Cristina y Máximo Kirchner se arman para la derrota épica

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Cristina Kirchner, en el acto de militantes juveniles que encabezó el 16 de octubre en la exESMA
Cristina Kirchner, en el acto de militantes juveniles que encabezó el 16 de octubre en la exESMA

En los spots del Gobierno abunda la gente sonriente que mira con optimismo el futuro y dice a todo que “sí”. Los discursos de sus cabecillas, en cambio, transmiten un mensaje sombrío, señalan a enemigos del pueblo y hasta coquetean con la inminencia de un “golpe blando” contra Alberto Fernández.

A medida que se acercan las elecciones legislativas una suerte de épica de la derrota se impone sobre la esperanza de una remontada. La conspiración de los periodistas críticos, los grandes empresarios y la embajada de Estados Unidos encaja otra vez con su tentadora melodía en los planes del kirchnerismo en lucha por la subsistencia.

Máximo Kirchner, Alberto Fernández, Axel Kicillof y Sergio Massa en el acto de Morón
FDT


Máximo Kirchner, Alberto Fernández, Axel Kicillof y Sergio Massa en el acto de Morón (FDT/)

La noción de un complot reaccionario empezó a bocetarla Cristina Kirchner en su homenaje particular a Perón de hace dos semanas. Lo continuó su hijo Máximo una semana después, con un pormenorizado relato victimista en Lanús. El Presidente y su gente se acomodan al ritmo que suena, como jazzistas en una jam session.

Hay que prepararse para lo malo. Si no se puede rescatar un triunfo, el kirchnerismo se desvive por preservar el capital simbólico de la rebeldía. Convocan actos multitudinarios contra el Fondo Monetario Internacional (FMI), inquietos por la fuga de votos hacia el trotskismo. Se revive la figura de un secretario de Comercio justiciero. Allá van los intendentes del conurbano a mirar cuánto vale un paquete de yerba, rodeados de un ejército de empleados municipales.

Fernando Espinoza, intendente de La Matanza, durante un control de precios
Fernando Espinoza, intendente de La Matanza, durante un control de precios


Fernando Espinoza, intendente de La Matanza, durante un control de precios

La máquina de hacer billetes funciona a destajo para darles beneficios a los más desvalidos. Las encuestas no registran por el momento que la sucesión de anuncios le alcance al Gobierno para revertir el resultado de las PASO, pero al menos le sirve para alimentar la fábula destituyente: los precios no suben por la emisión descontrolada sino por la voracidad de una casta empresarial que resiste la pulsión igualitaria del peronismo unido. Ni que hablar de los especuladores financieros que hacen subir el dólar blue para acorralar a un gobierno que se niega a endeudarse.

Alberto Fernández y Martín Guzmán se paran frente a un espejo en el que no se reconocen y se pintan la cara. “No nos vamos a arrodillar ante el Fondo”, claman, en una pausa de sus frenéticas gestiones para conseguir audiencia con Kristalina Georgieva y al menos una foto con Joe Biden en su excursión por Europa. “Primero se crece y después se paga”, reza la consigna oficial, aunque el sentido de un acuerdo con los acreedores es justamente definir parámetros para no pagar.

Alberto Fernández y gran parte del Frente de Todos, en el estadio del club Deportivo Morón
Alberto Fernández y gran parte del Frente de Todos, en el estadio del club Deportivo Morón


Alberto Fernández y gran parte del Frente de Todos, en el estadio del club Deportivo Morón

En la batalla con monstruos imaginarios, el Gobierno busca construir camaradería en medio de un sálvese quien pueda. Pero las tribunas que aplauden no alcanzar a callar las notas disonantes, las intrigas desgastantes, los pases de factura, el fastidio sobreactuado de los que quieren despegarse de una catástrofe política.

El orden es un bien escaso. En el recital de protesta que monta el Frente de Todos, a Juan Grabois le “hace ruido” la fortuna de los Kirchner. Cristina se indigna y lo hace retractarse, mientras el camporismo de la Anses le garantiza cobrar una doble pensión de 2,5 millones de pesos, libres del ajuste de Guzmán. Sergio Berni torea a Aníbal Fernández. Omar Perotti quiere marchar en Rosario en una protesta contra sí mismo. Medio gabinete trabaja para irritar a la Patagonia entera con la defensa sin matices de usurpadores incendiarios. Sergio Massa propone pactos a los mismos que Máximo y compañía acusan de conspiradores.

Llegar al domingo 14 se les está haciendo demasiado y cada acción de campaña añade explosivos la bomba del día después. Cristina Kirchner pasa revista entre su jerarquía bonaerense y recibe informes desabridos. De a poco pierde esperanzas de recuperar provincias clave para sostener la mayoría en el Senado, sobre todo Chubut (irritada por la violencia mapuche) y Santa Fe (en shock por la crisis de seguridad).

A la espera de un milagro, diseña la justificación de una derrota. Lo que hará en lo sucesivo, si el resultado de las PASO se repite, es la gran incógnita de la política argentina actual. ¿Impulsará otra reforma del Gobierno hacia un modelo más radicalizado? ¿Tomará distancia de la gestión, para proteger su imagen ante un destino económico dramático? ¿Qué peso retendrá en la mesa de las grandes decisiones?

El aniversario de la muerte de Néstor Kirchner ella y su hijo lo recordaron como hombre intransigente, en constante cruzada militante contra los poderosos. Alberto Fernández, en cambio, destacó en su homenaje personal que era un hombre “realista, responsable”, que “quería cambiar las cosas sin hacer locuras”.

El grueso de la coalición peronista espera con ansiedad el veredicto de las urnas para ver si el Presidente consigue al fin encarnar las virtudes que percibía en su maestro o se resigna a imitar eternamente el mito creado por sus herederos.

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