Coronavirus: por qué los norteamericanos parecen insensibles a la dramática cifra de muertos

LA NACION
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WASHINGTON.- Cuando Todd Klindt tuvo que enterrar a su padre, se quedó pasmado: algunos de los asistentes al funeral de un hombre muerto por coronavirus llegaron sin barbijo. Pocos días antes, Klindt estaba sosteniendo la mano de su padre en la unidad de terapia intensiva del hospital.

Ahora, al observar a los asistentes al entierro, gente que actuaba como si el mundo no estuviera en llamas, como si la gente no muriera de a miles por día, lo que quería era gritar: "¿No lo ven? ¡Acá lo tienen!". "No lo podía creer", dice Klindt, oriundo de Iowa". ¿No les entra en la cabeza lo que está pasando?"

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En Estados Unidos cunde la muerte y al mismo tiempo nadie la ve. Seguimos diariamente su avance a través de gráficos y curvas de muertos, prestamos atención cuando muere algún conocido nuestro, o alguien famoso, pero gran parte de los norteamericanos seguimos como si nada, coordinando planes para las fiestas, cuestionando la obligatoriedad del barbijo, discutiendo sobre la gravedad del virus, si es un fraude o no.

Frente a uno de los eventos de muerte masiva más grandes de la historia de Estados Unidos, los expertos dicen que los norteamericanos están cada vez más insensibilizados ante la muerte, ante la tragedia que representa, y ante las acciones que hay que tomar para dar respuesta a la crisis.

Los psicólogos que han estudiado los genocidios y otras catástrofes humanas masivas dicen que cuando el número de víctimas alcanza números tan inmensos, en el cerebro humano pasa algo. Las víctimas se convierten en una montaña de cadáveres tan grande que cuesta enfocarse en el costo de una pérdida individual. Con el coronavirus en particular, dicen los expertos, la muerte queda oculta a los ojos de amigos y familiares, y el costo humano queda secuestrado en hospitales y hogares de ancianos.

"A veces pienso, ¡Si los demás pudieran ver lo que veo yo todos los días!", dice Joan Schaum, enfermera de un hospital de cuidados paliativos que se ha pasado el año viendo morir gente, en la localidad de Lancaster, Pensilvania. "Y otras veces me digo que nadie debería tener que ver la cantidad de sufrimiento y muerte que hay en este momento", dice Schaum. "Eso te cambia para siempre, no se te va más."

En 1994, en Ruanda, cientos de miles de personas fueron asesinadas en el espacio de semanas por soldados y milicias de un grupo étnico rival. La respuesta de Estados Unidos y gran parte del mundo fue encogerse de hombros. Más tarde, el presidente Bill Clinton reconoció que no haber actuado era uno de sus grandes arrepentimientos.

Desconcertado por esa apatía, un psicólogo llamado Paul Slovic comenzó a realizar experimentos para comprender mejor la reacción de las personas ante el sufrimiento masivo y la muerte. Y lo que descubrió era preocupante.

A los participantes de su estudio se les mostraba la foto de una niña de siete años muriendo de hambre y se les pedían donaciones para ayudarla. A otro grupo se les mostraban dos niños famélicos, y luego grupos aún más grandes de niños con hambre. Slovic descubrió que la angustia de las personas no aumentaba con la cantidad de niños en peligro, sino que por lo general iba disminuyendo.

"De hecho, cuanta más gente muere, a veces menos nos importa", dice Slovic. En mayor número, la muerte se vuelve impersonal y la gente duda más de que sus acciones puedan ayudar en algo. "Las estadísticas son seres humanos a los que ya se les secaron las lágrimas", dice Slovic. "Y eso es peligroso, porque las lágrimas son necesarias para motivarnos."

Con el coronavirus y sus más de 300.000 muertos en Estados Unidos, muchos de nuestros instintos más fuertes están operando en nuestra contra, dicen los expertos.

"Pensemos en los desastres que lograron captar la atención nacional. Nos golpea un huracán como Katrina, los equipos de noticias muestran la devastación, y la gente abre sus billeteras", dijo Lori Peek, directora del Centro de Riesgos Naturales de la Universidad de Colorado. "Pero una pandemia no es un evento listo para las cámaras, como Katrina".

En vez de un único evento, como el colapso de las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001, la pandemia se desarrolla como un peligro crónico, invisible y lento. Con el paso del tiempo, nuestros cerebros se van desconectando gradualmente del peligro.

Peek lo compara con el efecto de las olas de calor, que matan a más personas en Estados Unidos que todos los demás desastres naturales juntos. "Pero nunca se habla tanto de las olas de calor, porque es algo gradual. No ves a la gente trepada a los techos, como con Katrina. Ni hay casas ardiendo en llamas, como con los incendios forestales."

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Según los psicólogos, sin manifestaciones visuales y físicas de esas muertes, las alarmas en nuestras cabezas no suenan. Como no vemos esas muertes, tampoco vemos su conexión con nosotros ni nuestro rol para impedir que sigan aumentando. Así es como se ve de cerca la muerte provocada por esta pandemia: los pacientes se ponen pálidos porque el cuerpo no logra absorber nutrientes. La piel se les cubre de manchas color rojizo, a medida que el corazón bombea cada vez menos sangre a las partes del cuerpo que la necesitan.

La habitación suele estar ominosamente vacía: las enfermeras y médicos tratan de minimizar el riesgo de contagio. La única constante es el zumbido bajo y permanente del compresor de oxígeno que lleva aire a las fosas nasales del paciente. En ese vacío silencioso, las últimas respiraciones de los pacientes se magnifican.

"Lo más difícil es la soledad del final", dice Schaum, enfermera de Hospice & Community Care, un centro de cuidados paliativos de Lancaster, Pensilvania. Schaum levanta los pies de los pacientes moribundos para aliviar la presión que sienten en los talones, y les humedece con agua los labios, que cuando ya han dejado de comer y beber se les secan constantemente.

Pero hasta esas interacciones son limitadas: se supone que Schaum no debe superar los diez a 15 minutos de contacto directo con los pacientes durante los controles diarios. Así que a dos metros de distancia les habla tanto como puede, incluso cuando ya no responden, con la esperanza de que sientan su presencia.

"Se hace todo lo posible para que no se sientan solos", dice. "Pero es difícil explicar lo solos y aislados que están". A veces, hay un miembro de la familia presente y se le permite ingresar durante los momentos finales del paciente. Pero muchos pacientes son tan ancianos que sus hijos pertenecen a grupos de riesgo.

Hace unos días que Schaum está ayudando a los hijos adultos de una mujer de 80 años a decidir si pueden verla sin correr riesgo ellos mismos. "Hay tanta culpa, tanta desesperación e impotencia". Cuando las familias no pueden estar presentes, a veces es Laura Carey, trabajadora social del mismo centro, la que se sienta con los pacientes de Covid-19 durante sus últimos momentos de vida.

Carey dice que es muy frustrante intentar sostener la mano de un paciente a través de una capa de barbijo, protector facial, guantes y bata, sin poder hacer contacto piel con la piel, que normalmente se usa para reconfortar a los moribundos.A medida que las manos de los pacientes se enfrían y pierden sensibilidad, Carey les coloca su mano sobre un hombro o la cabeza, para que sepan que hay alguien junto a ellos. Les dice que ha hablado con sus familias, y que todos le envían su amor.

Y ahí se queda en silencio, a medida que la respiración se hace más lenta, más corta e irregular, hasta que se detiene.

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Desde la muerte de su padre, Klindt lucha por reconciliar su ira y su dolor con la apatía que encontró en la pequeña ciudad de Iowa donde creció. En uno de los partidos de fútbol de sus hijos, un chico se presentó a jugar a pesar de que un miembro de su familia inmediata había dado positivo. "Me tuve que ir, porque en ese momento no tuve fuerza emocional para lidiar con esa situación", dice Klindt.

Uno de sus amigos de toda la vida viene argumentado desde hace tiempo que el coronavirus no es peor que la gripe. Klindt le señaló que nadie que conozcan ha muerto de gripe. Desde que murió su padre, prefiere evitar a su amigo. "No respondo de mí mismo y temo perder los estribos", dijo Klindt. "Pero no quiero perder la relación, así que prefiero no escucharlo".

The Washington Post

(Traducción de Jaime Arrambide)