Covid, ciencia y por qué nuestro cerebro ignora datos e información que podrían ayudarnos

A menudo decidimos no conocer información que es dolorosa, incluso aunque pudiera resultar útil

Vivimos tiempos de información. Datos, noticias, análisis, estudios, hechos, millones de posibilidades al alcance de un clic de ratón. Pero también convivimos con bulos, engaños, trampas, falacias, sesgos, tergiversaciones o campañas de desinformación intencionada. Formamos nuestras opiniones, nuestros argumentos, también nuestros prejuicios y creencias, influenciados por una cascada constante, dispersa y a menudo contradictoria de información. Durante la pandemia de Covid19 esa dificultad se ha incrementado. Nuestra capacidad de distinguir hechos reales de opiniones, de diferenciar noticias contrastadas y fiables de las temidas fake news, se está viendo comprometida… y nuestro cerebro tampoco ayuda mucho.

Hace solo unos días Scientific American publicaba un jugoso artículo titulado “¿Por qué las personas evitamos hechos que podrían ayudarnos?” y lo conecta con diferentes estudios científicos que señalan una conducta generalizada y paradójica: preferimos ignorar la información, incluso la que nos podría beneficiar, cuando es dolorosa… y a veces, hasta cuando es placentera.

Docenas de estudios, experimentos sociales y análisis de conducta se acumulan, aportando incontables evidencias de que ignoramos las evidencias. Curioso, ¿verdad? Y aún así, estos trabajos psicológicos, publicados a lo largo de las últimas décadas, tienen implicaciones directas en ámbitos muy importantes de nuestra vida y tan variados como la economía, la política, la religión o la salud.

Empecemos con la salud. Imagine que usted padece una grave enfermedad sin saberlo. El diagnóstico precoz de muchas dolencias depende de la rapidez en detectarlas, numerosos tipos de cáncer pueden ser tratados si se encuentran pronto. Sin embargo, un estudio publicado en 2013 descubrió que solo el 7% de las personas con alto riesgo de contraer la enfermedad de Huntington prefieren averiguar si realmente tienen esa afección, a pesar de la disponibilidad de pruebas para detectarla y que el diagnóstico es muy útil para aliviar los síntomas de esta terrible enfermedad crónica.

Otro estudio muy interesante, realizado por el Instituto Max Planck y la Universidad de Granada, contó con más de 2000 voluntarios para descubrir que el 90% de ellos preferían no conocer la fecha de su propia muerte. Un porcentaje muy similar (87%) ni siquiera querrían saber la causa de su muerte, a pesar de la utilidad que este conocimiento adelantado supondría por ejemplo para que los fumadores dejaran el tabaco o los bebedores el alcohol.

La tendencia del ser humano a evitar información que, aunque puede sernos útil, puede resultar dolorosa es tan clara que incluso se ha creado una escala que mide la aversión relativa de las personas a información potencialmente desagradable pero también potencialmente útil. El estudio de esta escala aún sigue abierto (incluso ustedes mismos pueden participar en este enlace) y en el trabajo se recogen las respuestas de los voluntarios a diferentes cuestiones relacionadas con la salud, el trabajo, la economía o los familiares. Los resultados y conclusiones concluyen que la ignorancia deliberada es una preferencia generalizada, no solo en relación con noticias y eventos dolorosos (como la muerte o el divorcio), sino que los voluntarios mostraron también una querencia a desconocer otros datos e informaciones positivas. Estas conclusiones coinciden con el estudio del Instituto Max Planck, donde por ejemplo, la mayoría de los participantes prefirieron la ignorancia al conocimiento: más del 60% indicó que no quería conocer su próximo regalo de Navidad, y un 40% prefería no saber el sexo de su hijo antes de nacer.

El resumen de estos estudios es interesante y muy relevante en estos tiempos convulsos que vivimos. En algunos casos resulta lógico querer renunciar a parte del sufrimiento que puede causar conocer determinada información dolorosa, o disfrutar del suspense que proporcionan algunos eventos desconocidos y favorables. Sin embargo, evitar la información puede suponer un grave problema si nos impide aprender y conocer datos que nos ayudarían a tomar decisiones más inteligentes, sobre todo en campos tan vitales como la salud o la economía.

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