La discriminación y la censura en la que podemos caer sin darnos cuenta, incluso cuando tratamos de hacer el bien | Opinión

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Estos tiempos en los que parece prosperar la búsqueda del trato igualitario en la cultura occidentral ciertos parámetros han tomado tal vigor y fanatismo que comienzan a ser dogmáticos y, en su acción, desvirtuan la naturaleza misma de lo políticamente correcto

Antes que nada, aclarar que dejar de utilizar lenguaje que menosprecie, etiquete o agreda, aunque parezca ligero o humorístico, a cualquiera por cualquier condición -no importa la condición que sea- es un acierto; es un acierto en hacer abundar una cultura incluyente, tolerante y respetuosa con la diversidad.

Sobre todo si ese lenguaje es, además, el resultado de decisiones legales, culturales y sociales que impliquen que en la acción ningún ser humano sea vejado, humillado o desfavorecido por quien tiene más poder, sea ese poder económico, racial, político, cultural o de género.

El mundo ha estado por siglos -si no milenios- signado por culturas que azotan a quienes consideran más débiles: a los extranjeros, a los conquistados, a las mujeres, a los pobres, a los de otra religión, a los niños, a los zurdos, a quienes tienen dificultades orgánicas, a los de otra raza, a los de otro credo político... Acabar con la naturalización de la opresión es un propósito que debe seguir siendo indiscutible.

Ahora, Houston, tenemos problemas en el camino.

Estos tiempos en los que parece prosperar la búsqueda del trato igualitario en la cultura occidental, una condición sine quanon para que realmente todos podamos tener oportunidades, desarrollo y alcance, ciertos parámetros han tomado tal vigor y fanatismo que comienzan a ser dogmáticos y, en su acción, desvirtuan la naturaleza misma de lo políticamente correcto.

No es nada nuevo. Desde tiempos de María Magdalena hasta la guillotina de la Revolución Francesa, cuando justa o injustamente grupos de ciudadanos irrumpen para reclamar lo que sus peticiones consideran justo, siempre que esos grupos pisan el terreno de la supremacía moral, ocurren injusticias.

Excesos

Más allá de la discusión filosófica que encierra la escogencia del bien y el mal que hay implícita en lo políticamente correcto, convengamos en que la intención general en la conducta y el lenguaje de lo correcto es no ser injustificadamente injusto con el prójimo, ni de acción ni de verbo.

Pero, ¿qué pasa cuando desde ese prisma, se pierde el sentido común, y termina discriminándose, censurándose o rondando una ofensa artificial que impide el natural desenvolvimiento del lenguaje y los acontecimientos?

Recientemente, la opinión pública supo, perpleja, que los profesionales que se disponían a traducir el poema The hill we climb, de la poeta afroamericana Amanda Gorman (que recitó el día de la toma de posesión de Joe Biden), al holandés y al catalán, habían sido rechazados por la agencia de la poeta por estos ser "blancos y no binarios", al tiempo que pedían que los traductores fueran también afroamericanos.

No se necesita de demasiada discusión para entender que es un exceso despachar las capacidades de traductores especializados solo por su raza o condición de género, un trato y una acción que equivalen exactamente a la inequidad con la que originalmente los grupos discriminados piden no ser tratados.

WASHINGTON, DC - JANUARY 20: American poet Amanda Gorman reads a poem during the the 59th inaugural ceremony on the West Front of the U.S. Capitol on January 20, 2021 in Washington, DC.  During today's inauguration ceremony Joe Biden becomes the 46th president of the United States. (Photo by Patrick Semansky-Pool/Getty Images)
Amanda Gorman en su declamación durante la investidura del presidente de EEUU, Joe Biden (Photo by Patrick Semansky-Pool/Getty Images)

Como dice el escritor Juan Soto en su ensayo recién publicado La casa del ahorcado (Debate, 2021), el problema está cuando los grupos que pretendemos reivindicar se convierten en identidades intocables. Porque frente a ellas entonces se agrupan otros y otros, y la original intención de vernos a todos iguales, se pierde. "Frente a una mujer, negra, lesbiana", dice tremebundo para la revista Zenda, "entonces un 'blanco basura', como le llamaban, se siente también con el derecho de erigirse, y las identidades empiezan a convertirse en grupos religiosos".

La delicadez exigida, así como la sensibilidad de los agraviados y militantes, puede terminar, en casos, dándole significado a palabras y gestos que en realidad no están ahí. Muchos podemos sentir que una mirada simple puede ser inapropiada, que expresarse libremente puede ofender a alguien, que hay tal o cual grupo que puede malinterpretar tal o cual palabra o gesto.

Bj Galagher, escritor y colaborador de HuffPost, se pregunta: ¿podremos volver a vivir sin sentir que hay una manada de elefantes en el cuarto? (es una expresión sajona para indicar que hay una incomodidad no dicha). Si no podemos hablar de nuestros sentimientos, miedos, aspiraciones, ansiedades, esperanzas, asunciones, preocupaciones o sueños, ¿cómo podremos sembrar confianza con quienes son distintos a nosotros?

Recientemente las películas Dumbo, Peter Pan y El libro de la selva fueron retirados de los catálogos de Disney por ser considerados racistas por la propia corporación. Más allá de si tienen razón o no, ¿sería descabellado pensar que lo que pensamos ahora no puede regir el pasado? ¿Por qué no centrarnos en cambiar de ahora y en adelante, en lugar de tratar de hacer lucir el pasado como uno distinto del que fue? ¿Esta dictadura del deber ser no podría estar sembrando escenarios hipócritas?

Otros exabruptos similares han ocurrido igual en HBO, por ejemplo, con Lo que el viento se llevó, uno de los clásicos más legendarios del séptimo arte, que ha sido también retirado del catálogo de largometrajes del canal premium.

¿Qué hacer?

No se trata, por supuesto, de regresar al lenguaje despectivo y la acción discriminatoria. Ese no es el deseo de nadie que crea en la justicia, además de ser un terreno conquistado y ampliamente resguardado por los activistas de derechos de todo grupo que se haya sentido históricamente vejado.

La meta es que protegernos no nos divida y subdivida en grupos y grupúsculos infinitos que, al contrario de lo que pretendíamos, haga de la diferencia un obstáculo insalvable para convivir.

Las respuestas no son claras ni están a la vista. La acción y el lenguaje son esenciales en lo que creemos y en cómo organizamos el mundo. Ya decía Sapir-Whorf, uno de los más esenciales linguistas de nuestro tiempo, que "el lenguaje es un producto social e histórico que influye en nuestra percepción de la realidad por su capacidad para condicionar el pensamiento y determinar nuestra visión del mundo".

Lo que sí está claro es que convertir esa conciencia en un estado policial puede traer nuevos perjuicios.

No como la era Trump 

No se trata, por supuesto, de regresar a la era Trump, en la que una suerte de irreverencia privilegiada comenzó a hablar en clave de insulto aduciendo cierto hartazgo de lo políticamente correcto. Una tendencia que terminó por dividir como nunca a la sociedad estadounidense, vulnerando como siempre a los más vulnerables.

Quizás y como decía en 1964 el presidente Lyndon B. Johnson hay “hacer las cosas que deben hacerse, no porque sean políticamente correctas, sino porque son correctas”.

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