¿Cuántos son 15 años en tecnología digital?

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Ayer este suplemento cumplió 15 años. Apareció con LA NACION el lunes 22 de abril de 1996 y sé, porque me lo han dicho varias veces, que hay quienes eran niños cuando hojeaban las páginas llenas de novedades de entonces. Hoy siguen encontrando novedades, pero ya son adultos. Esas cosas te conmueven, la verdad sea dicha.

Lo que me preguntaba estos días, anticipándome al aniversario, era a cuánto equivalen en realidad estos 15 años, estos pasados 180 meses. Bueno, suena raro. Después de todo, los años son años y nada más. Cierto. Pero en 365 días de ahora se desarrollan más nuevas tecnologías, materiales y algoritmos que durante todo el período entre la aparición de las primeras flechas de pedernal y la Revolución Industrial. Recuerdo el inmenso mural de decenas de metros de largo y como tres de alto con pequeñas inscripciones en la entrada de uno de los laboratorios de IBM; cuando pregunté qué significaban esas inscripciones, miles de ellas, me respondieron: "Son nuestras patentes".

De hecho, el consumo de información se ha acelerado de una forma extraordinaria. Una sola edición del domingo de LA NACION contiene más información que la que una persona común de la Edad Media consumía en toda su vida. Esto se exacerba con la tecnología hasta tal punto que cuando me voy una semana a algún lugar sin conexión ya sé que al volver me encontraré con algún descubrimiento, noticia o lanzamiento importante.

En un ecosistema cuyo corazón late a una velocidad tan exorbitante 15 años equivalen a mucho más. No digo esto para, como cuando somos adolescentes, sumarnos años -años que más adelante querremos sustraer-, sino para retratar la ocasión en su verdadera dimensión. Arrojé la pregunta en Twitter y Facebook el martes, mientras comenzaba a escribir esta columna, y salieron varias cifras significativas, así como reflexiones interesantes.

Algunas personas sugerían que en estos tres lustros del suplemento habíamos sido testigos de cambios que en otra época habrían llevado 75 años; otros propusieron 150, y hubo quienes apuntaron 3 siglos.

Bueno, todos esos números son de alguna forma realistas, todo depende de con qué época comparemos los tiempos en que nos toca vivir. Y desde qué punto de vista.

En 1981, cuando apareció la computadora personal, la civilización humana había viajado a la Luna, teníamos rayos X y TV color. Pero en nuestros hogares la tecnología de productividad más avanzada con que contábamos era la máquina de escribir, cuya patente es de 1867. El calendario de las personas comunes atrasaba más de un siglo; no tanto como en la Edad Media, concedido, pero de todas formas la brecha era colosal.

Eso se terminó cuando apareció la PC y, unos ocho años más tarde, se empezaron a ofrecer servicios de conexión con Internet a particulares.

No, no íbamos a viajar todos a la Luna y, a pesar de los rayos X, la asistencia médica para todos los seres humanos sigue siendo un sueño que, en ocasiones, parece inalcanzable. Pero habíamos obtenido, y eso lo cambiaría todo, poder de cómputo y poder de broadcasting. De hecho, la NASA había enviado al hombre a la Luna con una computadora de a bordo unas mil quinientas veces menos potente que nuestras PC actuales. Mi celular tiene 64.000 veces más memoria RAM, 430.000 veces más espacio de almacenamiento y un cerebro electrónico 200 veces más rápido que la computadora que guió a Armstrong, Collins y Aldrin a otro mundo.

Si los autos hubieran avanzado de idéntica forma, la velocidad máxima en las rutas sería de 20.000 kilómetros por hora y el viaje hasta el lugar de veraneo duraría algo así como dos minutos. Tendríamos un tema de inercia importante, porque en el baúl podríamos cargar 172.000 toneladas. Algo así como 1000 Boeing 747.

Comparación que uno hace para asombrar o asombrarse, pero que sin duda es improcedente, porque lo que llamamos máquina está a siglos de distancia de lo que llamábamos máquina hace 50 años. Siempre nos sirvieron para mejorar o aumentar la capacidad de nuestros músculos o nuestros sentidos. Las nuevas máquinas potencian la función de nuestras mentes. Esta brecha es de una profundidad insondable. Entre el auto y el smartphone hay una distancia que no se mide en años o siglos, sino en eras. Ambos son cotidianos, pero pertenecen a eras diferentes.

También hubo una mudanza de la información al limbo digital y hubimos de aprender a protegerla.

Entero, en unos pocos años, el mundo industrializado había mutado a reglas y ritmos inéditos. En ese sentido, el suplemento Tecnología no sólo llevó al lector información objetiva, trabajosamente verificada -en ocasiones, como cuando se venía el Y2K, revisando directamente el código fuente fallado-, sino que además contribuyó a desmitificar los circuitos y revelar las nuevas reglas de una sociedad cuyas fronteras se borroneaban en el chat, cuyo nuevo balance de poder se exponía crudamente en las redes sociales, cuya historia ya no necesitaba figurar en una docta y costosa enciclopedia de papel, sino en una escrita por... por nosotros mismos.

Con todo, cualquier cifra para estimar a cuántos años equivalen estos 15 primeros años del suple es una obra inconclusa o en progreso. Como me dijo Ricardo Rivas en Facebook (y después me llamó por teléfono para hablar del asunto), el control del fuego y el desarrollo de la rueda estuvieron en la fundación misma de lo que llamamos humanidad, y sin ellos no habríamos llegado a ninguna parte. Muy cierto. Y es que hay diferentes niveles en este análisis. Ocurre siempre cuando uno se enreda con el tiempo. Años podríamos pasarnos charlando sobre su naturaleza, nuestra percepción y esa desdichada costumbre que tiene de durar menos cuando mejor lo estamos pasando, y viceversa.

Pero he sido periodista mucho tiempo, más de 30 años, y mi padre trabajaba en un diario, así que de un modo u otro he incorporado desde chico esa sensación del tiempo que en las redacciones es casi un sexto sentido, una percepción de la velocidad a la que discurre la realidad, no la actualidad, sino la realidad, y eso, esta vez, en ocasión de los 15 años del suple, vengo a notar que se ha alterado.

No me refiero a que ahora las noticias están fluyendo las 24 horas. Eso siempre fue así en las redacciones, sólo que ahora lo reflejamos gracias a los nuevos medios y debido a que en el reino de Internet el Sol nunca se pone. Es otra cosa, más sutil. El suplemento ha cubierto noticias que parecen separadas por abismos irreconciliables, ha debido agregar tantos ceros a las cifras de la noticia diaria (mega, giga, tera; cientos de miles de usuarios, millones, miles de millones) que parece el sueño de un cronista loco. O el de un viajero del tiempo.

Pero, para usar una frase típica de la era digital, malgastada por Hollywood, pero infalible en este caso, este es el tiempo real de la tecnología. No es, sin embargo, que sintamos que las cosas van rápido. No se trata tanto de velocidad como de densidad. Pasan muchas cosas en una sola, simple y tranquila tarde, y cada tres o cuatro años surge algo disruptivo. Como se sabe, además, la sustancia de la mayoría de las cuestiones tecnológicas está muy lejos de la experiencia cotidiana. Siglas, nombres, conceptos y dimensiones que escapan a cualquier cosa que podamos percibir. Se parece en esto a otro de mis grandes amores, la astronomía. ¿Cuántos son 150 millones de kilómetros, la distancia que nos separa del Sol? No lo sé, no es algo que la mente humana pueda concebir. Pero el Sol está ahí. ¿Cuántos son 900 millones de transistores empacados en una pieza de silicio que cabe en la palma de mi mano? No tengo ni idea. Ni siquiera sé cuántos granos de arroz hay en una caja de 1 kilo. Pero hoy vivimos rodeados de microprocesadores. Muchos abocados a tomar decisiones fundamentales para nuestras vidas.

Un virus informático, que es sólo código, software, puede causar más daño económico que un huracán.

Y todo lo que llamamos información y que, en las sociedades urbanas constituye gran parte de lo que etiquetamos como realidad, se ha transformado en números. Casi el único lugar donde todavía podemos ver imágenes y oír sonidos que no han sido tratados por computadoras es en nuestros sueños.

Ah, sí, claro, y en la realidad real. Si entiende lo que quiero decir.

Periodísticamente estos 15 años han sido un desafío fenomenal. Piense nada más que cada semana se escriben varios miles de virus nuevos. Normalmente sirven para estafar a los usuarios y robarles dinero. Pero cualquiera de ellos podría mañana devorarse media Internet, como ocurrió en noviembre de 1988 con el gusano Morris. Cualquier día de estos aparece Google. O el iPhone. O la PC. Cualquier día todo se renueva y eso me encanta. Pero nunca debí estar más alerta en mi vida. De hecho, son las mismas computadoras las que me ayudan a mantener esa alerta.

En fin, ¿a cuántos años humanos equivalen 15 años de tecnología digital? A muchos más, dada su extraordinaria densidad noticiosa, pero déjeme decirle algo. Me sigue pareciendo que fue ayer, esa mañana ya algo fría de abril de 1996 cuando me desperté con los inevitables nervios del lanzamiento y esa energía incomparable que da la pasión por hacer algo que uno ama.

Los nervios, claro, se han ido.

Pero la pasión sigue intacta.

@arieltorres

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