El coronavirus obliga a los estudiantes extranjeros a elegir entre irse o quedarse

Alexandra Stevenson
Esma Dallakyan, estudiante de maestría de Armenia, al centro, cruza una calle en Pekín, el 31 de enero de 2020. (Yan Cong/The New York Times)

HONG KONG — Por correo electrónico y mensajería instantánea llegaron avisos de casa a los campus de todo el país: salte de China ya.

Dexter Lensing obedeció. China acababa de ser atacada por un nuevo coronavirus que hasta ahora ha matado a más de 1300 personas y prácticamente ha detenido toda actividad en el país. Este estudiante de doctorado era uno de casi medio millón de estudiantes extranjeros que estaban estudiando en universidades chinas y han tenido que elegir entre irse o quedarse.

Desde hace décadas, estudiantes como él han tendido puentes para el idioma, la política y la cultura de China y de esta forma han contribuido a acortar la distancia entre China y el resto del mundo. En el caso de Lensing, se sintió atraído a China por su sistema político opaco, en el que las decisiones se toman tras bambalinas y la gente en el poder va y viene debido a las fluctuaciones de las intrigas palaciegas típicas de Pekín.

Ahora Lensing es uno de quizá miles más que se están preguntando cuándo tendrán otra oportunidad para volver a estudiar en China, si es que la vuelven a tener.

“No sé si alguna vez me he sentido tan decepcionado en mi vida”, dijo Lensing, de 33 años, quien ahora está en Belmont, Carolina del Norte, con su hermana. Cursa su último año académico en la Universidad Estatal de Georgia y le preocupa que no vaya a tener la oportunidad de regresar. Dijo que sus posesiones más preciadas están en un dormitorio en Harbin, una ciudad en el norte de China.

El coronavirus, que ha matado a más de 1300 personas en China, ha cortado temporalmente los lazos entre el país y la comunidad global. Para muchos estudiantes chinos que están en el extranjero, eso significa preocupación por sus familiares en casa y, en algunos casos, soportar atención indeseada de parte de sus compañeros de clase.

Para muchos extranjeros que estudian en China, el brote ha congelado o incluso acabado con sus oportunidades de estudiar un país vasto y complicado. Este aislamiento forzado surge en un momento delicado de las relaciones de China con el mundo, pues el país ambiciona presentarse como un contrapeso a la influencia global de Estados Unidos.

El efecto podría ser particularmente significativo en lo que se refiere a Estados Unidos. Muchos de los jóvenes estudiantes de dicho país que viajaron a China en los años ochenta cuando China comenzó a abrirse se volvieron periodistas, líderes en los negocios y políticos que ayudaron a conectar ambos países.

Pero los intercambios estudiantiles ya estaban disminuyendo, y los convenios educativos han sufrido la presión de temas geopolíticos y de libertad de expresión. El número de estudiantes estadounidense en China fue de 11.600 en 2018, una disminución de más de 2 por ciento en comparación con el año anterior.

“Es una metáfora de la desvinculación que está ocurriendo en el ámbito de la alta tecnología, el comercio y la inversión, aunque por distintas razones”, afirmó Orville Schell, director del Centro para las Relaciones entre Estados Unidos y China en la organización Asia Society. “Todas esas tendencias representan una desgarradura en el tejido que estaba creando un panorama más cosmopolita en China”.

No todos los estudiantes han huido. Algunos se quedaron atrapados, como un grupo de estudiantes y maestros nigerianos en las universidades de Wuhan, China, el epicentro del brote. El gobierno de Pakistán ha dicho a otros 800 estudiantes que permanezcan en Wuhan por temor a que el sistema de salud de su país no pueda lidiar con su regreso.

Algunos, como Kathy Song, decidieron quedarse. Song, que estudia una doble licenciatura en ciencias sociales y estudios de China en la Universidad de Nueva York en Shanghái, se ha establecido con su tío, tía y primo pequeño, que viven en Pekín.

Song, de 19 años, quien habla mandarín y lo practicaba durante las vacaciones de verano en China cuando visitaba a sus familiares, decidió estudiar en China porque cree que, como mujer china nacida en Estados Unidos, puede ayudar a disipar ideas erróneas en ambos lados.

“China es el país en desarrollo más grande del mundo”, dijo, “y creo que su relación con Estados Unidos será una de las más importantes para este siglo”.

Los que se fueron de China no pueden hacer mucho más que esperar.

“Vivo lejos, y no es fácil comprar boletos y planear cuándo volver a China”, dijo Diego Rocha, de 31 años, quien está en el segundo año de un programa de maestría en administración de empresas de la Universidad Tsinghua en asociación con el Instituto Tecnológico de Massachusetts.

Rocha, quien ahora está en su hogar en São Paulo, Brasil, dijo que, si se retrasa la graduación en la primavera, tendrá más dificultades para obtener una visa para quedarse en China y encontrar un empleo ahí. Durante el semestre final, los estudiantes de negocios trabajan en una empresa local, algo que ahora está en riesgo de no suceder.

Algunos estudiantes ya sabían cómo era el historial de China con los brotes de enfermedades. Los funcionarios del gobierno ocultaron al inicio el brote del SRAS hace 17 años, lo cual provocó que se propagara más el virus y suscitó cuestionamientos sobre la transparencia de Pekín en asuntos de seguridad mundial.

Kerrie Wong, de 33 años, está en el segundo año de su maestría en la Universidad Tsinghua, con Rocha. Al igual que él, ella se quedó en China después del primer año de estudio, aunque no es obligatorio.

Pero el 1.° de enero, cuando solo había algunos pocos reportes de personas enfermas, su madre llamó desde Boston.

“Ella me dijo que tenía que irme ya”, mencionó Wong. Ella y sus padres habían vivido en Hong Kong durante la crisis del SRAS, que causó la muerte de casi 300 personas en esa ciudad semiautónoma de China. Ella salió de Pekín el 7 de enero.

Tendrá que regresar a China para la defensa de su tesis, que originalmente estaba programada para abril o mayo. Aun así, no se arrepiente de su decisión.

“El peor temor, como extranjera, cuando las noticias no son tan transparentes como las noticias occidentales, es que siempre habrá un retraso en la información”, comentó.

“Más vale prevenir que lamentar”.

This article originally appeared in The New York Times.

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