CORRECCIÓN: Una pequeña ciudad ubicada en medio de la guerra se prepara ante el avance de los rusos

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Yuri Karapetyan, a la izquierda, alcalde de la ciudad de Komyshuvakha, observa una vivienda destruida en Orihiv, Ucrania, el 26 de abril de 2022. (Lynsey Addario/The New York Times)
Yuri Karapetyan, a la izquierda, alcalde de la ciudad de Komyshuvakha, observa una vivienda destruida en Orihiv, Ucrania, el 26 de abril de 2022. (Lynsey Addario/The New York Times)

ORIJIV, Ucrania — En un campo de batalla que cada vez se vuelve más volátil, encajonada entre el frente ruso y el ucraniano, la pequeña ciudad de Orijiv, en el sureste de Ucrania, constantemente está bajo fuego, y Tamara Mikheenko, una de las pocas habitantes que sigue ahí, rara vez sale del sótano de su casa.

“Todo el tiempo en los sótanos, en la noche, bajo fuego”, dijo Mikheenko, de 70 años, mientras otra explosión resonaba afuera. “Da mucho miedo, como un rayo, todo se destruye, la casa se está deshaciendo”.

Entre llantos terribles, Mikheenko tenía dificultades para hablar, pero el martes les rogó a los líderes mundiales, incluyendo a los presidentes de Estados Unidos, Rusia y Ucrania, que hicieran lo necesario para detener la brutalidad; al mismo tiempo que las fuerzas rusas parecían preparar una ofensiva a gran escala que, según las autoridades, podría avasallar Orijiv en los próximos días.

“Pónganse de acuerdo para detener esta locura”, comentó.

La noche anterior, una explosión había devastado la casa desocupada de al lado, sacudiendo fuertemente el sótano oscuro donde Mikheenko se escondía.

Orijiv yace en una pequeña constelación de ordenados pueblos agrícolas que se encuentran justo en el camino de las tropas rusas que avanzan desde el sur y el este. Las autoridades ucranianas creen que las fuerzas rusas se están preparando para abrirse paso e intentar expandir una franja de territorio que tomaron los primeros días de la guerra.

Los bombardeos a lo largo de este frente se han intensificado en los últimos días y en toda la región las fuerzas ucranianas están cavando nuevas trincheras y fortificando posiciones.

Vitaliy Kononenko en la habitación de su hijo la mañana después de que su casa nueva fuera alcanzada por un proyectil en la ciudad de Orijiv, Ucrania, situada en el frente de batalla, el 26 de abril de 2022. (Lynsey Addario/The New York Times)
Vitaliy Kononenko en la habitación de su hijo la mañana después de que su casa nueva fuera alcanzada por un proyectil en la ciudad de Orijiv, Ucrania, situada en el frente de batalla, el 26 de abril de 2022. (Lynsey Addario/The New York Times)

Es en estos pueblos, en los que aún habitan cabras, vacas y pollos pero cada vez menos personas, donde se está librando la fase actual y decisiva de la guerra. Luego de que Vladimir Putin fracasó al intentar tomar la capital, Kiev, y como se enfrenta con una resistencia que sigue siendo impenetrable en la costa ucraniana del mar Negro, el presidente de Rusia ha dirigido el vigor restante de su Ejército contra las fértiles llanuras al este del río Dniéper y algunas ciudades importantes que le son claves.

Las fuerzas rusas ya han engullido casi el 80 por ciento de la región del Donbás, así como un listón de tierra que conecta el territorio ruso con la península de Crimea, la cual Putin se anexó en 2014. Una por una, las ciudades al sur y este de Orijiv han caído en manos de los rusos.

Las fuerzas ucranianas, principalmente de la 128.ª Brigada de Asalto a la Montaña, están ahora atrincheradas en las zonas boscosas alrededor de estos pueblos y de los vastos campos de trigo y girasoles que cultivan sus habitantes. Los soldados de la brigada dicen que se están preparando para detener la esperada ofensiva rusa e incluso para hacer retroceder el frente ruso.

Pero si también Orijiv cayera, las fuerzas de Putin tendrán el camino casi despejado hacia la gran metrópolis industrial de Zaporiyia, a menos de 64 kilómetros. La población en esta ciudad antes de la guerra era de 750.000 pero ha crecido debido a la llegada diaria de evacuados de los territorios cercanos que tomaron los rusos, como la asolada ciudad portuaria de Mariúpol.

En Zaporiyia la sensación de peligro inminente está en el aire. Las sirenas de ataque aéreo suenan ahora varias veces al día y el hospital militar está lleno de tropas que llegan del frente con heridas espantosas.

El martes, el Ejército ruso lanzó un ataque con misiles contra objetivos dentro de la ciudad, los cuales casi alcanzaron su central nuclear, la más grande de Europa cuando está en pleno funcionamiento, según las autoridades. Los proyectiles alcanzaron un servicio público de la ciudad, matando a una persona, aunque el gobierno local no dio más detalles.

Desde el comienzo de la guerra el 24 de febrero, no ha habido muchos ataques con misiles en Zaporiyia. Pero ese no es el caso de Orijiv. La ciudad está a casi 5 kilómetros del frente ruso y hay bombardeos a todas horas, pero se intensifican en las tardes. En la noche del martes fueron atacadas varias casas, entre ellas la del vecino de Mikheenko, Vitaliy Kononenko.

“Esto es lo que nos ha traído el mundo ruso”, comentó Kononenko mientras inspeccionaba un agujero en la fachada de su casa. En el interior, los paneles de plástico del techo se habían derretido y la piel de un oso de peluche grande colocado en la ventana de la habitación de un niño estaba chamuscada.

La casa, que según Kononenko había terminado de construir recientemente, habría ardido hasta los cimientos si el hijo de Mikheenko, Aleksandr, no hubiera salido corriendo del sótano para apagar el fuego.

El alcalde de Orijiv, Anatoliy Khvorostyanov, señaló que es un milagro que no se hayan registrado víctimas humanas en la ciudad a pesar de los constantes bombardeos. Esto se debe en parte a la decisión tomada desde el principio de evacuar al mayor número posible de personas. En la actualidad, solo queda un 30 por ciento de la población de 20.000 habitantes que había antes de la guerra, dijo.

Algunos de los que siguen en la ciudad, como Mikheenko, se refugian en sus sótanos, pero no todos lo hacen. El martes, entre las pulcras casas unifamiliares había uno que otro residente que se afanaba en su jardín florido. Los sonidos de los disparos, aparentemente prácticas de tiro, sonaban a la distancia.

Denisov no se ha movido de lugar y se niega a dejar su oficina en el edificio color durazno del Ayuntamiento. Dijo que lo necesitaban para ayudar a defender Zaporiyia, lo cual no es una labor sencilla pues la ciudad de 251 años alguna vez formó parte de varias rutas comerciales y tiene al menos siete vías de comunicación.

“Ahora tenemos que bloquearles el paso a nuestros huéspedes indeseados”, explicó. “Esa es nuestra tarea principal. No nos rendiremos”.

Las ciudades cercanas al frente ucraniano en el sureste son como hitos que van marcando el avance de las fuerzas rusas. Polohy, a casi 40 kilómetros al este de Orijiv, ya está bajo el control de los rusos.

Al noroeste se encuentra Komyshuvakha, de la que el Ejército ruso estuvo peligrosamente cerca hasta hace unas dos semanas, cuando los defensores ucranianos los hicieron retroceder. El martes, el drama más grande del día fue cuando una vaca negra y blanca se escapó del patio de Natalia Novitskaya.

Pero los estragos de la guerra aún eran evidentes. En la casa de Novitskaya hay un cráter tan grande en el que podría caber un auto pequeño. Novitskaya contó que el impacto de la bomba, que cayó el 16 de marzo, hizo explotar las ventanas provocándole una concusión a su hijo.

Los lugareños también mostraron los restos de lo que parecían ser armas incendiarias que habían hecho caer sobre sus casas y campos los primeros días de los combates.

A pesar de la relativa calma que se percibe estos días, los funcionarios y los residentes de Komyshuvakha se están preparando para el regreso de los rusos. El martes, las retroexcavadoras estaban cavando nuevas trincheras a ambos lados de la carretera y los soldados se abastecían de alimentos en el mercado local.

“No sabemos qué traman, pero nos estamos fortificando”, afirmó Yuriy Karapetyan, el alcalde. “Nos estamos preparando para lo peor y resistiremos hasta el final”.

© 2022 The New York Times Company

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