“Cristina eterna”, un proyecto devaluado pero aún vigente

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Cristina Kirchner, en la reunión con artistas que encabezó en Pilar esta semana
Cristina Kirchner, en la reunión con artistas que encabezó en Pilar esta semana

Cristina Kirchner es mezquina para el elogio, salvo que sea para sí misma. Lo más generosa que alcanza a ser con Alberto Fernández es cuando le reconoce las dificultades impensables que le tocó atravesar a su gobierno a raíz del estallido de la pandemia de coronavirus a tres meses de asumir.

El juicio sobre la gestión apenas ha mejorado a partir de los cambios que ella forzó después de la derrota estrepitosa de las PASO. En su particular versión de la historia, los dos años que pasaron desde el triunfo del Frente de Todos son una suerte de agujero negro. Algo que no ocurrió.

En las apariciones ante sus fieles, como el brindis con artistas del lunes pasado, se atribuye el triunfo peronista de 2019, pero nada de lo que pasó después. Dijo sobre aquel éxito electoral de hace dos años: “Me sentí que actuaba como la madre de todos los argentinos y las argentinas al construir algo que permitiera recuperar la esperanza en una sociedad muy pero muy castigada”.

Esa “madre de todos” -a la que 70% de sus “hijos” acaba de votarle en contra- sigue pensando que su destino es la eternidad política. Ya no como en 2011, cuando prometía ir “por todo” y sus seguidores se imaginaban una reforma constitucional para que no dejara nunca el sillón presidencial. En la Argentina se devalúan hasta los sueños: el cristinismo de estos tiempos se concentra en edificar una fortaleza política en la provincia de Buenos Aires, desde donde perpetuar su poder independientemente de la suerte de Fernández y del peronismo unido.

No hay día en que Cristina Kirchner no hable con un intendente del conurbano. Se involucra con minuciosidad en la gestión de Axel Kicillof –al que tuvo que aplicar un correctivo en septiembre, acaso con real “dolor de madre”- y monitorea el plan de su hijo Máximo para dominar el PJ provincial.

Es una fenomenal muestra de realismo que se proyecta sobre el destino de un gobierno obligado a negociar un acuerdo impopular con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La provincia de Buenos Aires, donde el oficialismo perdió finalmente por 100.000 votos, es un objetivo “ganable”, en condiciones de quedar a salvo de una ola antikirchnerista como la que se vio en las elecciones legislativas.

Ya no está en agenda el proyecto de elevar a Kicillof hacia la Casa Rosada. El gobernador loteó su gabinete, en busca de fortaleza política, y anunció una batería de medidas para “transformar la provincia en seis años”. La señal fue clarísima: su objetivo es la reelección en un territorio donde se gana por un voto, sin el calvario de un ballottage.

Máximo hizo su parte. Anunció, por intermedio de Wado de Pedro, que no tiene en mente ser candidato a un cargo ejecutivo en 2023. La Cámpora va a tener un aspirante, aclaró el ministro del Interior, sin especificar si apoyará a quien es su jefe formal, Alberto Fernández, en caso de que concrete la idea reeleccionista que empieza a verbalizar en los medios.

El ministro del Interior, Eduardo De Pedro, con el jefe de bloque oficialista, Máximo Kirchner
El ministro del Interior, Eduardo De Pedro, con el jefe de bloque oficialista, Máximo Kirchner


El ministro del Interior, Eduardo De Pedro, con el jefe de bloque oficialista, Máximo Kirchner

La asunción de Kirchner hijo en el PJ bonaerense responde a la lógica de evolución de La Cámpora hacia un continente más grande. Trabajan para construir poder permanente. Han conquistado las principales cajas del gobierno nacional y provincial. Se disponen ahora a avanzar sobre los municipios de manera más decidida y a influir sobre la Casa Rosada para que nunca falten fondos estatales en Buenos Aires. No es que a Kicillof le hayan retaceado dinero. “Qué habría sido de Daniel si Cristina se hubiera portado igual con la provincia cuando era presidenta”, comentaba un exfuncionario de Scioli, el gobernador que transitó sus ocho años en La Plata mendigando asistencia.

Miedo al llano

“Ellos tienen claro que no les puede volver a pasar lo de 2015″, dice una fuente del peronismo de buen diálogo con Máximo y Cristina. Se refiere a la pérdida total del poder: la presidencia y la provincia. Asocian esa orfandad, entre otras cosas, con el avance de las causas de corrupción que amenazaron seriamente su libertad.

La vicepresidenta dedica enormes dosis de energía a voltear esas investigaciones. De a poco va ganando partidos, con la eficiencia del Barracas de Chiqui Tapia. Absuelta sin juicio en Hotesur y el Pacto con Irán; beneficiada de costado por el salvataje a Cristóbal López y Fabián De Sousa en el caso Oil. Pero en la Argentina ningún expediente se archiva jamás: el miedo a que se mueva la veleta judicial en 2023 persiste.

El refugio bonaerense es su obsesión política. Si se queda sin reino, no entregará su condado. Ella dio luz verde a que la Legislatura trate el permiso para que los intendentes pueden aspirar a una reelección más, pese a que la ley se los impide. Quiere a todos adentro.

acto del presidente alberto fernandez y maximo Kirchner en san Vicente Presentación de nuevas autoridades partidarias
ignacio sanchez


Máximo Kirchner abraza a Alberto Fernández en el acto de renovación de autoridades del PJ bonaerense (ignacio sanchez /)

Con Alberto Fernández recuperó cierta asiduidad en el trato. “Son un matrimonio por conveniencia. Están aprendiendo a convivir en habitaciones separadas”, retrató un integrante de peso del Frente de Todos. Ella entendió, explican en su entorno, que haber sacudido al Presidente después de las PASO tuvo un costo enorme en su imagen.

La amenaza de divorcio latente es la negociación con el FMI. A Cristina y Máximo Kirchner los incomoda mucho más que a Fernández la firma de un acuerdo que, por mucho que se disimule, significará un ajuste sobre una economía agotada. Los tres saben que un default los acerca más al peligro de un estallido económico que arrase con todo.

Los Kirchner pulsean por un acuerdo light. Que les permita esquivar el desastre, culpar al gobierno de Macri por los males que perduren y despegarse de los daños colaterales, con la autoridad simbólica del “yo te avisé”.

A eso se refería ella cuando dijo que “la lapicera la tiene el Presidente”. Lo dejan a él moverse en un delgado andarivel, en busca de que el pacto tenga la menor cantidad de concesiones visible. En parte por esa ambigüedad todo se demora y el Gobierno ya se resigna a un desenlace sobre el filo del vencimiento de deuda impagable de marzo.

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