“No se puede creer en nadie”: los estragos ocultos del Covid en Rusia ya son un secreto a voces

Anton Troianovski
·8  min de lectura
Tumbas de 2020 y 2021 en el cementerio de Rubezhnoye en las afueras de Samara, Rusia
The New York Times

SAMARA, Rusia.- La mujer irrumpió en la morgue del hospital y vio cuerpos por todas partes, más de una docena, en bolsas negras sobre las camillas. Enfiló directo a la sala de autopsias y le rogó al guardia de campera negra: “¿Puedo hablar con el médico que abrió el cuerpo de mi padre?”.

El padre de Olga Kagarlitskaya había sido hospitalizado unas semanas antes en una sala de Covid-19. Ahora había muerto, y la causa era “neumonía viral inespecífica”. Kagarlitskaya fue grabando la escena con su celular, porque quería saber la verdad. Pero el guardia, sin sacar las manos de los bolsillos, la echó.

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Según estadísticas del propio gobierno, el año pasado ocurrieron miles de casos similares en Rusia. En 2020, durante la pandemia, murieron por lo menos 300.000 personas más que lo registrado en las estadísticas oficiales de Rusia que suelen citarse más comúnmente.

No todas esas muertes fueron necesariamente producto del virus. Pero desmienten la afirmación del presidente Vladimir Putin de que el país manejó mejor la pandemia que la mayoría de los países. En realidad, un análisis de datos de mortalidad realizado por el diario The New York Times demuestra que el año pasado, durante la pandemia, las muertes en Rusia fueron un 28% más altas que lo normal, lo que representa un incremento en la mortalidad mayor que en Estados Unidos y la mayoría de los países de Europa.

“La gente no conocía objetivamente la situación”, dice Kagarlitskaya. “Y si no sabés cómo es objetivamente la situación, no tenés miedo.”

En 2020, la región de Samra excedió el número de muertes en 10.596, un 25% más en relación a la tasa de mortalidad de 2019
The New York Times


En 2020, la región de Samra excedió el número de muertes en 10.596, un 25% más en relación a la tasa de mortalidad de 2019 (The New York Times/)

Durante gran parte de 2020, Rusia pareció estar más concentrada en las relaciones públicas y en los aspectos económicos de la pandemia que en el combate propiamente dicho contra el virus. Luego de un duro confinamiento de dos meses en la primavera rusa del año pasado, durante el verano el gobierno relajó del todo las restricciones, una bendición para la opinión pública y la economía, pero la enfermedad empezó a propagarse con mayor velocidad.

Para el otoño boreal, los científicos rusos ya habían desarrollado una vacuna contra el Covid considerada hoy como una de las mejores del mundo, pero el Kremlin puso más empeño en utilizar la Sputnik V para avanzar un par de casilleros en el tablero geopolítico antes que en inmunizar a su propia población.

Pero tal vez el summum de la crudeza de las prioridades del Kremlin sea el subregistro de las víctimas fatales del coronavirus, una jugada que según muchos críticos hizo que gran parte de la población pasara por alto los peligros de la enfermedad y la importancia de vacunarse.

Hasta el último sábado, la cantidad oficial de víctimas fatales en Rusia –reportada en la televisión estatal y transmitida a la Organización Mundial de la Salud (OMS)– era de 102.649 fallecidos, una cifra mucho menor, en relación con la población del país, que la de Estados Unidos y la mayoría de los países de Europa occidental.

Mural en honor a los trabajadores de la salud en Samara
The New York Times


Mural en honor a los trabajadores de la salud en Samara (The New York Times/)

Sin embargo, el organismo nacional de estadísticas ruso, el Rosstat, que contabiliza las muertes por cualquier causa, pinta un cuadro totalmente diferente. Según un análisis de datos históricos realizado por The New York Times, entre abril y diciembre del año pasado hubo en Rusia unas 360.000 muertes por encima de lo normal. Las cifras del Rosstat para enero y febrero de este año revelan que ese indicador superó las 400.000 muertes.

En Estados Unidos, que tiene más del doble de la población de Rusia, esas “muertes excedentes” ascienden a 574.000 desde el comienzo de la pandemia. Según ese indicador, que para muchos demógrafos es la forma más exacta de contabilizar el impacto en general, la pandemia mató a 1 de cada 400 personas en Rusia, contra 1 de cada 600 en Estados Unidos.

“Es difícil encontrar un país con peores cifras con relación a la mortalidad por Covid”, dice Aleksei Raksha, demógrafo independiente en Moscú. “El gobierno hace todo lo posible para esconder los datos.”

El gobierno ruso dice que su registro oficial solo contabiliza las muertes confirmadas como causadas directamente por el coronavirus. Los casos adicionales, confirmados por autopsia, forman parte de un recuento separado publicado mensualmente por Rosstat: 162.429 fallecimientos hasta fines del año pasado y más de 225.000 en febrero de este año.

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Pero las grandes disparidades regionales ponen en duda la idea de que las bajas cifras oficiales se deban a una razón puramente metodológica.

Según cifras del Rosstat, durante 2020 en Moscú hubo 28.233 muertes más de lo habitual, y en su registro oficial reportó 11.209 muertes confirmadas por coronavirus. La región de Samara –una zona relativamente pudiente donde el río Volga serpentea frente a yacimientos petroleros y fábricas automotrices al acercarse a Kazajistán– tuvo 10.596 muertes excedentes, un aumento del 25% en relación a la tasa de mortalidad de 2019. Pero el año pasado, la región solo reportó 606 muertes oficiales por coronavirus.

“Las cifras oficiales son confiables”, dice Armen Benyan, ministro de salud de Samara. “Y son lo que son.” Benyan reconoció que la mayoría de las muertes excedentes en su región fueron de hecho causadas por la pandemia. Un infarto en un paciente afectado por el coronavirus, por ejemplo, no aparece en el recuento oficial.

El reverendo Sergiy Rybakov lidera un servicio dominical el mes pasado
The New York Times


El reverendo Sergiy Rybakov lidera un servicio dominical el mes pasado (The New York Times/)

La baja cantidad de muertes reportadas contribuyó a que los rusos en algunos casos soslayaran los peligros de la enfermedad, y en otros a que recibieran con profunda desconfianza los mensajes transmitidos por el gobierno. En octubre pasado, una encuesta reveló que la mayoría de los rusos no creía en el recuento de casos de Covid-19 publicado por el gobierno: la mitad de quienes no creían en las cifras oficiales pensaban que era demasiado alto, mientras que la otra mitad pensaba que era demasiado bajo.

En febrero, otra encuesta demostró que el 60% de los rusos afirmaba que no planeaba hacerse vacunar con la Sputnik V y que la mayoría creía que el coronavirus era un arma biológica.

En la región de Samara, la madre de Inna Pogozheva, que era obstetra-ginecóloga, murió en noviembre luego de ser hospitalizada tras practicarse una tomografía en cuyo informe se mencionaba el Covid. Los empleados de la funeraria, vestidos con botas de goma y trajes de protección, cargaron a su madre desde la morgue al coche fúnebre en un ataúd sellado, y después se rociaron con desinfectante.

Pero en el certificado de defunción no apareció ni una sola vez la palabra Covid-19. Pogozheva dice que ya no sabe qué creer en relación a la pandemia, como por ejemplo, si fue propagada por la Fundación Bill y Melinda Gates, como afirman muchas teorías conspirativas. Pero Pogozheva está segura de algo: no se va a vacunar, aun después de haber visto de cerca la devastación del Covid. Al fin y al cabo, si no puede confiar en la partida de defunción de su madre emitida por el Estado, ¿por qué debería creer en la seguridad de la vacuna que tanto pregona el gobierno ruso?

“¡Quién sabe lo que tiene adentro!”, dice Pogozheva. “Ya no se puede confiar en nadie.”

Una interpretación de "El lago del cisne" es presentada en la Academia de Ópera, Ballet y Teatro de Samara. Mientras que Europa cerró en otoño en invierno todas las actividades culturales masivas, los rusos disfrutaron de bares, restaurantes, teatros y boliches
The New York Times


Una interpretación de "El lago del cisne" es presentada en la Academia de Ópera, Ballet y Teatro de Samara. Mientras que Europa cerró en otoño en invierno todas las actividades culturales masivas, los rusos disfrutaron de bares, restaurantes, teatros y boliches (The New York Times/)

Pogozheva reclama que se vuelva a investigar la causa de la muerte de su madre. Los familiares de un trabajador de la salud fallecido que demuestren que su muerte se debió a haberse contagiado Covid en el ámbito laboral tienen derecho a una indemnización especial por parte del Estado. El padre de Kagarlitskaya era paramédico y ella consiguió que la causa de su muerte fuera cambiada a Covid-19, luego de que su indignación se viralizara en Instagram y de que el gobernador de Samara interviniera personalmente.

A pesar de las muertes, en Rusia ha habido una oposición mínima –incluso entre los críticos de Putin– a la decisión gubernamental de mantener abiertos los comercios durante el último invierno y otoño. Algunos lo relacionan con un cierto estoicismo o fatalismo ruso, o lo explican por la falta de alternativa para mantener la economía en funcionamiento, debido a la ayuda casi insignificante del Estado.

Según las estadísticas del aumento de fallecimientos, en la región de Samara la pandemia se cobró la vida de 1 de cada 250 personas. Viktor Dolonko, editor de un diario cultural en la ciudad de Samara, dice que cerca de 50 conocidos suyos –muchos ellos integrantes de la floreciente escena artística de la región– perdieron la vida durante la pandemia. Pero Dolonko cree que Samara hizo bien en no cerrar sus teatros –actualmente funcionan con un aforo del 50%– para frenar la propagación de la enfermedad.

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Dolonko dice que las muertes por la pandemia han sido trágicas, pero que los fallecidos son mayormente personas de edad muy avanzada o que tenían otros problemas de salud, y que no todas esas muertes están relacionadas con el virus. Dolonko tiene 62 años y dice que siempre usa barbijo en lugares donde hay gente y que se lava con frecuencia las manos. Pero no se priva de ir a espectáculos e inauguraciones.

“Uno puede elegir seguir viviendo su vida prudentemente o aislarse y dejar de vivir”, dice. “A diferencia de los occidentales, los rusos sabemos lo que es vivir en condiciones extremas.”

Traducción de Jaime Arrambide