La crisis demográfica, un misil para el sistema productivo de Pekín

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Un anciano juega con niños cerca de un edificio de oficinas en Beijing, el 10 de mayo de 2021. El gobierno chino relajará los límites de natalidad para permitir que todas las parejas puedan tener tres hijos en lugar de dos para hacer frente al rápido envejecimiento de la población, según dijo el lunes 31 de mayo una agencia estatal de noticias. (AP Foto/Andy Wong)
Un anciano juega con niños cerca de un edificio de oficinas en Beijing, el 10 de mayo de 2021. El gobierno chino relajará los límites de natalidad para permitir que todas las parejas puedan tener tres hijos en lugar de dos para hacer frente al rápido envejecimiento de la población, según dijo el lunes 31 de mayo una agencia estatal de noticias. (AP Foto/Andy Wong)

PEKÍN.- La población china crece a su ritmo más lento, según el censo desvelado la semana pasada. Del titular emergen dos noticias. La mala es la lentitud; la buena, que crece. Lo primero se sabía y se temía por lo segundo, y los números rojos son sólo una cuestión de tiempo. El censo, cada diez años, certifica dos tendencias: la consumada venganza poética de los chinos contra su gobierno, que se niegan ahora a tener los hijos que les prohibió en el pasado, y el envejecimiento sostenido, que empuja al país a una problemática social y económica sin solución a la vista pese al giro anunciado hoy que permite tres hijos por familia.

La población se ha incrementado desde los 1340 millones hasta los 1410 millones. Ese 5,34% está medio punto por debajo de la década previa y muy lejos de los habituales dobles dígitos desde mediados del siglo pasado. El último lustro revela una tozuda tendencia bajista. Sólo la derogación en 2015 de la política del hijo único dio un respiro. Los nacimientos crecieron el siguiente año en dos millones, muy por debajo del baby boom anhelado por las autoridades, y retomaron la caída después.

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La fertilidad (ratio de niños por mujer) de 1,3 está muy lejos del 2,1 necesario para que la población se mantenga a largo plazo. La nueva concepción de la familia y la inflación embridan hoy la demografía. Los valores tradicionales han sido barridos y la juventud china esgrime las mismas razones que la occidental para rechazar la familia numerosa: extenuantes jornadas laborales, libertad, carestía de la vida.

El envejecimiento recorta la abundante mano de obra barata sobre la que se ha levantado el milagro económico y empuja el sistema de pensiones al precipicio. Los 254 millones de mayores de 60 años (18,1 % de la población) de 2020 serán 500 millones (un tercio del total) en 2050, según la Fundación de Investigación y Desarrollo de China. El espejo devuelve el inquietante reflejo de Japón y su economía estancada durante tres décadas, con el que China comparte el modelo exportador, la demografía declinante y la deuda elefantiásica.

Se produce después de que un censo de una vez en una década mostrara que la población de China creció a su ritmo más lento en décadas
EPA


Se produce después de que un censo de una vez en una década mostrara que la población de China creció a su ritmo más lento en décadas (EPA/)

La reducción de la masa laboral sería dramática en la vieja “fábrica global”, basada en las exportaciones de manufacturas baratas, pero el viraje hacia una economía que descansa en el consumo interno y en la tecnología amortigua el golpe. Consiste, pues, en calcular la factura. “La fuerza laboral, que lleva cayendo desde 2016, sustrae ahora medio punto del PBI y podría alcanzar el punto completo en 2035. Pero lo más grave no es el envejecimiento, sino la caída de la productividad porque rebaja el crecimiento potencial. El gobierno se ha esforzado en aumentarla pero me extrañaría que lo consiguiera. Japón ya tuvo ese problema cuando su economía pasó de las manufacturas a los servicios”, señala Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia Pacífico de Natixis.

La demografía es nuclear en el discurso político. Ocupó un espacio generoso en el reciente Plan Quinquenal y en el discurso de apertura de la Asamblea Nacional Popular del primer ministro, Li Keqiang, que prometió esfuerzos para alcanzar una “moderada fertilidad” y una “apropiada natalidad” pero no aclaró cómo. Es seguro que las apelaciones al patriotismo para procrear, utilizadas hasta 2016 para lo contrario, serán insuficientes.

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El margen de actuación está en la edad de jubilación. Son 60 años para los hombres y 55 años para las mujeres, comprensibles cuando se fijaron siete décadas atrás e inasumibles cuando la esperanza de vida roza los 77 años. Japón estudia elevarla desde los 65 a los 70 o 75 y en Corea del Sur es de 68 para hombres y 67 para mujeres.

Ocurre que la medida amontona efectos secundarios. Aumentaría el desempleo y retrasaría los ascensos de los jóvenes mientras los mayores extenderían su permanencia en un ecosistema tecnológico para el que muchos carecen de aptitudes. También rebajaría aún más la natalidad porque las parejas confían el cuidado de sus hijos a los abuelos jubilados.

Y el asunto, en última instancia, es siempre delicado. Las protestas arruinaron las reformas en Francia y obligaron a concesiones inéditas a Vladimir Putin en Rusia. Cualquier mención de Pekín ha generado un tsunami de indignación en los últimos años. En China, a falta de democracia o de elecciones, funciona un contrato social tácito que obliga al gobierno a preservar el bienestar y alargar el horizonte laboral supone una flagrante ruptura.

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Es probable que China anuncie con antelación el aumento de la edad de jubilación para que los trabajadores ajusten sus expectaciones y planes, señala Albert Francis Park, profesor de Economía en la Universidad de Hong Kong.

La única certeza es que al gobierno se le acaba el tiempo para resolver el sudoku demográfico que amenaza su economía. La Academia de Ciencias Sociales de China advirtió el año pasado que el sistema de pensiones será insolvente en 2035.

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