El COVID acecha a aisladas zonas rurales de Alaska

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Angie Cleary, una enfermera, ayuda a Joyce Johnson-Albert, una paciente de coronavirus, en el centro médico Upper Tanana Health Center en Tok, Alaska, el 22 de septiembre del 2021. (Foto AP/Rick Bowmer)

TANACROSS, Alaska (AP) — Un poblado indígena de Alaska se ideó una solución drástica para permanecer libre del COVID-19: Erigió una barrera en el único camino que lleva a la aldea y lo vigiló las 24 horas del día. Es la misma táctica usada hace un siglo por aldeas indígenas norteamericanas a fin de mantener fuera a los extraños durante otra mortífera pandemia: la de la fiebre española.

Y funcionó. Sólo una persona murió de COVID-19 y 20 se enfermaron en Tanacross, una aldea de la tribu Athabasca de apenas 140 habitantes, cuyas rústicas moradas se encuentran entre la Carretera de Alaska y el Río Tanana.

Pero la batalla contra el coronavirus no ha acabado. La contagiosa variante delta se está propagando por toda Alaska, elevando la cantidad de contagios y poniendo en peligro lugares remotos como Tanacross que están a horas de distancia del hospital más cercano.

La crisis del coronavirus se ve agravada por el limitado sistema de salud de Alaska, que básicamente depende de los hospitales de Anchorage. Ahí es donde está el hospital más grande, el Providence Alaska Medical Center, que actualmente está tan colmado de pacientes que los médicos en ocasiones se ven obligados a darle prioridad sólo a los que tienen mayores probabilidades de sobrevivir.

Desde entonces, otros 19 centros médicos de Alaska -- incluyendo los otros dos hospitales de Anchorage y el hospital Fairbanks Memorial, también se han declarado en crisis, lo mismo que ha ocurrido en otros estados abrumados como Idaho y Wyoming.

“Aunque vivimos aquí, nos preocupa la situación en Anchorage y en Fairbanks”, declaró Alfred Jonathan, uno de los dirigentes de Tanacross. “Si alguien se enferma aquí, no hay adónde llevarlo”.

Si bien Alaska ha contratado a 500 profesionales de la salud adicionales para ayudar en los próximos meses, la situación es grave en las zonas rurales si se requiere un nivel más alto de atención médica.

En algunos casos esos pacientes tienen suerte y son trasladados a Fairbanks o Anchorage. En otros, los asistentes pasan tiempo en el teléfono — a veces horas — buscando una cama o una instalación que pueda prestar servicios especializados como la diálisis.

Un paciente que no pudo encontrar diálisis en Providence falleció, informó el portavoz del hospital Mikal Canfield. La doctora Kristen Solana Walkinshaw, directora del hospital, indicó que sabe de un paciente en una comunidad remota que necesitaba un catéter cardíaco y murió esperando.

La situación también es difícil en Seattle y en Portland, Oregon. Después de mucho tiempo una clínica rural en Colorado encontró cabida para un paciente de Alaska.

Las autoridades sanitarias locales atribuyen la crisis a la falta de personal, el aumento de los casos de COVID-19 y las bajas tasas de vacunación en Alaska, donde el 61% de la población elegible está vacunada. Uno de cada 84 habitantes de Alaska tuvo COVID desde el 22 hasta el 29 de septiembre, según datos de la Universidad Johns Hopkins, la peor proporción en los días recientes.

Las autoridades de salud de Alaska están agotadas y frustradas por la gran cantidad de desinformación sobre el virus y sobre las vacunas. Se quejan de que la situación podría tener graves consecuencias a largo plazo: Socavando la confianza en otros tipos de vacunas y dificultando la contratación de personal médico en el estado.

Los profesionales de la salud “lamentan cuando escuchan el código de que un paciente está falleciendo”, reconoce Jared Kosin, presidente de la Asociación de Hospitales y Asilos de Ancianos de Alaska. “Es devastador, a nadie le gusta perder a un paciente. Pero al mismo, piensan ‘bien, ahora hay otra cama libre’. ¿Cómo balancear esas emociones? Es desgarrador”.

En Tanacross, los ancianos le han exhortado a la tribu a ponerse la vacuna, especialmente teniendo colmadas las instalaciones de salud locales. La aldea está ubicada en una región escasamente poblada del este de Alaska donde la tasa de vacunación es de menos del 50%.

Jonathan, de 78 años, le ha advertido a su tribu que hay que aceptar la realidad del COVID-19 y aceptar que, tal como ocurrió con la variante delta, se irá mutando con el tiempo.

“¿Y en cuanto a los no vacunados? Pues nos preocupamos por ellos”, comentó Jonathan, quien reciente dirigió a una cuadrilla para despejar árboles muertos y caídos a fin de evitar incendios y acumular leña para la calefacción de viviendas.

Su esposa Mildred ayudó a montar guardia en la cerca a la entrada de la aldea, una restricción que fue levantada este verano cuando parecía que la pandemia estaba disminuyendo. Hoy en día, Mildred expresa frustración con la cantidad de gente que llama a habitantes de Tanacross con información falsa sobre efectos nocivos de las vacunas.

“Yo me puse las dos inyecciones, estoy viva y bien de salud”, expresó Mildred antes de llenar su carro con líquido desinfectante, máscaras y guantes de látex para repartirlos entre los habitantes locales.

Alaska, elogiada al inicio de la pandemia por cooperar con las organizaciones tribales para distribuir vacunas rápidamente, hoy en día ocupa el 25to lugar en Estados Unidos en cuanto a proporción de vacunados, según los Centros de Prevención y Control de Enfermedades (CDC).

En los hospitales, la atención médica “ha sido modificada”, relató la doctora Anne Zink, directora de salud pública del estado.

“El mismo estándar de atención médica que teníamos antes ya no es posible”, indicó la doctora. “Esta situación ya lleva varias semanas”.

En zonas rurales de Alaska, seis aldeas indígenas incluyendo Tanacross, dependen de un nuevo centro de salud, el Upper Tanana Health Center en la comunidad de Tok, a unas dos horas en carro desde la frontera canadiense. Allí el personal atiende a los que puede, y a los que no puede los despacha a Anchorage o Fairbanks, afirmó Jacoline Bergstrom, directora ejecutiva de la Asociación de Alcaldes de Tanana, un consorcio de 42 aldeas de la tribu Athabasca esparcidas por un área del tamaño de Texas.

Allí hay planes de emergencia para alojar a pacientes durante la noche si no hay camas de hospital disponibles inmediatamente, explicó la directora Joni Young. Usualmente los pacientes son transportados vía aérea porque tardaría tres horas llegar a Tok por tierra y siete para llegar a Anchorage.

“Si por alguna razón no podemos evacuar a nadie vía aérea, ya desde el principio nos hemos preparado para ayudarlos”, indicó Young. “Tenemos catres aquí y un edificio que hemos alquilado que podríamos usar para aislar a enfermos de COVID”, añadió.

El personal disponible no se da abasto. Todos están trabajando horas extra, atendiendo a pacientes y contestando el teléfono noches y fines de semana. Han abierto dos plazas para enfermeras, pero muy poca gente se ha candidateado.

Joyce Johnson-Albert estaba en una cama de hospital, recibiendo suero por vía intravenosa. Se vacunó pero igual contrajo el virus, posiblemente en una excursión de caza.

“Lo único que espero es que en los próximos días me sienta aunque sea un poquito mejor de lo que me siento ahora”, expresó Johnson-Albert al recibir una infusión de anticuerpos monoclonales, un tratamiento que alivia los síntomas de COVID. “Es imposible saber qué va a pasar, puede pasar cualquier cosa”.

Angie Cleary, la enfermera de turno, se expresa agradecida por el hecho de que ese tipo de tratamiento está disponible en el hospital.

“Sin embargo, algunos días me preocupo porque no sé cuándo recibiremos más”, declaró Cleary. “Por ejemplo, ahora creo que tenemos solo cinco dosis y quizás recibiremos más mañana o quizás no será sino hasta la próxima semana. Esa es una de las inquietudes que tenemos, a cada rato nos preguntamos, ¿cuándo recibiremos el próximo envío?”

Al mismo tiempo, los profesionales de salud tienen que combatir las olas de desinformación que existen sobre la pandemia.

El gobernador republicano Mike Dunleavy ha sido criticado por no imponer el uso de máscaras y por no recomendar más enérgicamente el uso de vacunas. Ha animado a la gente a vacunarse pero ha enfatizado que ésa es una decisión personal.

El personal del hospital Providence está harto de la retórica, expresó Solana Walkinshaw, la directora del hospital. A un empleado le escupieron encima al salir del trabajo, contó.

“Hemos visto gente que está aquí en el hospital entubada y sigue negando la existencia del COVID, gente que está despidiéndose de un ser querido moribundo y sigue negando la existencia del COVID”, añadió Solana Walkinshaw.

Daisy Northway, de la Asociación de Indígenas Tok de Alaska, sabe lo difícil que es convencer a la gente de las vacunas, asegurando que ha hablado “hasta quedarme sin aliento” para tratar de convencer a uno de sus hijos.

Northway dice que le ha pedido a la gente ponerse la vacuna, pero de tal manera que no suene como algo político.

“Lo que hay que decirle a la gente es que les conviene vacunarse, pero de una manera positiva, sin criticarlos por sus creencias”, expresó

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