¿La COVID le ha costado a Australia su amor por la libertad?

·7  min de lectura
Residentes pasan por una cafetería vacía cerca de la Casa de la Ópera en Sídney, Australia, el 13 de agosto de 2021. (Matthew Abbott/The New York Times)
Residentes pasan por una cafetería vacía cerca de la Casa de la Ópera en Sídney, Australia, el 13 de agosto de 2021. (Matthew Abbott/The New York Times)

SÍDNEY — En la guerra contra la variante delta del coronavirus, pocas democracias, si acaso, han exigido tanto a su población como Australia.

En medio de los últimos confinamientos, la policía de Sídney impuso fuertes multas a tres madres con carriolas que charlaban en un parque. Los parques infantiles de Melbourne estaban rodeados de cinta policial, y viajar entre un estado con COVID y otro sin él —para los pocos afortunados a los que las autoridades han dado permiso— requiere estancias de dos semanas en cuarentena en un hotel o en un antiguo campamento minero remoto.

Ahora hay dos Australias. En Perth, las oficinas, los pubs y los estadios están abarrotados y se sienten tan normales como siempre: el resultado de un enfoque de fronteras cerradas que ha convertido a Australia Occidental en una isla dentro de otra isla. En Sídney, los residentes se acercan a su decimocuarta semana de confinamiento. Las zonas de clase trabajadora con las tasas más altas de infecciones han tenido que enfrentarse a una fuerte presencia policial y, hasta hace poco, a un toque de queda a las 9 de la noche y a solo una hora de ejercicio al aire libre al día.

¿Vale la pena el sacrificio?

Australia se encuentra en una encrucijada con la COVID. La confianza y el orgullo de 2020, cuando los confinamientos y el aislamiento pusieron fin a los brotes de COVID, han sido remplazados por la duda, el cansancio y una amarga batalla sobre cuánta libertad o riesgo debe permitirse en un futuro definido por la variante delta.

“Puede que estemos viendo cómo el país adopta una actitud retrógrada”, afirma Tim Soutphommasane, teórico político de la Universidad de Sídney. “Hay una insularidad y un provincialismo explícitos que ahora dictan el debate”.

El mundo ha llegado a ver el país a través de esa óptica, a través de las acciones de sus políticos miopes. Para algunos conservadores estadounidenses, Australia incluso se ha convertido en la mayor prisión del mundo: sus ciudadanos tienen prácticamente prohibido salir o volver al país, y los gobiernos encierran sin pensar a la gente en su casa ante cualquier señal del virus.

Sin embargo, muchos australianos, aunque frustrados, ven algo más. Cuando les preguntan si los sacrificios han valido la pena, miran a sus vecinos, a los líderes de sus comunidades, a los millones de personas que esperan en largas filas para recibir las vacunas y a las decenas de miles de australianos que habrían muerto de COVID sin todas las restricciones.

Su respuesta, con reservas o celo, ha sido generalmente la misma: “Sí, vale la pena” o “Sí, creemos que valdrá la pena”.

“Puede que estemos viendo cómo el país adopta una actitud retrógrada”, afirma Tim Soutphommasane, teórico político de la Universidad de Sídney. “Hay una insularidad y un provincialismo explícitos que ahora dictan el debate”.

El mundo ha llegado a ver el país a través de esa óptica, a través de las acciones de sus políticos miopes. Para algunos conservadores estadounidenses, Australia incluso se ha convertido en la mayor prisión del mundo: sus ciudadanos tienen prácticamente prohibido salir o volver al país, y los gobiernos encierran sin pensar a la gente en su casa ante cualquier señal del virus.

Sin embargo, muchos australianos, aunque frustrados, ven algo más. Cuando les preguntan si los sacrificios han valido la pena, miran a sus vecinos, a los líderes de sus comunidades, a los millones de personas que esperan en largas filas para recibir las vacunas y a las decenas de miles de australianos que habrían muerto de COVID sin todas las restricciones.

Su respuesta, con reservas o celo, ha sido generalmente la misma: “Sí, vale la pena” o “Sí, creemos que valdrá la pena”.

Para entender por qué, exploré las dos Australias, la que tiene COVID, donde aproximadamente la mitad de la población del país está atrapada en casa, y la que hasta ahora ha conseguido mantener la infección al margen. En ambas escuché el mismo mensaje: los críticos deben reconsiderar la libertad no como la autonomía personal que los estadounidenses aprecian, sino como un derecho colectivo con responsabilidades. Las epidemias son una prueba del compromiso de la sociedad con el bien común, argumentan, y, si algún país ha fracasado, ese es Estados Unidos, no Australia.

Visitando el pasado pre-COVID

El territorio de Australia Occidental es casi seis veces más grande que el de California, pero solo tiene 2,7 millones de habitantes. Combina un vasto paisaje rojo como el de Marte en el norte y el este, rico en minerales, con una fértil sección costera en el suroeste que incluye la ciudad de Perth y la región vinícola y de surf de Margaret River.

Al viajar por casi todo el territorio en agosto, tras catorce días de cuarentena a 3000 kilómetros de distancia, cerca de Darwin, escuché dos consignas sobre la COVID: “Hemos tenido mucha suerte” y “Es porque somos muy obedientes”.

Solo nueve personas han muerto de COVID en Australia Occidental. Si fuera un país, eso situaría su tasa de mortalidad por debajo de casi todas las naciones.

Fue como viajar al año 2019. Pubs y estadios con gente que se abrazaba, hospitales tranquilos, gente sin cubrebocas... por todas partes.

“Si la pregunta es por qué soportamos estas restricciones, la respuesta es que en la mayoría de los casos hemos podido aguantarlas durante un periodo bastante corto”, comentó Ian Mackay, experto en virus y riesgos de la Universidad de Queensland, otro estado que disfruta de la vida sin un brote actual.

Y lo que es más importante, añadió: “Hemos salvado incluso más vidas de las que esperábamos salvar”.

En Estados Unidos y el Reino Unido, casi 2000 personas por cada millón de habitantes han muerto de COVID. En Australia, esa cifra es inferior a 50. En Florida han muerto más personas por COVID esta semana que en Australia durante toda la pandemia.

Nadie afirma que el enfoque no haya tenido un costo. En Margaret River, conocí a Rob Gough, un californiano que se trasladó a Australia en 2003. Dentro del popular pub que él y su mujer tienen, con fotos de surf en las paredes y la canción “Eye of the Tiger” en las bocinas, sus ojos se llenaron de lágrimas mientras hablaba de haberse perdido el cumpleaños 80 de su madre semanas antes.

“Es como si quisiera ir allá y darle un abrazo”, comentó.

Después le pregunté con tacto. ¿Vale la pena?

“Mientras no haya COVID aquí, más vale cooperar”, opinó.

Viviendo con COVID

En Sídney, la responsabilidad comunitaria se ha convertido en algo tan aceptado como asfixiante.

Las comunidades más afectadas están llenas de jóvenes trabajadores esenciales cuyos movimientos han mantenido la variante delta en circulación, aunque con una tasa de reproducción muy inferior a la que tendría la variante sin los confinamientos.

Cuando llamé al alcalde Chagai, un entrenador de baloncesto y líder de la comunidad sursudanesa sobre quien había escrito hace cuatro años, me dijo que había estado ocupado.

“He estado lidiando con la situación de muchas maneras, porque muchas familias y miembros de la comunidad y jóvenes se están viendo afectados por el confinamiento y, de hecho, por el virus”, comentó. “Tenemos 85 familias enfermas, casi 700 personas”.

Para ayudar, había estado repartiendo comida y organizando sesiones de preguntas y respuestas en línea sobre las vacunas. Incluso había creado un comité de sus antiguos jugadores que trabajaban con la policía para explicar a los jóvenes por qué era importante quedarse en casa y vacunarse.

“El gobierno nos está imponiendo muchas cosas, pero el virus es lo que ha encerrado a la gente”, dijo.

Muchos australianos ven la exageración a su alrededor. Hay pocas pruebas científicas que respalden los toques de queda, y los encierros de Australia han cobrado un precio elevado y desigual.

La falta de libertad en efecto ha producido un nuevo sentido de urgencia en torno a la vacunación. Alrededor del 83 por ciento de los residentes de Nueva Gales del Sur de 16 años o más han recibido al menos una dosis de la vacuna COVID. En Blacktown, donde vive Chagai, esa cifra supera el 90 por ciento.

Y después de tres meses de encierro, el número de casos ha empezado a descender en Nueva Gales del Sur, a casi mil al día. El miércoles pasado se levantó el toque de queda en Sídney, y los restaurantes abrirán pronto para los vacunados. En Melbourne, los patios de recreo vuelven a cobrar vida con el ruido de los niños.

Así, mientras los críticos de Australia en Estados Unidos centran su atención en el aumento de las muertes, muchos australianos están deseando pasar un verano con menos restricciones, y menos miedo que la mayor parte del mundo.

“Deberíamos sentirnos orgullosos”, comentó Mackay, el experto en virus de Queensland. “Seguimos haciéndolo bien”.

© 2021 The New York Times Company

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.