Covid-19 amenaza tradición de la flor de Día de Muertos en Guerrero

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TIXTLA, Gro., octubre 30 (EL UNIVERSAL).- Estas son las flores con las que se honra a los muertos, a los que ya se fueron y regresarán por unos momentos. También son las que dan un respiro a los vivos; por lo menos, a estos campesinos de Tixtla, Guerrero.

Son las 10 de la mañana, Mario López y su esposa Julia Dircio están cortando la flor de terciopelo que sembraron en julio y que en los próximos tres días piensan vender.

Este año sembraron un tercio menos que el anterior y ahora los invade la incertidumbre. El gobierno de Guerrero decretó el cierre de todos los panteones y el ayuntamiento de Tixtla prohibió la venta de las flores en el mercado y el acceso de mayoristas a la ciudad para evitar contagios de coronavirus.

Justo cuando Mario y Julia comenzaban a cortar, otros campesinos insistían a la alcaldesa, Erika Alcaraz, que permitiera el acceso de los mayoristas y la venta en el mercado.

Desde hace casi 50 años, Mario y Julia esperan estos tres días, 30 y 31 de octubre y 1 de noviembre, año con año. La venta de estas flores no los saca de la pobreza, pero sí le da un respiro a su precaria economía, les ayuda a saldar algunas deudas y, si alcanza, hasta comprar algunos pendientes.

Este año se aferran a su trabajo, esperan a los compradores y no piensan perder a ninguno. Para lograrlo, incluso bajaron los precios de sus flores a casi la mitad. En 2019 las vendieron a 70 pesos; hoy están dispuestos a que se las lleven hasta en 40.

El barrio del Santuario en Tixtla es, tal vez, el mayor productor de flores de Día de Muertos en Guerrero. Siembran la flor de cempasúchil y de terciopelo.

A Tixtla llegan de casi todo el estado: de Acapulco, de las Costas, de la Tierra Caliente.

Los callejones que se hacen entre los sembradíos, en otros años, se llenan de camionetas que salen atiborradas de flores. El mercado de Tixtla se convierte en un mosaico de colores y textura.

Pero este año no es así. La pandemia por Covid-19 trastornó una tradición de por lo menos 80 años.

Mario y Julia esperan que el próximo año sea mejor, que no haya restricciones y lleguen los compradores. No piensan dejar atrás una tradición que les enseñaron sus padres y a sus padres, sus abuelos.

Sus tierras son parte de su vida: su trabajo, su comida y lo que les permitió forma sus cuatro hijos, que los cuatro terminaran la normal y hoy den clases en la Ciudad de México.