Copa Libertadores: River vive al borde del infarto, pero su corazón bombea y le da vida, se ganó otra oportunidad

Beltrán, autor del primer gol de River, festeja de cara a la tribuna
Beltrán, autor del primer gol de River, festeja de cara a la tribuna - Créditos: @LA NACION/Mauro Alfieri

River se agarra al Monumental para curar sus pecados de visitante en la Copa Libertadores. En una noche para cortar clavos, enderezó una clasificación que venía muy torcida. Por más que se tratara de un partido de la etapa de grupos, era una final. Y la sacó adelante. Con empuje, ambición, vaciándose desde lo físico, con arrestos futbolísticos. Y Aliendro comiéndose la cancha. El orgullo por bandera. Sufriendo también, porque así lo marca su hoja de ruta. En un Monumental que estrenó su capacidad ampliada para alrededor de 86.000 espectadores, River mandó a los hinchas a sus casas con la victoria que habían ido a buscar. Volverán dentro de tres semanas por otro triunfo, ante The Strongest, para certificar una clasificación que es un rompedero de cabeza desde el primer partido.

Acelerado, pasado de revoluciones, suficiente para arrinconar a Fluminense, pero sin la cuota de raciocinio y criterio para tomar las mejores decisiones en los últimos metros. River fue todo vorágine, haciéndose cargo del estado crítico al que llegó por los desarreglos en partidos pasados. El ambiente ayudaba a incrementar la efervescencia. Una descarga eléctrica parecía recorrer todo el Monumental, desde las tribunas hasta el campo.

Barco, en pleno éxtasis, tras convertir el penal para el segundo gol
Barco, en pleno éxtasis, tras convertir el penal para el segundo gol - Créditos: @LA NACION/Mauro Alfieri

River a la carga, con todo, con la doble punta Solari-Beltrán y los tres volantes ofensivos (De la Cruz, Nacho Fernández y Barco) percutiendo sin rodeos, de manera vertical, al corazón del área rival. A los 4 minutos, el VAR invalidó un gol de Solari, que tenía un pie en off-side. De la euforia se volvió a la incertidumbre. ¿Era un presagio de que el gol estaba cerca o un anticipo de un sufrimiento prolongado? El primer tiempo estuvo más cerca de la segunda impresión.

Fluminense no se impresionó, sostenido por el cacique Felipe Melo, que jugó un partido aparte, por su declarada simpatía por Boca. El zaguero hizo de cada duelo individual una batalla, y se impuso en varias. Guapeó hasta el final, si era por él se peleaba hasta con una tribuna entera.

Fluminense no apeló al pelotazo para saltar la presión de River. Como si estuviera imbuido del espíritu del Manchester City de Guardiola, salía con pases cortos desde atrás. Tuvo coraje para arriesgar con la pelota. River se metía en el embudo central brasileño, y como antídoto apelaba al remate de media distancia, con De la Cruz, Nacho Fernández y Barco.

Lo más destacado de River 2 - Fluminense 0

Aliendro, reemplazante del suspendido Enzo Pérez en el círculo central, se repartía para cortar y distribuir. Eso sí, cuando Fluminense quebraba su línea, quedaban espacios que hacían temblar a River. Armani tuvo que revolcarse un par de veces y también vio pasar remates cerca del poste. El partido estaba para River, pero Fluminense podía hacer estragos cuando conectaba algún contraataque con el manejo de Ganso, el remate picante de Lima y la amenaza constante de Cano.

River hacía un gran desgaste, invertía muchas energías. El sistema nervioso también lo tenía al límite. El arquero Fabio se hizo de goma para sacarle un cabezazo a Beltrán, en una jugada seguida por un rechazo de Nino sobre la línea. No era una noche con el viento de cola, el gol estaba caro. River se fue al descanso con la certeza de que había sido superior, que necesitaba una cuota de serenidad en medio de sus urgencias.

El tapón del desahogo saltó pronto en el segundo tiempo, antes de que el reloj empezara a apurar. Al revés de lo había hecho en toda su búsqueda, River encontró el camino a partir de un corte defensivo de González Pirez que se transformó en una asistencia al vacío para Solari. Por una vez en la noche, la defensa brasileña estaba desacomodada, había dejado espacios. El centro del puntano encontró la arremetida de Beltrán para definir a un toque, de frente al arco, justo el hombre que vive ofreciéndose como descarga de espalda a la valla rival.

Cae Nacho Fernández, derribado por un foul
Cae Nacho Fernández, derribado por un foul - Créditos: @LA NACION/Mauro Alfieri

A River le duró la cuerda, siguió atacando por oleadas, mientras Fluminense se veía obligado a cambiar el plan. Tiene jugadores para mover bien la pelota, como Martinelli y André, los dos volantes centrales. Lima siguió probando al arco, un cabezazo de Cano fue despejado al córner por Armani. Los corazones se paralizaron en el Monumental cuando González Pirez frenó con el brazo extendido un centro. Lo salvó que lo tenía apoyado sobre el piso en plena barrida, como le explicó el árbitro Roldán a los brasileños que le reclamaban airadamente.

Inevitablemente, River se empezó a cansar, la altísima intensidad les pasaba factura a las piernas. Martín Demichelis reforzó la contención con el ingreso de Kranevitter por Nacho Fernández. River boqueaba y se empezaba a jugar más cerca de su área. Las entradas de Paradela (por Solari) y Paulo Díaz (Herrera) buscaron un respiro.

River pasó a una versión más aguantadora, ahora le tocaba enfriar un choque que fue caldera desde el primer minuto. Con una multitud haciéndole el aguante, tratando de sostener a un equipo que no se distingue por su solidez. El penal de Barco, a quien le cometieron la falta, trajo el alivio definitivo que estaba faltando. En esta Copa Libertadores que River vive al borde del infarto, su corazón sigue bombeado, lo mantiene vivo. Y no menos importante: aún depende de sí mismo.