¿Qué es la creatividad? ¿Quién la tiene y cómo puedo adquirirla? Y lo más importante, ¿puede hacerme ganar dinero?

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El problema de escribir este ensayo acerca de la creatividad fue evidente en el momento en el que se lo mencioné a alguien. La idea no sonaba creativa ni necesaria: sonaba a algo confuso y arbitrario, como los primeros esbozos de muchas ideas. No se podía escribir de forma eficiente. Además, no había ninguna promesa de que a ti, el lector, siquiera te gustara.

Entonces, ¿qué sentido tenía?

Cada vez que se lo contaba a alguien, dudaba, tartamudeaba, buscaba el sentido, me disculpaba por hacerles perder el tiempo. Si soy sincero, esos sentimientos persisten mientras escribo esto. Pero recientemente hubo una día en la Ópera Lírica que hay que considerar. Durante una semana, Joffrey Ballet tuvo una puesta en escena de una adaptación de De ratones y hombres de Steinbeck. La idea fue de Cathy Marston, una coreógrafa británica que se hizo famosa traduciendo clásicos como Jane Eyre y Lolita en el fluido ensamblaje de movimientos que conforman un ballet reconocible.

No es un tipo de adaptación literaria obvia.

En el lenguaje de los negocios, se necesitaría la participación de la gente.

Nos sentamos en el fondo del oscuro auditorio durante un ensayo, con los asientos vacíos excepto por un grupo de personal. Marston no dejaba de mirar hacia otro lado, hacia su producción, como si esta pudiera plegarse y volver a casa si no la vigilaba. Así es como pueden parecer las ideas creativas: fugaces y vaporosas, necesitadas de una visión creativa que las fije a la pared el tiempo suficiente como para que cobren sentido y propósito. Pero en realidad no estaba viendo mucho: el escenario albergaba un amplio y estéril entorno de danza, que ofrecía mucho espacio abierto; sin embargo, se trataba de una expansividad al servicio de la historia de dos trabajadores emigrantes que viajan por el Valle de Salinas de California durante la Gran Depresión, y que se cuentan su sueño de poseer algún día su propia extensión.

El reparto no usaba mallas, sino camisas de trabajo, y el papel de Lennie (bailado por Dylan Gutiérrez), en consonancia con el personaje, resultaba torpe para el ballet. Si uno se tropezaba con la calle, si no sabía exactamente lo que estaba viendo, Marston seguía transmitiendo los contornos de Steinbeck: mujeres desechadas, trabajo de campo, turbas vengativas. Incluso podías entender que el papel del amigo de Lennie, George, estaba siendo interpretado simultáneamente por dos bailarines de aspecto similar, para captar la división emocional de George, quien le es leal a Lennie pero que sigue adelante.

En el centro del escenario había una barandilla vertical de acero.

"Lo que se ve ahí son cuatro bancos", dijo Marston, "un tablón de bambú y tablas horizontales que entran y salen para sugerir interiores, exteriores, el cielo... Y esa barandilla, que es obviamente un árbol".

Obviamente.

"¡No, está claro que lo es! Además, esos bancos pueden ser arbustos. A veces maquinaria agrícola. Quiero averiguar lo mínimo que necesito para contar una historia, lo que me obliga a pensar creativamente".

Lo que significa asumir el riesgo de no ser comprendido.

Lo que lleva a estar pescando el significado. Perder el tiempo. Estar un tiempo en estado líquido. A tallar y tallar. Aferrarse a una visión. No tener un punto claro, hasta que lo tienes. Hace unas décadas, cuando Marston empezó a poner en escena clásicos literarios en forma de ballet, la idea era un poco desmañada en los círculos de la danza. Contar historias a través del ballet "no estaba muy de moda", dijo, "porque entonces la gente pensaba de forma abstracta. Pero yo seguí adelante, y con el tiempo me volví más y más audaz, despojándome de la obra [literaria] y pensando en lo que significa una historia para mí".

Con el tiempo, el ballet contemporáneo la atrapó.

Pero el riesgo de una idea verdaderamente creativa nunca se puede afinar.

"Por eso, cuando oigo a la gente del mundo empresarial hablar de creatividad y narración —de cómo lo que realmente están haciendo es "contar una historia", de cómo todo tiene que ver con la creatividad y la narración, de cómo todo es narrativo—, lo oigo y pienso: ¿sabes realmente lo que significa ser creativo? ¿Contar una historia? Pienso 'No, yo cuento historias'. Todo eso es un poco molesto".

El problema de escribir este ensayo acerca de la creatividad empezó cuando me encontré leyendo un montón de libros que o bien trataban de la creatividad o bien encajaban con el tema de las personas que actúan de forma creativa. Con la curiosidad de saber quién había escrito otros libros relacionados con la creatividad, me encontré en la sección de negocios y autoayuda, en donde la creatividad es un plan de 12 pasos y la innovación es lo último que sí o sí hay que tener en el mundo corporativo. Supongo que sabía que esto pasaría: he estado en una librería de aeropuerto. Por ejemplo, las nuevas memorias de Quincy Jones, 12 Notes: On Life and Creativity —que al inicio es genial y que al último es empalagoso— se lee como un seminario de negocios que se armó sobre la marcha. Habla de su padre, quien trabajaba como carpintero para Jones Boys, una banda del lado sur en los años 30 (que acabó siendo expulsada de la ciudad por Al Capone). Cuenta que, de niño, le clavaron la mano en una valla con una navaja, y que luego le clavaron un punzón en la sien "porque no tenía la contraseña correcta para cruzar la calle". Escribe que la música se convierte en un mecanismo de supervivencia.

Sospecho que lo que le molesta a Marston —y lo que me molesta— respecto al modo en el que las empresas se aferran al lenguaje de la creatividad, la imaginación y la narración es que, para personas creativas como Jones, el objetivo final rara vez es vender algo. En ocasiones, el impulso creativo es tan elemental como el pan y el agua.

Por otra parte, el libro de Jones está lleno de autoayuda.

Comienza diciendo que a menudo le preguntan por la fórmula del éxito y que no hay fórmula para una vida creativa, que si alguien te dice que la hay, "están llenos de...". Pero una vez dicho esto: he aquí "lo más cerca que voy a estar de compartir mi 'fórmula' personal". Que se entiende mejor por los títulos de los capítulos: "Si puedes verlo, puedes serlo", "Agudiza tu cerebro izquierdo", "Comparte lo que sabes", etcétera. Nada de esto es erróneo —de hecho, gran parte está en consonancia con la investigación relacionada con la creatividad—, aunque un poco demasiado fácil para parecer útil, lo que el propio Jones sugiere.

Por supuesto, personas más inteligentes que yo dirían que la creatividad puede condicionarse y sacarse de cualquiera: un documento de 2020 de un laboratorio de creatividad de Yale Center for Emotional Intelligence (YCEI) descubrió que las sesiones de lluvia de ideas en las que se plantean muchas cosas y sin juzgar su calidad no son especialmente fructíferas, que algunas personas ofrecen pocas ideas pero que cada una tiene un rico sentido de frescura. Un estudio de la Universidad de Columbia publicado el mes pasado en la revista científica Nature parece reafirmar esta idea: las reuniones por Zoom, en particular, parecen sofocar el florecimiento del pensamiento original.

El objetivo de la investigación es optimizar la creatividad, presumiblemente para los empresarios, que de acuerdo con otros estudios se resisten a innovar. De hecho, para remediarlo, Savannah College of Art and Design de Georgia acaba de crear School of Business Innovation. De hecho, se podría decir que el estudio del pensamiento creativo se siente ahora como una piedra angular de las escuelas de negocios contemporáneas. Kellogg School of Management de la Universidad Northwestern ofrece un curso en línea de seis semanas de duración en el que se detalla "cómo el diseño y la creatividad influyen en los negocios", con un folleto en el que se promete que "la creatividad es un poderoso activo empresarial" y que las empresas que "fomentan la creatividad disfrutan de una cuota de mercado 1.5 veces mayor".

Sin embargo, la creatividad en sí misma rara vez ofrece dividendos claros.

En Inventor of the Future, una biografía sobre el arquitecto y futurista Buckminster Fuller, escrita por el autor de Oak Park Alec Nevala-Lee, se cuenta la historia de un joven Fuller abatido que deambula por la orilla del lago Michigan una noche de Acción de Gracias, sintiéndose fracasado, inseguro de cuánto vale como persona y de su visión. Piensa en el suicidio. Entonces tiene lo que Nevala-Lee llama "una revelación cegadora": decide que pertenece "al universo" y que su importancia "permanecerá siempre oscura" para él mismo. En otras palabras, el destino de un alma creativa es crear a pesar de nunca saber del todo el valor de su trabajo.

O como dijo Jeff Tweedy de Wilco en una canción:

If the whole world’s singing your songs

And all of your paintings have been hung,

Just remember what was yours

Is everyone’s from now on.

(Si el mundo entero canta tus canciones

Y todos tus cuadros han sido colgados

Solo recuerda que lo que era tuyo

es de todos a partir de ahora).

Una persona creativa, en cierto sentido, nunca se capitaliza del todo.

Cuando hablé con el periodista de New York Times Matt Richtel acerca del valor de la creatividad, me dijo que mi malestar por los empresarios que predican el evangelio de la creatividad no tiene sentido. Su nuevo libro, Inspired: Understanding Creativity, trata en parte de la forma en la que la gente encuentra "una inmensa alegría en el propio proceso creativo, que en su mayoría está desconectado del valor real de la creatividad para muchas personas". Dijo que el libro es "un argumento a favor de permitirse la libertad de dejar entrar las ideas sin juzgarlas", y en parte se basa en la investigación de neurocientíficos y sociólogos. Describió el siglo XXI, nuestra época contemporánea, como "nuestro periodo más creativo, para bien y para mal. La creatividad no es buena o mala ni moral o amoral, sino que depende de cómo se use esa creatividad, y las investigaciones confirman que, cuando hay muchas congregaciones que hablan de cosas similares, se obtiene el tipo de creatividad que se ve en Harlem, Roma o Jerusalén. Lo tenemos ahora, porque en un mundo digital no hay fronteras". Se puede acceder a siglos de arte, música, cine, literatura, desde cada centímetro del globo; se tiene acceso a los propios artistas, aunque solo sea a través de Instagram. Encontrar a alguien, a cualquier persona, que sea creativamente afín ya no tiene por qué ser una tarea solitaria.

Sin embargo, algo de esto sonó triunfante, justo en la cúspide de la autoayuda.

Hasta que Richtel añadió: "Pero sí, el lenguaje que rodea a estas cosas puede cooptar, e incluso burlarse, de la creatividad, tanto que puede ser difícil separar la innovación de la mercadotecnia. Puede parecer asqueroso".

Porque la creatividad es intrínsecamente personal.

Una de las lecturas más útiles y directas que se han hecho últimamente en relación con la creatividad en el día a día carece de investigación, Sicker in The Head: More Conversations About Life and Comedy, del cineasta Judd Apatow, es una serie de conversaciones casuales con músicos (Tweedy, Roger Daltrey de The Who), presentadores de programas de entrevistas (Jimmy Kimmel, Gayle King) y muchos otros, pero no sorprende que las charlas de Apatow se vuelvan especialmente conmovedoras en torno a los cómicos. Si hay un tema, sería el de las dudas y la forma en la que la historia de la creatividad nos susurra al oído: Bowen Yang, de "Saturday Night Live", describe cómo anuló un examen de MCAT en mitad de su realización, y recuerda cómo Steve Carell detuvo su propio examen de LSAT y decidió arriesgarse en la vida creativa. John Mulaney, quien acaba de leer la autobiografía de Bruce Springsteen, se obsesiona con el miedo del cantante de ser un hombre rico con camisa de pobre. Mulaney se pregunta si su persona debe cambiar, y, lo que es más importante, ¿está dispuesto a ir a los lugares desconocidos a los que podría llevarle?

Al leer el libro de Apatow, pensé en otra cosa que había leído recientemente, Whole Earth: The Many Lives of Stewart Brand de John Markoff, una biografía de este nativo de Rockford que creó el antaño omnipresente catálogo Whole Earth, fundó una de las primeras plataformas de redes sociales, se puso a tomar LSD con Ken Kesey y los Merry Pranksters de San Francisco y, en general, se convirtió en un Forrest Gump cultural.

Como muchos de los creativos de "Sicker in the Head", Brand encontró una revelación de propósito, aunque una que lo puso en el lado equivocado de la casa de sus conservadores y acomodados padres en Illinois. A su padre, quien subvencionaba en parte su traslado a San Francisco en los años 60, no le entusiasmaban los bohemios y artistas que constituían el nuevo círculo de Brand en la Costa Oeste. Los llamaba gorrones, ofreciendo un ejemplo (particularmente pobre) de hacia dónde se dirigía su hijo si seguía así. Le escribió a su hijo para que recordara que Vincent van Gogh murió sin un céntimo, solo para alcanzar la inmortalidad mucho después de poder ganar dinero.

Eso le pareció bien a Brand.

Hacía tiempo que sentía que Rockford se estaba convirtiendo en algo "ajeno" a su propia imaginación. Prefería San Francisco, en donde hacía un sinfín de conexiones y, como dijo Richtel de New York Times respecto a los lugares creativamente vibrantes, "hay más puntos que conectar, lo que en cierto modo es la creatividad misma: prestar atención y ver y luego conectar todos esos puntos".

¿Suena eso a escuela de negocios?

En cierto modo, sí. Jack Goncalo, psicólogo experimental y profesor de administración de empresas de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, dijo que se ha convertido en "una especie de nerd" en cuanto al tema de cómo el pensamiento y la investigación de la creatividad se asocian a menudo hoy en día con las escuelas de negocios y la literatura empresarial. Explicó que la investigación acerca de la creatividad surgió en la década de 1950, pero "encontró mucha resistencia, porque la gente suponía que la creatividad era igual a la genialidad. Teníamos pruebas de coeficiente intelectual: elige a la persona más inteligente de la sala y esa es la más creativa. Pero no, los investigadores descubrieron que el IQ solo predice la creatividad hasta cierto punto". Como ilustra el libro de Richtel (en parte con investigaciones de Goncalo), la inteligencia es buena, pero la apertura y la curiosidad son mejores.

Los rasgos de las personas creativas se convertirían en el centro de la investigación. La tolerancia a la ambigüedad era uno de los principales. A finales de la década de 1970, la psicóloga Teresa Amabile, de la Universidad de Stanford, demostró que la situación es importante, que podemos modificar las condiciones (incentivos financieros, incentivos personales) que animan a la gente a ser más creativa y a aportar mejores ideas. Su investigación, centrada sobre todo en la cultura de la oficina, llegó a ser influyente, y acabó en la Escuela de Negocios de Harvard (HBS).

Los 20 años de investigación de Goncalo acerca de las características de la creatividad parten de ahí, evaluando lo que se considera creativo, estudiando los sesgos que hay detrás de la aprobación de las ideas creativas, analizando qué hace que las personas en grupo sean creativas y cuáles son las consecuencias de su creatividad. Incluso ha estudiado cómo el peinado de la persona que presenta una idea nueva afecta a la forma en la que se valora su creatividad.

Todo ello me parece, de nuevo, en un sentido estrictamente empresarial, algo contradictorio con la libertad de la verdadera creatividad, que no es eficiente, no siempre escala, expone a su creador y parece improbable.

Y ¿adivina qué?

Eso es también lo que Goncalo escucha de las empresas.

"La ironía es que, por mucho que hablen de creatividad, a menudo no la quieren", dijo. "No la aprecian. Ser creativo puede sugerir liderazgo, pero las empresas no quieren a personas creativas en los puestos más altos: 'Nos gustas, pero no queremos que estés al mando'. Las personas creativas son imprevisibles. Las empresas parecen decir: 'Queremos creatividad, que conduce a beneficios, pero queremos que la creatividad sea predecible y se rija por nuestras normas'. Y, al final, con la creatividad no pueden decidir eso".

El problema de escribir un ensayo acerca de la creatividad es que el tema es enmarañado y sin forma, incluso para quienes quisieran darle orden y forma. Podríamos seguir aquí eternamente. Así que los dejo con esta imagen: el compositor Thomas Newman, sentado en el fondo de la Ópera Lírica antes de un ensayo de De ratones y hombres. Es conocido por su música para las películas The Shawshank Redemption, Finding Nemo y Skyfall. Ha sido nominado a 15 premios de la Academia, aunque nunca ha escrito para ballet. Se sentía "ligeramente aterrorizado" por el trabajo, aunque también comprende la silenciosa tiranía de las expectativas.

Durante décadas, ha vivido a la sombra de compositores más famosos de su familia: su padre, Alfred Newman, escribió música para All About Eve, The Mark of Zorro y Miracle on 34th Street, entre otros muchos clásicos de Hollywood, y su primo es Randy Newman, la leyenda iconoclasta de la composición. Thomas Newman se describe a sí mismo como socialmente tímido y, durante mucho tiempo, creativamente tímido.

"Hasta que un día pensé: 'Nadie me escucha. ¿A quién intento complacer? A nadie le importa'. Así que seguí adelante. Fue difícil. Pero ahí, justo ahí, fue mi comienzo creativo".

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