Conforme aumentan las hospitalizaciones en El Paso, se usan nuevas morgues móviles

J. David Goodman
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Un sitio de pruebas de coronavirus de la Universidad de Texas en El Paso, el martes 10 de noviembre de 2020. (Joel Angel Juarez/The New York Times).
Un sitio de pruebas de coronavirus de la Universidad de Texas en El Paso, el martes 10 de noviembre de 2020. (Joel Angel Juarez/The New York Times).

EL PASO, Texas — Los pacientes de coronavirus llenaron las camas de todo un piso. Luego de dos. Después el Centro Médico Universitario de El Paso instaló carpas para atender a los pacientes en un estacionamiento. Un lugar para convenciones del centro de la ciudad se convirtió en un hospital provisional. Para liberar aún más espacio, el estado comenzó a transportar por aire a decenas de pacientes de cuidados intensivos a otras ciudades.

Los líderes locales tuvieron opiniones encontradas acerca de qué hacer para encontrar soluciones ante la crisis expansiva del coronavirus. El principal funcionario del condado ordenó un periodo de confinamiento y toque de queda. Sin embargo, el alcalde no estuvo de acuerdo, y la policía dijo que no vería por su cumplimiento. Entonces intervino el fiscal general del estado. Un cierre era innecesario e ilegal, señaló.

Y los pacientes siguieron llegando.

“Damos de alta a un paciente, y entran dos”, comentó Wanda Helgesen, directora ejecutiva del consejo local de preparación para emergencias y desastres.

El Paso, una ciudad fronteriza de 680.000 habitantes, ahora tiene más personas hospitalizadas por COVID-19 que la mayoría de los estados —1076 hasta el martes—, además, aumentó de cuatro a diez la cantidad de morgues móviles disponibles.

La tensión de la ciudad, mientras lidia con la tercera ola mortal de la pandemia, se refleja en todo el país. El número de hospitalizaciones por COVID-19 en Estados Unidos alcanzó la cifra récord de 61.964 el martes, con la que supera los horribles primeros días que se vivieron durante la primavera en Nueva York y el verano en el sur y el oeste.

Un paciente que llegó en ambulancia es transportado a las carpas para pacientes de COVID-19 del Centro Médico Del Sol en El Paso, Texas, el martes 10 de noviembre de 2020. (Joel Angel Juarez/The New York Times).
Un paciente que llegó en ambulancia es transportado a las carpas para pacientes de COVID-19 del Centro Médico Del Sol en El Paso, Texas, el martes 10 de noviembre de 2020. (Joel Angel Juarez/The New York Times).

Según el Proyecto de Seguimiento del COVID, las hospitalizaciones se han duplicado con creces desde septiembre y han superado el pico de 59.940 pacientes hospitalizados a mediados de abril. No obstante, aunque los picos anteriores disminuyeron, los expertos en salud pública temen que el ritmo de nuevas hospitalizaciones siga aumentando junto con las nuevas infecciones, que en promedio suman 111.000 al día en todo el país y no muestran señales de disminución.

Los estados que parecían controlar la propagación, como Nueva Jersey y Nueva York, están viendo un resurgimiento. Al mismo tiempo, los hospitales rurales de Dakota del Norte e Idaho están desesperados por encontrar médicos, enfermeras y técnicos que se ocupen de los pacientes cada vez más numerosos.

Además, apenas han comenzado los factores de riesgo: más actividades en espacios cerrados, el comienzo de la temporada de gripe y las reuniones durante las vacaciones de invierno que, según han advertido los funcionarios de salud pública desde hace mucho tiempo, podrían propagar el virus y hacer que los hospitales estén saturados en otoño e invierno.

“Las cosas no solo están mal, sino que no hay un final a la vista”, afirmó Ashish Jha, decano de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Brown. “Si se frenaran todos los contagios hoy, lo cual es imposible, estaríamos viviendo quizá un mes de sobrecapacidad en muchas comunidades de Estados Unidos”.

Hace poco, Texas superó el millón de casos confirmados del virus con 19.000 muertos. De los 6100 pacientes hospitalizados en todo el estado, uno de cada seis está en El Paso. Mario Rascon, el jefe de medicina forense del condado de El Paso, señaló el martes que su oficina tenía 154 cuerpos. “Es agotador”, dijo.

La ciudad ha traído a más de 1400 trabajadores de la salud de todo el estado, y casi 60 más llegaron durante el fin de semana en tres equipos enviados por el Departamento de Defensa. Sin embargo, los nuevos pacientes han agotado incluso esos recursos adicionales. La mitad de todas las camas para pacientes de la ciudad están ocupadas por personas con COVID-19.

“Las cosas no están bien”, indicó el alcalde Dee Margo. Pero dijo que también le preocupaba el impacto de los nuevos cierres para las familias que luchan por sobrevivir. “Estoy tratando de caminar por la cuerda floja”.

La situación refleja la dificultad más generalizada de tratar de luchar contra una crisis en todo el país ante la falta de una estrategia nacional. En El Paso, una isla urbana en el remoto oeste de Texas, entre las fronteras con México y Nuevo México, esa ausencia se ha sentido de manera aguda.

Una filosofía de respuesta a la pandemia enfocada en el control local y la responsabilidad personal, que comenzó con el gobierno de Trump y se reforzó con Greg Abbott, gobernador republicano de Texas, a veces ha dejado a los dirigentes locales en desacuerdo acerca de cómo hacer frente a los brotes en serie.

Después de imponer un cierre en la primavera, Abbott se apresuró a reabrir la economía de Texas. En el verano, cuando el virus volvió a surgir, detuvo la reapertura y luego se enfrentó a los líderes locales de Houston y otras ciudades que querían restringir las actividades pero que no podían hacerlo por orden suya. Les dijo a los tejanos que usaran cubrebocas. En octubre, relajó más restricciones comerciales.

Para entonces, los hospitales de El Paso ya estaban alcanzando su máxima capacidad.

Ricardo A. Samaniego, principal funcionario del condado, emitió el 29 de octubre una orden de confinamiento y nuevos límites estrictos a los negocios. Sin embargo, Margo no creía que Samaniego tuviera la autoridad para hacerlo, y al inicio se opuso. Aunque los policías del condado trataron de imponer el cierre, el Departamento de Policía de El Paso, mucho más grande, señaló que no lo haría.

“Es una enorme, enorme confusión”, comentó Laura Rayborn, propietaria de un balneario y otros negocios locales. “El alcalde apareció en la radio y la televisión y dijo: ‘Que los negocios sigan abiertos’”. Rayborn decidió seguir su consejo.

Los restaurantes siguieron atendiendo comensales, a pesar de la orden de parar todos los servicios menos la comida para llevar y las entregas. “Decidimos hacer lo que debíamos”, dijo Aaron Means, dueño de un restaurante cerca del campus de la Universidad de Texas en El Paso.

Algunos acudieron a los tribunales para luchar contra el cierre y se les unió el conservador fiscal general del estado, Ken Paxton, que describió la acción del condado como “opresión” y prometió ponerle fin. Después de una semana de dimes y diretes entre los tres niveles de gobierno de Texas, un tribunal estatal falló el viernes a favor de las nuevas restricciones a las empresas. Paxton presentará una apelación.

Para entonces, la frustración y la confusión se habían extendido ampliamente, lo cual mermó cualquier beneficio inmediato de los cierres de negocios y casi aseguró que fuera necesario un cierre más largo.

“Una cosa casi peor que estar cerrado es estar confundido acerca de si se impuso el cierre o no”, opinó David Jerome, presidente de la Cámara de Comercio de El Paso. “Estoy a favor de los experimentos en materia de democracia en todos los estados, pero no cuando se trata de una pandemia”.

Sin efecto

La orden de cierre de dos semanas en el condado, que expira el miércoles, aún no ha mostrado ningún efecto apreciable en las hospitalizaciones, dijeron los funcionarios. “No parece que hayamos alcanzado nuestro punto máximo”, dijo Helgesen.

Hasta el martes, la ciudad tenía un promedio de 1800 nuevos casos de coronavirus al día, casi el doble que el condado más poblado de Dallas, el siguiente más afectado del estado.

Samaniego, el ejecutivo del condado, mencionó que le gustaría extender la orden de cierre, posiblemente hasta el Día de Acción de Gracias. Le preocupaba que muy poca gente la siguiera y que el día festivo trajera nuevos riesgos.

“Realmente nunca desplegamos una verdadera estancia en casa”, dijo Samaniego. “Nunca llegamos a ver el impacto total”.

La oficina del gobernador dijo que el foco de atención de Samaniego y otros funcionarios locales debería estar en la aplicación de las regulaciones existentes, incluyendo los límites de capacidad de los restaurantes y el requisito de usar cubrebocas, no en los cierres. “Esa estrategia fue efectiva para frenar la propagación durante el verano y contener la COVID-19, mientras se permitía a los negocios operar de modo seguro”, dijo Renae Eze, portavoz del gobernador.

Como el país en general, El Paso ha entrado ahora en un periodo incierto. Los funcionarios tienen la esperanza de que haya suficiente gente que acate la orden de cierre para frenar la propagación de las infecciones. La policía ha comenzado a multar a los negocios que no cumplan.

La mayoría de las infecciones en El Paso se han producido, según las autoridades sanitarias, por transmisión en la comunidad local, especialmente en las familias multigeneracionales que suelen vivir juntas o se reúnen con frecuencia para ir de compras o de visita.

“Hemos visto llegar a varios miembros de familias, por lo general en días diferentes”, dijo Edward Michelson, jefe de medicina de emergencia del Centro Médico Universitario y profesor del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad Tecnológica de Texas.

La actividad continua en la ciudad se puede apreciar en las grandes tiendas de la Interestatal 10, en las enormes filas de autos en los restaurantes de comida rápida o en las personas que tratan de encontrar un espacio para estar al aire libre en un centro comercial, en su mayor parte tranquilo.

“Todos estábamos enfermos”, dijo Xavier Gonzales, de 45 años, sobre su esposa y su hijo de 6 años, que en ese momento estaba corriendo con el perro de la familia en un tramo de césped artificial.

Gonzales, que trabaja como cantante y ha estado sin trabajo casi todo el tiempo desde marzo, enfrentó lo peor —“Ya no podía levantarme”— y los médicos de la sala de urgencias le dijeron que tenía neumonía viral. Sin embargo, como podía respirar por sí mismo, lo enviaron a casa para recuperarse y dejarles el espacio a otros pacientes más graves.

No quiso pensar, como algunos tejanos, que México es la fuente de los problemas de la pandemia de El Paso. “Creo que es una excusa para la gente que quiere culpar a alguien más, al estilo de ‘no somos nosotros, sino ellos’”, dijo. “Pero sí somos nosotros. Somos nosotros quienes no seguimos las reglas”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company