Convivencia incómoda en el Vaticano: piden regular la institución del papa emérito

Elisabetta Piqué

Jorge Bergoglio y su predecesor, Joseph Ratzinger, en un encuentro en el Vaticano

ROMA.- Dos papas son multitud en el pequeño Estado del Vaticano y es urgente elaborar normas de comportamiento para los pontífices eméritos o jubilados. Es lo único que quedó en claro después del más que confuso "libro-gate", como fue bautizado por la prensa el escándalo que en los últimos días rodeó la salida de un libro en defensa del celibato sacerdotal presentado como escrito conjuntamente por Benedicto XVI , papa emérito, junto a un cardenal ultraconservador, que no resultó tal ya que luego Joseph Ratzinger, a través de su secretario privado, ordenó retirar su firma de la obra.

Más allá de las versiones cruzadas entre el cardenal de Guinea, Robert Sarah -que insiste en que Benedicto XVI, de 92 años y muy frágil de salud, sabía que preparaba un libro a cuatro manos- y del histórico secretario personal de Ratzinger, el arzobispo Georg Ganswein -que dice lo contrario-, el "pasticcio" volvió a reflotar las dificultades de una cohabitación entre un papa en funciones y otro retirado. Y la urgente necesidad de regular, con un estatuto o nuevas normas, la institución del papa emérito o jubilado, tal como comenzaron a plantear en los últimos días varios altos prelados.

"No existe ningún protocolo para papas retirados y un papa retirado. Sin reglas, es un desafío para el papa en funciones", dijo a LA NACION un cardenal que pidió el anonimato y que, muy preocupado, aseguró que en verdad el escenario "de pesadilla" sería uno con dos papas jubilados. "Si hubiera dos papas retirados y otro nuevo, apenas electo, ¿qué pasaría si los seguidores de uno y otro salieran a presionarlos para que se manifestaran sobre un tema? Sería un caos, como sucedió en la Edad Media", alertó.

Cuando Benedicto XVI sorprendió al mundo al abdicar, el 11 de febrero de 2013, hace casi siete años, el clamor fue tal que nadie se preocupó de establecer normas claras. Fue el propio Ratzinger quien, habiéndose convertido sorpresivamente en el primer pontífice en 600 años que renunciaba, decidió las reglas de juego. Su título sería el de "papa emérito", utilizaría de todos modos el nombre de Benedicto XVI, seguiría vistiendo de blanco, pero sin faja, viviendo en el Vaticano y, como él mismo anunció, se ocultaría del mundo, mantendría silencio, en la oración y obediencia total a su sucesor.

Aunque algunos temieron al principio el peligro de la existencia de un papa y un "anti-papa", todo marchó viento en popa en los primeros años. Con Francisco , que siempre elogió a su predecesor por su coraje, definiendo su presencia a pocos metros en el Vaticano como la "del abuelo sabio en casa", conviviendo normalmente con Benedicto, retirado en el Monasterio Mater Ecclesiae, en los Jardines del Vaticano.

Benedicto aparecía en público en contadas ocasiones, pero también recibía a una procesión de personas, muchas en desacuerdo con su sucesor, intentando cooptar su respaldo. Es sabido, lo contó incluso el papa Francisco, que Benedicto más de una vez se negó a participar de cualquier tipo de conspiración y que hasta echó a quienes lo intentaron.

La armonía pareció terminar en abril del año pasado, cuando apareció en una revista alemana y al mismo tiempo en otras publicaciones católicas de derecha estadounidenses, un texto de Benedicto XVI sobre el flagelo de los abusos sexuales de menores por parte del clero que parecía contradecir a su sucesor argentino. Algo usado por los detractores de Francisco.

Tensión

El revuelo por el libro aparecido ahora en favor del celibato y en contra de la ordenación de hombres casados, volvió a crear tensión. Fue considerado otra grave injerencia de Benedicto en asuntos de Francisco. El timing de la salida de la obra no fue casual. Justo tuvo lugar a semanas de que el Papa decida si aprueba, o no, en forma excepcional, la ordenación de diáconos casados para zonas remotas de la Amazonia, como fue propuesto en el sínodo de octubre pasado.

"Ratzinger renunció y no debería ni hablar ni escribir. Si sigue contraponiéndose al Papa reinante podría convertirse en un anti-papa, porque cada pensamiento suyo es utilizado por el movimiento contrario", dijo el historiador Francesco Mariotta Broglio a La Stampa. "Aunque no creo que sobre el celibato Francisco y Benedicto estén en desacuerdo", agregó.

Al margen de dejar en claro la necesidad de reglamentar la institución del "papa emérito", para muchos el "libro-gate" dejó muy mal parados a dos de sus protagonistas: el cardenal Sarah, visto ahora como el líder de la oposición a Francisco, que se aprovechó de un Benedicto XVI frágil y anciano y a su secretario privado, el arzobispo Ganswein, según testigos, cada vez más poderoso y a veces único intérprete de Ratzinger, que no lo protegió de manipulaciones y, como él dijo, "malentendidos".

Lo cierto es que, según escribió hoy el veterano periodista italiano, Eugenio Scalfari, fundador del diario La Repubblica de 95 años, que se reunió con el Papa el martes pasado, para Francisco "el caso está cerrado".

"Benedicto le hizo llegar a Francisco toda su solidaridad", aseguró Scalfari, intelectual no creyente que, tras otros encuentros con el Santo Padre, provocó polémicas porque no graba ni toma nota, sino que relata de memoria sus diálogos. "Conociendo el intento de Sarah, pregunté al inicio de nuestro encuentro con qué reacción interior estaba observando la existencia de un grupo de opositores a su pontificado -escribió-. La respuesta fue que siempre hay alguien en contra en una organización que abraza centenares de millones de personas en todo el mundo".