Covid-19. La ideología y el sesgo contra la ciencia

Conrado Estol
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Ha pasado más de un año desde que la pandemia llegó a la Argentina y nunca habríamos pensado que causaría más de 55.000 muertes. Esto representa casi el 20% de las muertes totales que ocurren en nuestro país en un año sin pandemia -dato para los pocos que siguen aferrados a la idea de que el Covid-19 es una gripe-. El número de infectados diarios está aumentando. Pero no aumentan los testeos para identificar contagiados. El porcentaje de testeos positivos por día en la última semana ha estado entre 15% y 30%. Esto significa que los testeos no identifican a todas las personas infectadas por lo que estas siguen en la comunidad contagiando a otros. Está establecido que solo una positividad menor al 5% -durante 2 semanas- es la que permite relajar medidas restrictivas. Tampoco se ha incrementado la secuenciación de virus, técnica por la que se determina la presencia y la diseminación de las nuevas variantes. Uruguay ya secuenciaba hasta el 20% de las PCR durante 2020 y actualmente Islandia secuencia cada uno de los testeos que hace. Vale la pena destacar la capacidad de Islandia, con solo 29 muertes, que no depende solamente de tener una baja población. Aunque las proyecciones en biología no funcionan como en la matemática, si Islandia tuviese 45 millones de habitantes habría tenido poco más de 3000 muertes. Saber qué variantes circulan en el país y con qué velocidad se diseminan es crucial para predecir el comportamiento de la pandemia.

A tres meses de haber aplicado la primera dosis, la vacunación es limitada. Y no sabemos si tenemos la capacidad logística para vacunar con la magnitud necesaria simplemente porque no tenemos vacunas. No debemos contentarnos con la fruta que cuelga más baja en el árbol. ¿No podríamos fabricar totalmente la vacuna de AstraZeneca en el país y evitar así depender de México -que a su vez falló por depender de Estados Unidos?, ¿No deberíamos perseverar en el intento de comprar vacunas a Pfizer, a los Estados Unidos que recibirá 10 millones de dosis de AstraZeneca que no usarán y a Canadá que recibirá un millón de dosis de Pfizer por semana hasta fin de mayo? Los dos países ya tienen un exceso de vacunas. También se puede negociar con Johnson y Johnson, Novavax y Curevac, entre otras.

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Enumerar desaciertos no es productivo. Pero identificar las causas detrás de ellos sí puede ser útil. Mi hipótesis: ha faltado ciencia y ha sobrado ideología. En 2009, Oscar Arias, presidente de Costa Rica hablaba en la Cumbre de las Américas. Arias destacaba que en América Latina “algo hicimos mal”. Criticaba la tendencia a siempre culpar a los Estados Unidos por nuestros males presentes, pasados y futuros. Destacaba las causas de la desigualdad y el hecho de que entrar a una universidad latinoamericana parecía un viaje en el tiempo a los 60′s. Y que mientras nosotros perdíamos tiempo discutiendo los “ismos” de siempre: capitalismo, socialismo, comunismo, liberalismo… los asiáticos avanzaban con pragmat-ismo. Como decía Deng Xiaoping, al volver a Beijing luego de un viaje por Singapur y Corea del Sur, “a mí no me interesa si el gato es blanco o negro. Me interesa que cace ratones”. Desde entonces, China ha crecido a tasas mayores al 10% y ha sacado a más de 400 millones de personas de la pobreza. ¿Puede ser que en la Argentina un exceso de ideología en el pensamiento impida que alcancemos logros concretos?

Dos científicos argentinos, destacados en sus áreas específicas de investigación, publicaron hace un mes en la revista Nature Immunology un comentario destacando los logros de la Argentina durante la pandemia. Comenzaron su nota criticando innecesariamente al gobierno del expresidente Macri para seguir con una interminable lista de deseos no concretados. Mencionaron el desarrollo de un test de PCR -mientras seguimos en el puesto 110 en testeo a nivel mundial-, el de una vacuna sobre la que hoy todavía nada sabemos, la transfusión de plasma -ya demostrada ineficaz en un sólido estudio internacional-, la secuenciación del virus -450 realizadas para fin de diciembre contra 25.000 por semana en Reino Unido-, los ensayos de vacunas -debe aclararse que fuimos elegidos por tener una pandemia descontrolada y no por nuestra capacidad científica-. Cerraron la nota destacando el rol de las ciencias humanas y sociales en diseñar estrategias para proteger a lo más pobres y vulnerables. ¿Se refieren al segmento en el que ocurrió la mayor mortalidad en el país? Y concluían diciendo que “la Argentina se mantiene al frente de los esfuerzos internacionales para controlar el Covid”. Una muestra del sesgo ideológico de los autores y el error de publicación en una revista prestigiosa que creyó recibir información científica.

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Estudios realizados por el psicólogo Adam Grant, de la Universidad de Wharton, muestran que las personas con la capacidad para hacer las predicciones más acertadas no son necesariamente las más inteligentes, pero sí las que tienen mayor capacidad para hacer evaluaciones desapasionadas y que están dispuestas a cambiar sus ideas. Un estudio en matemáticos en los Estados Unidos mostró que se destacaban en la interpretación de datos mientras los temas fueran triviales. Cuando los hicieron evaluar un tema provocativo como el “control de armas”, los resultados tuvieron un claro sesgo. Y el mayor sesgo, particularmente en gente inteligente, es el de “yo no estoy sesgado”. El problema se agrava porque esas personas usan su inteligencia como una eficaz herramienta contra la verdad.

Nunca será tarde para aumentar el testeo, la secuenciación genética, la vacunación e iniciar una comunicación clara y confiable. Quizás debamos aprender a decir “no sé”, a preguntar a otros, a abandonar los individualismos y colaborar. El virus se puede combatir eficazmente con ciencia, pero no con ideología.