Coronavirus en la Argentina: ¿Por qué ya no impactan tanto las muertes diarias y se relajan los cuidados?

Federico Acosta Rainis
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Los expertos coinciden en que esta situación responde a varias causas, como el hartazgo, la pérdida del miedo al virus, la negación del riesgo, la esperanza puesta en la llegada de la vacuna y una idiosincrasia nacional alérgica a las normas
Fuente: LA NACION - Crédito: Tomás Cuesta

Mientras el repunte de casos de coronavirus empieza a encender alarmas, con más de 11.000 positivos diarios en las últimas tres jornadas de 2020, cifras que no se veían desde hacía meses, también parece aumentar el descuido respecto de las medidas básicas para prevenir contagios, como usar tapabocas, mantener la distancia y evitar las reuniones en lugares cerrados.

Es algo que empezó a finales de noviembre, tanto en el espacio público como en el privado, dice Eduardo López, infectólogo y jefe del Departamento de Medicina del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez: "Se vio en el funeral de Maradona, en las marchas políticas y de hinchas, en las fiestas clandestinas. Hay poco control del uso de barbijo, los ómnibus volvieron a llenarse en hora pico y en la Costa, durante los fines de semanas largos de diciembre, hubo muy poco distanciamiento social".

Los expertos coinciden en que esta situación que pareciera contradictoria -dejar de cuidarse cuando el riesgo aumenta- responde a varias causas, como el hartazgo, la pérdida del miedo al virus, la negación del riesgo, la esperanza puesta en la llegada de la vacuna y una idiosincrasia nacional alérgica a las normas.

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"Cuando arrancó la pandemia todo el mundo estaba asustado y por eso se aceptó de forma muy general la cuarentena. Pero a medida que pasaron los meses, se empezó a perder el miedo, apareció la necesidad de salir a trabajar, y las personas se fueron relajando -reflexiona Carlos Sica, director del Centro de Altos Estudios de Psicología Social (CAEPS)-. Cuando algo ya no nos impacta, nos acostumbramos y bajamos la guardia".

Para Claudia Gómez Prieto, secretaria académica de la Facultad de Psicología y Psicopedagogía de la Universidad Católica Argentina (UCA) y titular de la materia Intervención Psicológica en Emergencias y Desastres en esa misma casa de estudios, la extensión de las restricciones se hizo difícil de tolerar y, a la larga, desembocó en un relajamiento de los cuidados.

Pero también hay cierto componente cultural: "Los argentinos somos bastante transgresores de las normas, las interpretamos como una restricción a la libertad y no les otorgamos el valor que tienen". Así, aparece la negación. "Se le quita importancia [al virus], se piensa que le va a pasar a otros, o que si le pasa a uno no va a ser tan grave", explica. La reciente llegada de la vacuna también pesa y "genera la sensación de que podemos aflojar, lo que es un pensamiento un poco mágico".

La pandemia, mientras tanto, sigue siendo muy real. Lo sabe bien Kira Acosta, enfermera intensivista del Hospital Argerich, donde debieron reabrir un sector de UTI con ocho camas adicionales que había sido cerrado tiempo atrás ante la baja de casos. "Este fin de semana se me murieron otros tres pacientes", cuenta con resignación.

Acosta está preocupada: "La gente se olvidó que hace nueve meses le enseñamos a usar barbijo. Lo que hoy se ve adentro del hospital es muy diferente a lo que pasa afuera. Es un contraste espantoso: la gente perdió el miedo, pero nosotros lo estamos ganando y volvimos a la incertidumbre que habíamos tenido hacía varios meses".

Otra de las consecuencias del "acostumbramiento" del que hablan los especialistas es que los contagios y las muertes por coronavirus, que día a día se siguen amontonando en los partes del Ministerio de Salud, parecieran haberse naturalizado. Como si cada una de las tragedias individuales perdiese espesor en la inmensidad de las cifras. "Al principio, un muerto nos generaba un impacto terrible. Ahora, que hay más de 40.000, se convierte en algo abstracto: olvidamos que detrás de cada número hay una persona", aporta Gómez Prieto.

¿Nos volvimos más insensibles? No necesariamente, aclara: "No nos olvidamos porque no nos importa, sino porque nos resulta insoportable. Es un mecanismo para tomar distancia de la angustia".

Para Sica, es lo que "ocurre en una guerra cuando se empiezan a acumular los caídos y se pierde la rostricidad, porque los seres humanos no nos identificamos con los números, sino con una cara, con una historia".

Historias, no números

El 27 de agosto de 2020, Cristian Palermo, un técnico electrónico de 46 años del barrio porteño de Liniers, falleció en el Sanatorio Güemes, luego de contagiarse de Covid-19. Era joven, no tenía enfermedades preexistentes y ni siquiera bebía alcohol. "Mi marido era súper precavido: no tomaba transporte público, usaba barbijo, guantes y antiparras", recuerda Natalia Naimark.

A finales de julio, Cristian empezó a sentirse mal y tras un hisopado supo que tenía coronavirus. Natalia cree que en la empresa donde era trabajador esencial no lo cuidaron: "No había ventilación, no desinfectaban y hubo al menos nueve contagios".

Al comienzo, los síntomas fueron leves -fiebre, cansancio, tos- y por eso lo mandaron a aislarse junto a ella en su domicilio. Como no mejoraba, unos días después volvió al sanatorio, donde le hicieron estudios y le diagnosticaron una neumonía bilateral. El 4 de agosto, Cristian quedó internado en piso y, unos días más tarde, como ni siquiera el tratamiento con plasma funcionó, lo pasaron a una UTI. Allí le indujeron el coma y lo conectaron a un respirador.

Para Natalia, que tiene 40 años y trabaja en marketing, fueron días muy duros. En un mes, el coronavirus pulverizó sus dos décadas de matrimonio. Lo más terrible, cuenta, fue no poder acompañarlo: "Solo pudimos hablar alguna vez por teléfono cuando estaba en piso. Me decía que se sentía muy solo, estaba muy asustado". Ella también estaba sola, aislada en su casa por ser contacto estrecho.

El 25 de agosto, desesperada por no poder despedirse, Natalia le suplicó a la doctora a cargo de la terapia que le reprodujeran a su marido un audio suyo que quería enviarle. La respuesta fue atroz: "Dijo que no, que era inútil, que él no se iba a dar cuenta de nada". Dos días después, Cristian falleció. Del otro lado del teléfono, Natalia se quiebra: "Era su derecho, era mi derecho. Que supiera que aunque no le podía dar la mano, yo estaba cerca".

Le costó mucho volver a salir a la calle tras la muerte de Cristian. Hoy, siente que la miran como si estuviera loca porque usa lentes de acrílico o le pide a alguien que guarde distancia en la fila de un comercio: "La calle es un descontrol. Algunos se cuidan, pero la mayoría de la gente lamentablemente no. Usan mal el barbijo, se te abalanzan. Todos dicen que hay que pensar en el otro, pero en los actos eso no se ve. A los familiares de las víctimas nos dejaron solos, no tuvimos ninguna contención".

Cuidar y cuidarnos

Para salir del acostumbramiento a una situación que parece interminable, Sica propone recuperar la empatía. "Nuestra identidad no es el yo, es el nosotros -ilustra-. Cuando predomina el yo y desaparecen los otros, la persona es un extranjero permanente. Pero si no tenemos en cuenta a los demás, nosotros no existimos".

"Los que hemos vivido situaciones de pérdida a raíz del Covid tomamos mucha más dimensión que la gente que no pasó por eso y lo minimiza", reflexiona Marcelo, un docente de educación física de 55 años, de Monte Castro.

En 11 de julio, Fanny, su madre, falleció por una neumonía bilateral a causa del coronavirus. Tenía 86 años. "Entró a la guardia con fiebre cinco días antes y no la vi más", recuerda.

También se contagió él, con síntomas leves, y Pedro, su hermano mayor, que estuvo 25 días en terapia intensiva. Ninguno de los dos pudo despedir a Fanny en el cementerio judío de La Tablada. "Fue muy cruel -recuerda Marcelo-. Mi vieja está dentro de esos cuarenta y pico mil y cada vez que veo los números siento un dolor en el alma. Yo sé que mi mamá está ahí. Ojalá algún día pueda saber qué número es".

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Desde que se repuso, hasta hoy, Marcelo siguió tomando los máximos recaudos, incluso mientras tuvo anticuerpos: "Cuando fueron el funeral de Maradona, las marchas, no lo podía creer. Al principio, me enojaba ver que los otros no se cuidaban, pero ya no tengo bronca. Compro en comercios con poca gente, me lavo las manos todo el tiempo, voy al gimnasio con barbijo y en horarios en que no hay nadie".

Para López, son cuidados básicos que deberíamos sostener todos, sobre todo ahora que la curva parece volver a empinarse.

"Hay dos medidas básicas que siguen siendo reconocidas en todo el mundo: usar barbijo y evitar las aglomeraciones en espacios cerrados", señala. Además, pensando en la temporada turística, aclara que el aire libre disminuye los contagios, pero no los elimina. Y por eso el cuidado individual es clave para contener la pandemia: "Uno puede hacer el mejor protocolo del mundo, pero si la gente no lo cumple, ese protocolo queda en la nada".