que pasaba por allí, junto a las minas descubiertas en los alrededores, convirtieron a White Horse en un negocio próspero y de gran afluencia, llegando a servir hasta tres mil comidas cada día, además de tener una zona de juego y otra habilitada como burdel.

En 1901 las autoridades de Yukón anunciaban que quedaba prohibida la prostitución, el juego y el alcohol en aquella región (la parte que más rendimientos le proporcionaba a Trump y Levin el negocio que regentaban), por lo que Frederick decidió vender la parte que le correspondía a su socio por una buena suma (al cambio actual se calcula que sería aproximadamente medio millón de dólares).

Aquel mismo año, con 32 años de edad y una pequeña fortuna, Frederick Trump decidió que era momento de regresar a su Kallstadt (donde residía su madre y cinco de sus hermanos) y allí conoció a la joven Elisabeth Marie Christ (doce años menor que él), enamorándose y contrayendo matrimonio el 26 de agosto de 1902.

Una boda a la que se opuso la madre de Frederick, quien quería como nuera a otra muchacha de la población de mejor posición social. La animadversión hacia su nuera provocó que la pareja decidiera ir hacia Estado Unidos, donde podrían vivir tranquilamente gracias a la ciudadanía obtenida por él una década atrás.

Se instalaron en Nueva York donde Frederick compró un terreno en el que construyó una casa familiar y empezó a regentar un hotel en la Sexta Avenida, además de compaginarlo con su viejo oficio de barbero. Poco después tuvieron a la primera de sus tres hijos, Elizabeth (1904) y la esposa comenzó a sentir nostalgia de su Alemania natal (además de no sentarle demasiado bien el clima de aquella ciudad), por lo que convenció a Frederick de retornar a Europa.

Trump volvía a dejar atrás el sueño americano y su próspera vida norteamericana, pero a su llegada a Kallstadt Frederick se encontró con la desagradable sorpresa de que las autoridades locales habían dictado una orden de contra él, acusándolo de haber huido dos décadas atrás del requerimiento que se le había hecho en el reclutamiento al servicio militar obligatorio en el ejército del Reino de Baviera y por tanto, haber perdido la nacionalidad bávara, por lo que debía de ser expulsado del país, teniendo que regresar a los Estados Unidos, algo que en aquel momento él no quería hacer, ya que el deseo de su esposa era vivir en Europa.

Trump escribió una carta al príncipe Luitpold de Baviera solicitando clemencia y no ser deportado, con el fin de no tener que separarse de su familia. Un escrito en el que explicaba cómo había sido su vida, tanto en la niñez como durante el último cuarto de siglo en los EEUU. Pero el mensaje no hizo efecto y fue ordenada su deportación.

El 30 de junio de 1905 la pareja, acompañada de la pequeña Elizabeth, llegaba de regreso a Nueva York y cuatro meses después nació Frederick ‘Fred’ (padre del empresario y presidente de EEUU Donald Trump). En 1907 lo haría John, quien se convertiría en un prestigioso científico.

En esta nueva etapa en los Estados Unidos, Frederick Trump siguió adquiriendo terrenos e invirtiendo en negocios, amasando una importante fortuna que fue el primer paso para el ‘Imperio Trump’, aunque se vio algo mermado tras el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Frederick Trump falleció repentinamente en mayo de 1918 a causa de la pandemia de ‘Gripe española’, siendo su viuda y su hijo Fred quienes siguieron con el negocio familiar que heredaría medio siglo después su nieto Donald.

Fuente de las imágenes: Wikimedia commons

Más historias que te pueden interesar: