Un costo político muy alto que se deberá recalcular

·3  min de lectura

Pasó demasiado desde aquella tarde en la que el presidente Mauricio Macri firmó el veto a ley que pretendía llevar las tarifas al precio de diciembre del año pasado. Lo hizo, incluso, antes de que la norma terminara su paso parlamentario. Sin embargo, más allá del veto, el Gobierno tomó nota del malestar social que levantaba la cuestión tarifaria en una sociedad que aún no se acostumbra a pagar por la electricidad y el gas.

Pocos días después, decidió cambiar a Juan José Aranguren , el funcionario que tenía pegado el endoso del costo político que significó desandar el sendero del populismo energético en el que vivió gran parte de la Argentina en los últimos años.

Ya que de pagar costos se trata, Aranguren se marcha con otros dos que no le son facturables, pero que erosionaron su plan. Por un lado, subió el petróleo. Claro que se podría decir que él, petrolero de formación, debió haber previsto que no se podía caminar hacia la liberalización de los precios de los combustibles con el crudo en alza. Pero, más allá de las previsiones y de los hechos repasados con el diario del lunes, todos se quejaban cuando el petróleo estaba barato y la nafta no bajaba en el país.

Impuso una condición: cuando el precio internacional se cruce con el local (entre 49 y 59 dólares, según se trate de crudo liviano o pesado), se libera el precio. Es decir, desaparece el Estado. Pues se cruzaron y se despidieron para siempre. El internacional siguió para arriba y el impacto en los combustibles se empezó a sentir.

Eso se conjugó en los últimos días con la devaluación del peso. Se trata, este sí, de un costo que pagó Aranguren y que le es totalmente ajeno. Nada depende de él en este ámbito económico. Pero el hombre estaba expuesto.

Ahora hay que reescribir las condiciones para el sector. Como quien dice, hay que borrar con el codo lo que se escribió con la mano. Y claro, el hacedor de aquellas condiciones no es el más apropiado para deshacerlas.

Claro que Javier Iguacel no parte del mismo escalón del que se impulsó Aranguren. En el Gobierno reconocen que fue el expresidente de Shell el gran responsable de bajar los subsidios y mejorar una porción importante de los números de déficit fiscal .

A la hora de enumerar sus méritos, dicen en la Casa Rosada que llegó y recompuso la ecuación económico-financiera de muchas compañías, mejoró la producción de petróleo y gas, regularizó los marcos regulatorios, inició el proceso de recomposición tarifaria integral, ordenó y recalculó las centrales Kirchner y Cepernic (incluso se cambiaron los nombres) y devolvió profesionalidad a los dos entes del sector, el Enargas y el ENRE.

Pero claro, pagó el costo social y, a fuerza de sus dichos, perdió predicamento en una sociedad que lo respetaba como el ejecutivo que se mantuvo en su lugar pese a los temblores que le causaba todo el kirchnerismo, y Guillermo Moreno en particular.

Mal que le pese al Gobierno, la nueva gestión de Iguacel deberá reescribir algunas normas que redactó su antecesor. Por un lado, el ala política del oficialismo pondrá sobre la mesa las encuestas de opinión que muestran el impacto de la suba de las tarifas en la imagen del Presidente. Por el otro, el sector técnico le recitará el credo de la inversión y la imposibilidad de generar infraestructura cuando no se remunera el capital que se entierra. En el equilibrio estará la clave de su gestión y, por qué no, la del Gobierno en las puertas de un año electoral.

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.