Coronavirus: En un mes, se registraron 1215 casos en las escuelas de CABA

Nora Bär
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En las escuelas de la ciudad, según cifras oficiales, el 60% de los contagios se dieron entre docentes y el 40% restante, entre alumnos
Tomás Cuesta

Con un escenario de aumento vertiginoso de casos detectados (en especial, en el Área Metropolitana de Buenos Aires, que registra alrededor del 70% de las nuevas notificaciones), volvió a ponerse en discusión el rol de las clases presenciales en el crecimiento exponencial de la curva pandémica. Un indicador indirecto que despierta preocupación es que en las últimas semanas los rangos de edad en los que más crecen los contagios en todo el país son los de 0 a 9 y 10 a 19 años.

Fue imposible obtener datos del sistema “CuidAR Escuelas”, la plataforma digital que presentó el titular del Ministerio de Educación de la Nación hace dos semanas para cartografiar la situación de los establecimientos de enseñanza. Pero de acuerdo con cifras oficiales del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, tras un mes de clases presenciales, entre las 700.518 personas que asisten o trabajan en establecimientos educativos, se registraron 1215 casos de Covid, es decir que se positivizaron en promedio el 0,17% de los casos. El 60% se dieron entre docentes y el 40% restante, entre alumnos. En ese lapso, fue necesario aislar preventivamente 494 burbujas (que representan un 1,09% de las burbujas totales).

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Otros relevamientos, encarados por sindicatos o asociaciones docentes, arrojan resultados dispares. El que realizó la Asociación del Magisterio de Rosario (en 150 establecimientos) sugiere que el 20% de los establecimientos relevados tienen casos de Covid, el 42% tienen burbujas aisladas, y de las personas con síntomas, el 41% son alumnos y el 39%, docentes.

Otro, realizado por el Sindicato Docente de Escuelas Privadas (Sadop) de la misma ciudad, informa un total de 230 personas aisladas por Covid (34,48% de los positivos son docentes y 20,69%, alumnos).

Por su parte, la investigadora del Conicet e historiadora de la educación Romina de Luca, detectó hasta el 30 de marzo 1018 casos en todo el país mediante un registro iniciado por el Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales (Ceics) y la Corriente Nacional Docente Conti Santoro. “Tenemos un link en el que se puede cargar esa información y luego la chequeamos –explica De Luca–. Estos 1018 casos son apenas una muestra, porque es información voluntaria de los docentes y familias. De acuerdo con nuestras estimaciones, un 7% de las escuelas reportaron casos, y los contagios están creciendo semana a semana”.

Diecisiete millones de personas

Según la especialista, el sistema educativo nacional moviliza a más de 10.500.000 alumnos en la modalidad común (sin incluir el nivel superior no universitario que recién se está iniciando o va a mantener sistema de “cursada” virtual). A esto se suman 107.000 estudiantes en la modalidad especial, 1.376.000 en la modalidad técnica, y 756.800 en primaria y secundaria de adultos. Es decir, que grosso modo el sistema educativo moviliza 11.500.000 estudiantes más 1.458.000 docentes y no docentes. Si a esto se le suman madres y padres encargados de llevar y traer a los más chicos, el total de personas involucradas en las clases presenciales alcanza a unos 17 millones.

“Tal vez el número [de casos] parezca pequeño, pero hay que destacar que por el sistema de burbujas no están afluyendo a las escuelas estos 11.500.000 todos juntos, sino de forma escalonada –dice De Luca–. Dos o tres días a la semana o en semanas intercaladas. Hay que tener en cuenta que en las escuelas se concentran 15 personas en 40 metros cuadrados durante tres o cuatro horas respirando el mismo aire. Luego, la mayoría utiliza el transporte público; sabemos que está colapsado y es uno de los principales focos de contagio”. La científica, además, dice que esta presencialidad aporta poco, ya que el alumno está recibiendo la mitad de los contenidos y del tiempo de clase.

“En el país, por lo menos 4.300.000 niños y niñas carecen de una computadora o tablet para uso escolar exclusivo –destaca–. El Ministerio prometió repartir 500.000. Así, lo que menos vamos a hacer es resolver la desigualdad educativa. Habría que contratar más docentes, reducir grupos para hacer un seguimiento personalizado… pero eso no está en carpeta”. Y opina que las clases deberían suspenderse hasta que se haya avanzado con la vacunación masiva.

Pero muchos no están de acuerdo. Gabriela Barbás, secretaria de Epidemiología del Ministerio de Salud de Córdoba, afirma que de acuerdo con lo que ven en esa provincia, los contagios no están vinculados ni con los puestos de trabajo ni con las escuelas. “Se producen en las reuniones sociales y familiares, los cumpleaños fuera del horario escolar… –dice–. Por eso no tuvimos brotes en las escuelas, no tuvimos que cerrar ninguna. Sí se detectaron casos, que llevaron a que se active el protocolo, a que se aíslen las burbujas, etcétera, pero no generados dentro de la institución escolar”.

Para la especialista, la presencialidad puede mantenerse si se acompaña de conductas responsables de prevención. “¿Qué nos pasa como sociedad –se pregunta–? No comprendemos que no podemos juntar a chicos de distintas burbujas, no estamos entendiendo el concepto de vivir en pandemia. Cualquier medida que se tome, si no se acompaña con mayor control, mayor responsabilidad individual, no tendrá ningún impacto”, destaca.

Desde el punto de vista pedagógico, la doctora en Ciencias de la Educación por la Universidad de Columbia, Melina Furman, reconoce que el tema es complejo, pero está a favor de que siga la presencialidad cuidada. “Lo que se está haciendo me parece que está funcionando bien –afirma–. Interrumpir por algunas semanas para detener un poco la circulación puede tener costos educativos muy altos, porque haber logrado esta primera continuidad pedagógica de los chicos que el año pasado no fueron en todo el año a la escuela está resultando muy difícil para los docentes. Obviamente, no son decisiones fáciles, pero trataría de dejarlo para lo último de lo último. Sobre todo, porque sabemos que hay muchísimos chicos que no tienen cómo conectarse y que son aquellos a los que les está costando más ponerse al día”. Se calcula que en el país un 37% de los estudiantes no tienen dispositivos electrónicos para conectarse con su escuela en forma virtual.

Evitar posiciones extremas

Sol Minoldo, investigadora del Conicet y asesora del Centro de Operaciones de Emergencia (COE) de Córdoba llama a dejar de lado posiciones extremas. “Por un lado, la enorme importancia de la presencialidad no se pone en disputa por una interrupción transitoria –subraya–. Tenemos un horizonte concreto: completar la vacunación de los grupos con mayor riesgo de perder la vida. No olvidemos que en los sectores más vulnerables se da un conflicto de intereses: sin presencialidad puede haber mayor reducción de escolaridad, que sería un efecto indeseable pero transitorio. Pero por otro lado, esos chicos son quienes más riesgos tienen de contagiar a un familiar y perderlo (por la convivencia de grupos familiares más amplios y por el hacinamiento en los hogares). La escuela puede ser un espacio de detección de violencia intrafamiliar, pero tampoco idealicemos su papel (esas situaciones son en general estructurales y están lejos de resolverse rápidamente porque se “detecten”en la escuela)”. Minoldo propone plantear un esquema de escolaridad semipresencial, trabajando en cerrar la brecha digital. También aconseja pensar estrategias territoriales para evitar el incremento del uso de transporte público.

“Para las clases medias, la presencialidad actual está lejos de solucionar el problema –agrega–. De hecho, en algunos casos puede ser incluso peor, puesto que se suspendieron las licencias para cuidadores, mientras que la escolaridad no volvió de forma plena (solo algunas horas o días). Un esquema optativo podría haber restado parte del enorme efecto de la escolaridad en la circulación, y habría permitido redirigir recursos para hacerla más segura. Por supuesto, nada de esto es ideal, pero estamos en tiempos en los que tenemos que aceptar que lo ideal no es alcanzable, de momento, y tenemos que elegir entre lo que menos dañe a la sociedad”.

Para Ana Correa, escritora y madre de un adolescente, el tema de las escuelas se encaró mal desde un primer momento. “No podemos salir del todo o nada: o todo cerrado, o todo abierto y sin protocolo –comenta–. De esta manera, se pierde el eje, que tiene que ver con la salud mental de las chicas y los chicos, y al mismo tiempo participar como comunidad de la prevención del Covid-19. El año pasado se suspendieron clases en zonas rurales sin ningún caso detectado durante meses. Hoy, se reabren todas las escuelas y en muchas no se controlan protocolos. Hay una gran mayoría de madres y padres que sabemos que no hay lugares libres de contagio, pero que consideramos muy importante que los chicos no pierdan inserción escolar, por mil razones. Es la edad en la que aprenden a vincularse, a socializar. La escuela es el lugar en el que piden ayuda en casos de violencia familiar o abusos. Hasta estratégicamente me parece más importante sumar a niñas, niños, adolescentes y mujeres a cargo de los cuidados, como actores en la prevención de la pandemia, que pensar como primera medida en encerrarlos y mantenerlos al margen. Estoy convencida de que, si en las mesas de manejo de crisis por la pandemia hubiera mujeres con tareas de cuidado, sería mucho más fácil gestionar y pensar soluciones. Cuando se trata de la escolarización, la respuesta no puede ser solo de ‘abro o cierro’”.

Un horizonte cercano

Por otro lado, estudios científicos y la experiencia internacional indican que los chicos transmiten el virus y las escuelas pueden convertirse en una vía de propagación. “Hay actividades sin importancia y de mucho riesgo, como los ‘boliches’; de poco riesgo y poca importancia, como las joyerías; de poco riesgo y muy importantes, como ciertas industrias; y de mucho riesgo y muy importantes, como las escuelas o los hospitales –analiza el químico de la UBA y el Conicet Roberto Etchenique–. Están todas las posibilidades, no solo dos. La justificación para abrir las escuelas puede ser que son importantes, pero nunca que no son riesgosas”. El científico sostiene que hay que abordar la discusión de forma honesta aceptando que aunque son un lugar donde se pueden multiplicar los contagios, igual queremos que estén abiertas.

Daniel Feierstein, sociólogo e investigador del Conicet, coincide en que la interrupción de las clases es claramente una pérdida. “Es más sensato pensar en intervenciones puntuales, en escuelas puntuales, con grupos puntuales, minimizando el riesgo, y solo interviniendo en situaciones específicas y sosteniendo la educación virtual para el resto, sobre todo, si se tiene en cuenta que las vacunas están tan, pero tan cerca”, opina. Y sugiere: “Podríamos optar por una presencialidad de un encuentro semanal, acompañando con tareas y alfabetización digital, lo cual reduciría mucho el riesgo sanitario hasta tener vacunada a la población de mayores. Es absurdo, luego de un año de educación no presencial, no esperar unas semanas nomás”.

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Para Ernesto Kofman, investigador de la Universidad Nacional de Rosario, que confiesa no tener muy claro el impacto cuantitativo de las clases presenciales en los contagios, no hay duda de que hay que reducir el contacto social y las escuelas son un factor importante (también por el impacto en el transporte y demás actividades vinculadas). Pero, afirma, “Ante la incertidumbre, si aplicáramos el principio precautorio, deberíamos revisar tanto la presencialidad en escuelas como en muchas otras actividades”.

“Para pensar este problema tenemos que tener en cuenta un par de cosas –concluye el bioinformático de la Universidad Nacional de Córdoba, Rodrigo Quiroga–. Las clases presenciales aumentan la circulación del virus. ¿Cuánto? Dependerá de cómo se cumplan los protocolos. Esto se vio en muchos países y se comprobó muy fehacientemente en el Reino Unido. Nosotros, como sociedad, aceptamos ese riesgo porque sabemos de la importancia de la presencialidad en la escuela. Por eso tenemos que optimizar y acatar lo más posible los protocolos de distanciamiento, barbijo y ventilación. No podemos sacar de la mesa esta discusión. Ahora, el riesgo en las escuelas aumenta cuanto mayor es la circulación del virus en la comunidad. Me parece que deberíamos empezar por limitar otras actividades: bares, restaurants, gimnasios, todo lo que tenga que ver con la nocturnidad. Por otro lado, ahora no estamos en la situación del año pasado. Tenemos un horizonte muy claro: la vacunación de los mayores de sesenta. En este momento, todas las medidas restrictivas que se dispongan tienen vencimiento dentro de unas semanas, o algo más de un mes”.