Coronavirus: "Hay que ser honesto con lo que se sabe y lo que no se sabe sobre las vacunas contra el Covid-19", plantea una reconocida bioética

LA NACION
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Tiene décadas de experiencia en controversias sobre salud pública. Encabezó la investigación que encargó el presidente Bill Clinton -una especie de "Nunca más"- sobre los experimentos realizados secretamente con niños, pacientes, prisioneros y embarazadas durante las décadas del 40 y el 50 en los Estados Unidos. Fundó y dirigió durante 20 años el prestigioso Instituto Berman de Bioética. Es profesora de Bioética Médica en la Universidad Johns Hopkins, la institución de Baltimore que ganó celebridad este año por su monitoreo de datos sobre el Covid-19. Pero Ruth Faiden mantiene su curiosidad intacta.

En una charla mantenida en el medio de una agenda agitada, la académica se detiene en la palabra "infectadura", deslizada al pasar en una pregunta. Quiere saber más. ¿Es una acusación contra todos los científicos o contra los infectólogos, específicamente? ¿Contra los que trabajan para el gobierno o en general? "Interesante, mándeme información, por favor", musita ante una explicación algo balbuceante. El resto de la breve conversación es plácida, como fuera del tiempo. Faden ofrece largas explicaciones, menciona que la Argentina tiene profesionales muy capaces, aclara minuciosamente lo que no se sabe y lo que sí, hace recomendaciones con humildad y delicadeza. Hasta que se cumple el horario estipulado y se despide sin remilgos. Aquí, una parte de la conversación:

-¿Podría recordarnos cuáles fueron las conclusiones de la investigación sobre miles de experimentos con sustancias radioactivas que usted encabezó en 1994?

-La Comisión Presidencial tenía el propósito de investigar violaciones a los derechos humanos en investigación científica realizada con sujetos humanos en Estados Unidos. Las acusaciones fueron sustanciadas: efectivamente, se hicieron varios estudios de radiación sin conocimiento de los sujetos experimentales en los Estados Unidos. Hubo una época en que la obsesión de proteger al "mundo libre" del comunismo soviético controlaba tanto la estructura de valores de funcionarios de gobierno y científicos que hubo quienes participaron en estudios que, aún en esa época, se consideraban no éticos. (N de la R: Algunos de esos estudios científicos financiados con dinero gubernamental incluían inyecciones de plutonio a pacientes terminales en hospitales universitarios, radiación a embarazadas y prisioneros, en una época en que no existía lo que hoy se conoce como "consentimiento informado").

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-¿Cree que esos experimentos quedaron en el pasado? ¿Podrían las inmunizaciones masivas que se realizan en Rusia y China con vacunas no probadamente seguras ni efectivas ser consideradas no éticas, como aquellos experimentos que usted investigó?

-La conexión que está haciendo es muy importante. En el contexto norteamericano, hay que decir que en los ´90 concluimos que había habido prácticas reñidas con la ética que había que cambiar. También concluimos que no anticipábamos que pudieran repetirse esas prácticas en la escala que había acontecido en las décadas del 40 y el 50, debido a los avances en las regulaciones de la investigación científica. La única excepción a esto son las investigaciones conducidas en secreto. De hecho, los experimentos más preocupantes que revisamos en ese entonces eran clasificados. Persiste aún la cuestión de si es posible que se estén realizando experimentos en secreto. Tenemos un compromiso presidencial de Clinton de que esto no será permitido de nuevo en los Estados Unidos. Personalmente, no me siento inclinada hacia las conspiraciones y no tengo ninguna razón para sospechar que se estén haciendo actualmente experimentos secretos de este tipo en los Estados Unidos ni en ningún país con compromiso democrático. De modo que no estoy muy preocupada por ese tema, pero reconozco que es un territorio digno de investigación. En cuanto a las vacunaciones en Rusia y China, no están siendo realizadas en secreto, por lo que implican una dinámica muy diferente.

-¿Es ético probarlas masivamente antes de saber si funcionan?

-No sabemos cuánta gente está siendo inyectada y otras cosas, pero es importante decir que no están siendo ensayadas en secreto, sin que la gente vacunada sepa lo que le están dando. Sí sabemos que las vacunas chinas y rusas están avanzando con mucha menos evidencia que la requerida habitualmente para vacunar potencialmente a millones y sin posibilidad de escrutinio público de los datos. Lo que me preocupa mucho es que, cuando se ofrezca en todo el mundo una vacuna que sí ha sido probada y aprobada mediante un cuidadoso proceso, la gente se confunda y dude.

-En la Argentina se hicieron anuncios de compra de millones de dosis de la vacuna rusa y hay una controversia sobre el anuncio político de inmunizaciones no probadas. ¿A qué habría que estar atentos?

-Es una época para que las personas que entienden en el tema, incluidos los periodistas, estén mirando con mucho cuidado los datos, las afirmaciones de gobiernos, las relaciones que existen entre las compañías y los funcionarios que decidirán las aprobaciones de vacunas, los aparatos políticos del Estado desesperados por mantener el orden regular. No sé cómo es la cuestión regulatoria en la Argentina, pero sé que tienen muchos expertos talentosos. Puedo decir que, en Estados Unidos, siempre preguntamos cómo se comparan los procedimientos de emergencia para autorizar vacunas Covid-19 con los que se realizan habitualmente. Preguntaría cuál es el procedimiento ordinario para aprobar una vacuna y vería qué diferencias hay ahora.

-El ministro de Salud de la Argentina dijo que firmó acuerdos de confidencialidad con ciertas compañías de vacunas, de modo que hay cosas que no se saben hoy.

-En algún momento se sabrá cuáles son esas compañías con las que se hicieron acuerdos bilaterales. Una cosa es hacer preacuerdos para comprar dosis y otra, cuando estén disponibles. Lo que quiero subrayar es que se puede justificar una aceleración del proceso de autorización de vacunas, pero hay que analizar las justificaciones para desviarse del estándar regulatorio, para qué se hace, y qué salvaguardas se pueden implementar para proteger el interés del público. Que el proceso de autorización sea diferente en una pandemia no quiere decir que no sea aceptable o que sea inseguro. Pero requiere una explicación de por qué y cómo se hace, además de establecer garantías de seguridad.

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-En la Argentina surgió en estos meses el neologismo "infectadura" como una referencia a la dictadura de los infectólogos, lo cual sorprende porque los infectólogos gozaban de gran prestigio en el país. Incluso se hicieron varias manifestaciones en las calles con carteles contra la "infectadura", demostraciones públicas similares a las que se ven en países europeos donde mucha gente protesta contra las limitaciones impuestas por la salud pública. ¿Cómo ve este fenómeno disparado por las cuarentenas?

-Es la primera vez que escucho ese término. Si entiendo bien, por lo que ocurre también en mi país, se trata de una parte de la población que está cansada de los técnicos y científicos que, según ellos perciben, son responsables de las medidas draconianas que interrumpen su vida cotidiana. Lo que puedo decir es que la expertise en salud pública es clave para pensar en cómo contener la pandemia, pero la pandemia está afectando todos los niveles de la vida. No sólo está generando una enfermedad terrible que puede afectar en forma persistente a las personas -los "long haulers"- y provoca tragedias familiares sino que también impacta en la economía, interrumpe la educación, impide la celebración de comuniones, casamientos, entierros, rituales de la cultura. Hay que tomar todas estas dimensiones en consideración. Hay quienes piensan que al controlar el tema sanitario médicamente, el resto se va a arreglar. Pero el asunto es más complicado. Puedo comprender totalmente la frustración y hasta el enojo de la gente que ve su vida completamente interrumpida. Pero si las vacunas demuestran ser efectivas y seguras, y están disponibles para suficiente cantidad de personas, empezaremos a ver un fin a esta situación.

-Entonces ¿usted cree que la desconfianza pública se podrá superar?

-Cuando nos pidieron en 1994 que hiciéramos la investigación sobre los experimentos humanos con radiación, nos dijeron explícitamente que contáramos la verdad para recuperar la confianza pública.

-¿Cómo se puede lograr eso hoy?

-Es un desafío difícil, no hay recetas simples, pero puedo decir qué cosas destruyen la confianza: el secreto; las falsas promesas que no pueden cumplirse; el decir una cosa y al mismo tiempo la opuesta; la incapacidad para conectarse con distintos públicos, de diferentes religiones, viejos y jóvenes, mujeres y hombres, ricos y pobres, de distintas ideologías políticas e identidades. Sólo tendremos una oportunidad de hacerlo bien. Hay dos elementos a tener en cuenta. Por un lado, en todo el mundo hay gente estresada durante meses, escéptica y con miedo. Por otro lado, la gente quiere dejar todo esto atrás. Si la vacuna es honestamente evaluada como eficaz y relativamente segura para el uso público, tendremos la oportunidad de recuperar la confianza y parte de la vida que teníamos. Pero es preciso ser honesto sobre lo que se sabe y lo que no.

-¿Podrá la gente elegir qué vacuna recibir contra el Covid-19?

-No habrá mucho para elegir al principio. Los países tendrán que aceptar las vacunas autorizadas que estén disponibles y controlar las que se aplicarán a su población. Hay muchas cosas que no se saben todavía. No sabemos si habrá un mercado privado. Lo que estamos viendo en este momento es que los gobiernos están haciendo acuerdos bilaterales con compañías. Y sabemos que las vacunas distribuidas mediante el mecanismo Covax de la Organización Mundial de la Salud (OMS) serán rigurosamente evaluadas. Todavía no sabemos cuáles serán efectivas y seguras, pero lo que sí podemos decir es que las vacunas chinas y rusas no están incluidas en el portfolio de Covax.