El coronavirus debilita la poderosa maquinaria propagandística de China

Li Yuan
Pekín está explotando sus antiguas estrategias de propaganda mientras combate el implacable brote de coronavirus, el desafío más grande a su legitimidad en décadas. (Jialun Deng/The New York Times)

Trabajadores médicos agotados con los rostros marcados por las gafas protectoras y los cubrebocas quirúrgicos que usaron durante tantas horas. Mujeres con las cabezas afeitadas, un gesto de devoción. Jubilados que donan los ahorros de su vida de manera anónima en oficinas de gobierno.

Pekín está explotando sus viejas estrategias de propaganda mientras combate el implacable brote de coronavirus, el desafío más grande a su legitimidad en décadas. Los medios estatales llenan los celulares y los canales de transmisión con imágenes e historias de unidad y sacrificio que buscan unificar a las personas para que respalden el gobierno de Pekín. Incluso, usó brevemente mascotas animadas llamadas Jiangshan Jiao y Hongqi Man, personajes que tenían como propósito despertar sentimientos patrióticos entre los jóvenes durante la crisis.

El problema para los líderes chinos: en esta ocasión, no está funcionando tan bien.

En línea, las personas critican abiertamente a los medios del Estado. Han condenado con vehemencia las historias de sacrificio individual cuando el personal médicoque atiende a los enfermos todavía carece de los suministros básicos como cubrebocas. Hicieron callar a Jiangshan Jiao y Hongqi Man. Han despreciado las imágenes de las mujeres con las cabezas afeitadas, preguntando si fueron presionadas a hacerlo y cuestionando por qué no había imágenes similares de hombres.

Una publicación de blog tenía como título “La cobertura de noticias debería dejar de convertir un funeral en una boda”.

Daisy Zhao, de 23 años, una residente de Pekín, dijo que alguna vez confió en los medios oficiales. Ahora, se enfurece con los informes que calificaron a los ocho trabajadores médicos que intentaron advertir sobre la amenaza del coronavirus como difusores masivos de rumores. Las imágenes y los videos de sus reprimendas públicas han sido ampliamente compartidos en línea.

“Los medios oficiales han perdido mucha credibilidad”, dijo Zhao.

La maquinaria propagandística de China, una operación cada vez más sofisticada que ha ayudado al Partido Comunista a mantenerse en el poder durante décadas, enfrenta uno de sus desafíos más grandes.

El gobierno tardó en dar a conocer la amenaza del coronavirus y trabajó para callar las voces de aquellos que intentaron advertir al país. Al hacerlo, socavó su pacto implícito con el pueblo, en el que entregan sus derechos individuales a cambio de la promesa de seguridad.

Para calmar la indignación pública, Pekín está decidido a crear un “buen ambiente de opinión pública”. Ha enviado a cientos de periodistas auspiciados por el Estado a Wuhan y a otras partes para difundir historias que estrujan el corazón sobre los médicos y las enfermeras en la línea de batalla, así como sobre el apoyo desinteresado por parte del público chino.

Los encargados de la manipulación a través de la propaganda tienen una dura competencia. El pueblo chino ha visto imágenes de una joven que, entre lágrimas, gritaba: “¡Mamá! ¡Mamá!”, mientras el cuerpo de su madre era llevado en un vehículo. Han visto a una mujer golpear un gong casero desde su balcón mientras rogaba por una cama de hospital. Han visto a una enfermera exhausta darse por vencida y romper en llanto.

Y todos han visto el rostro de Li Wenliang, el médico que intentó advertir a China sobre el mismo virus que lo mató.

La crisis ha expuesto a muchas personas, especialmente a los jóvenes, a los aspectos problemáticos de vivir bajo un gobierno autoritario. Tras ver las repercusiones de silenciar a personas como Li, se dan cuenta del peligro de reprimir la libre expresión. Las desgarradoras súplicas de ayuda que se han visto en línea de pacientes y hospitales, revelan la fachada de un gobierno omnipotente que dice que puede hacer cualquier cosa.

Pekín está haciendo todo lo posible para recobrar el control del discurso. Los medios estatales brindan cobertura constante de personas que entregan donaciones en las oficinas gubernamentales y después huyen antes de que alguien les pueda dar el crédito. Una compilación de titulares del estilo “entregaron donaciones en efectivo y se fueron corriendo” contenía 41 de estos.

Otras historias son protagonizadas por médicos que se unen a la línea de batalla después de afirmar cosas como: “Mamá acaba de fallecer” o la persona “acababa de tener un recién nacido”. Momento a momento, las historias suenan iguales.

En China, la admiración a los trabajadores médicos es generalizada y sincera. Sin embargo, la cobertura de los medios estatales no muestra la realidad: que muchos de esos trabajadores carecen de equipo protector. Más de 3000 de ellos se han contagiado.

“Sus sacrificios deberían ser recordados”, escribió un usuario en Weibo, una de las redes sociales más populares en China. “Deberíamos asegurarnos de que las tragedias no ocurran de nuevo, y no subrayar la idea de: ‘El sacrificio es glorioso’”.

La reacción negativa podría indicar nuevas actitudes de los jóvenes hacia el Estado.

“Durante el mes pasado, muchos jóvenes han estado leyendo en internet una gran cantidad de información de primera mano e informes detallados de los medios sobre la epidemia”, dijo Stephanie Xia, de 26 años, que vive en Shanghái. Estaban enojados y confundidos sobre lo que habían aprendido, dijo ella.

“Existe una brecha entre cómo son realmente los jóvenes y cómo el gobierno cree que son”, agregó Xia.

A pesar del creciente escepticismo, el partido del Estado cuenta con amplio apoyo popular. Aunque las personas de edad más avanzada que dependen de los medios estatales conforman la mayoría, el partido aún cuenta con el respaldo de personas jóvenes apolíticas como Lu Yingxin.

Lu dijo que se conmovió con los informes sobre los sacrificios de los trabajadores de la salud y las personas comunes que donaron dinero a Wuhan. Estaba triste sobre el fallecimiento de Li y no estaba contenta de que la policía lo hubiera acusado de difundir rumores.

Aun así, no está decepcionada del gobierno. Tiene muchas cosas con las que debe lidiar, señala.

“Incluso si digo que no confío en el gobierno, ¿qué podría hacer?”, dijo Lu. “Al parecer, no hay nada que pueda hacer”.

No hay una manera científica de medir el sentir del pueblo en China. Sin embargo, es probable que la actitud de Lu sea compartida por muchos otros y también una que el gobierno chino busca nutrir.

Para lograrlo, Pekín ha intensificado la censura en internet en las últimas semanas. Algunas cuentas de redes sociales han sido borradas o suspendidas. Desde el sábado, las plataformas en línea estarán sujetas a nuevas regulaciones que podrían asegurar límites incluso más estrictos.

A algunos integrantes de la generación más vieja les preocupa que la epidemia sea olvidada como muchas otras tragedias en China.

“Si no podemos convertirnos en un denunciante como Li Wenliang, entonces, seamos una persona que puede escuchar la denuncia”, dijo Yan Lianke, un novelista, en una conferencia en la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong en febrero.

“Si no podemos alzar la voz, entonces hablemos en susurros”, dijo Yan. “Si no podemos susurrar, entonces convirtámonos en una persona callada que recuerda y guarda recuerdos... convirtámonos en una persona con tumbas en el corazón”.

En un esfuerzo por construir una memoria colectiva, miles de jóvenes están recopilando archivos digitales de publicaciones, videos e historias multimedia en línea sobre la epidemia, los cuales han sido borrados o es probable que terminen así, para luego publicarlos en internet fuera del país.

This article originally appeared in The New York Times.

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