Que... ¿concluyan los juegos?

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Oficiales de la policía se llevan a un manifestante en Hong Kong, el 1 de octubre de 2019. (Lam Yik Fei/The New York Times)
Oficiales de la policía se llevan a un manifestante en Hong Kong, el 1 de octubre de 2019. (Lam Yik Fei/The New York Times)

Hace casi dos años, en medio de la noche, varios equipos de construcción se reunieron cerca de Sensō-ji, el templo budista más antiguo de Tokio y un sitio turístico muy popular. Las calles estaban solas, el aire era sofocante y los trabajadores esperaban que no lloviera. Las máquinas empezaron a rugir.

Fue algo mínimo, que apenas se notó. Pero fue una muestra de los extremos a veces inútiles y absurdos a los que se llegan para organizar el mayor espectáculo deportivo.

Más de mil japoneses habían muerto por causas relacionadas con el calor en julio y agosto de 2018 y 2019 y varios eventos de pruebas olímpicas en Tokio habían afectado la salud de los atletas y habían arruinado cronogramas. Se requerían de medidas drásticas para los venideros Juegos Olímpicos.

Entre esas medidas estaba el proyecto de repavimentar el recorrido de la maratón de 42 kilómetros con una capa brillante y reflejante diseñada para “rebotar” y alejar el calor. Era un gasto pequeño para un evento que costaría miles de millones y las autoridades no estaban completamente seguras de que fuera a traer muchos beneficios. Pero centímetro a centímetro, gracias a las enormes máquinas ruidosas activas durante varias noches calurosas de agosto, el recorrido del maratón fue develado en una franja plateada.

Dos meses después, las autoridades trasladaron el recorrido del maratón 800 kilómetros al norte, a Sapporo, que tiene un clima más fresco. Atrás quedó la serpenteante franja que ahora atraviesa el centro de Tokio, cual marcador de ideas fallidas.

Seis meses después, la pandemia de coronavirus pospuso los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 por un año. Muchos japoneses se preguntaron si este rimbombante festival deportivo seguía valiendo la pena. Se preguntaron si merecía los riesgos para la salud pública, los miles de millones gastados en los recintos y la puesta en escena, así como otras concesiones dadas al Comité Olímpico Internacional (COI).

Demasiado tarde. Los Juegos Olímpicos de Verano se van a realizar en medio de una creciente pandemia y en recintos mayormente vacíos. La ceremonia de inauguración prevista para el viernes 23 de julio generará curiosidad y una pregunta que podría estar dirigida no solo a los juegos de Tokio, sino a todo el movimiento olímpico:

Los anillos olímpicos en Tokio, el 11 de julio de 2021. (Hiroko Masuike/The New York Times)
Los anillos olímpicos en Tokio, el 11 de julio de 2021. (Hiroko Masuike/The New York Times)

¿Qué demonios estamos haciendo aquí?

‘Irreformable’

Quienes les prestan atención a los Juegos Olímpicos tienden a verlos desde un extremo de un telescopio o desde el otro. La mayoría de quienes sintonizan el evento deportivo cada dos años adoran el suspenso. Puede que sepan, en lo más recóndito de sus mentes, que el espectáculo oculta un sistema oxidado y corrupto, propenso a la compra de votos en la selección de las ciudades anfitrionas (incluyendo Tokio), al apaciguamiento de dictadores y a las promesas incumplidas. Para los fanáticos de los Juegos Olímpicos, los aspectos positivos superan los negativos.

Una encuesta publicada la semana pasada reveló que el 52 por ciento de los estadounidenses cree que los juegos de Tokio deben celebrarse. Solo el 22 por ciento de las personas en Japón siente lo mismo.

“La competición y el amor de la gente por el movimiento olímpico y las expectativas que tienen es algo positivo”, dijo Edwin Moses, el dos veces medallista de oro en atletismo quien desde entonces ha desempeñado varios roles en todo el espectro olímpico. “Pero, ¿sobre el modelo deportivo y todo lo que está tras bastidores? A la mayoría de las personas solo le importa ver los Juegos Olímpicos cada cuatro años y no le interesa para nada saber cómo funcionan”.

Quienes analizan los Juegos Olímpicos de una forma más amplia ven ese conjunto de forma contraria. Quizás aprecien los logros deportivos, pero no lo suficiente como para considerar que sean más importantes que las preocupaciones sobre el daño causado por los Juegos Olímpicos.

“Los Juegos Olímpicos son irreformables y creo que, sopesando, hacen más daño que bien”, afirmó David Goldblatt, autor de “Los juegos: Una historia global de las Olimpiadas”.

Los Juegos Olímpicos son un blanco fácil de críticas, sobre todo en la actualidad. ¿Todavía importan? ¿O han perdido el rumbo y se han desviado de sean cuales sean los ideales que pretenden encarnar?

Si los contratos de transmisión son indicadores confiables, los Juegos Olímpicos actuales siguen siendo inmensamente populares. Cientos de países mantienen grandes organizaciones exclusivas para las Olimpiadas y atletas de todo el mundo comparten algún tipo de visión de sueño olímpico: un idealismo de cuento de hadas que persiste como el mejor amortiguador del cinismo.

En ciertas maneras —demasiadas maneras, según los críticos— los Juegos Olímpicos están estancados en el tiempo. Son un concepto del siglo XIX flotando en un mundo del siglo XXI.

“Han evolucionado —o no— este sistema completamente separado del resto de la sociedad”, afirmó Han Xiao, exmiembro de la selección nacional de tenis de mesa de Estados Unidos que en la actualidad participa de forma activa en el movimiento olímpico. “Y es ahí donde surgen muchos de los problemas, ya sea con la corrupción o los desequilibrios de poder que conducen al abuso de los atletas o a violaciones de los derechos humanos. Si no te mantienes al día con los avances que están logrando otras áreas de la sociedad, o no estás sujeto a la supervisión de la sociedad en su conjunto, es bastante predecible que ocurran estas cosas”.

En pocas palabras, los Juegos Olímpicos se basan en el exceso, están enredados en la geopolítica y están plagados de corrupción y trampas. Cada ciclo olímpico plantea preguntas incómodas sobre la sostenibilidad, el daño ambiental y los derechos humanos.

Los Juegos Olímpicos se presentan como apolíticos, pero eso es tanto imposible como falso. El honor de organizarlos se ha desvanecido; los Juegos Olímpicos se esfuerzan para atraer ciudades anfitrionas, las cuales por lo general quedan tambaleantes tras el evento. El cambio climático está reduciendo el mapa de locaciones viables, en especial para los Juegos Olímpicos de Invierno.

Todo el aparato está controlado por un mago tirapalancas, el poderoso presidente del Comité Olímpico Internacional (solo ha habido nueve de ellos en 125 años, todos hombres blancos, todos de Europa, excepto un estadounidense). Thomas Bach es quien controla en la actualidad el comité de 102 miembros. La mayoría de los miembros alcanzaron sus cargos gracias a vínculos políticos y comerciales. Al menos 11 de ellos son miembros de la realeza.

En sus estatutos, el COI se ha otorgado a sí mismo la “autoridad suprema” en todos los asuntos olímpicos. Solo responde al capricho.

“El Comité Olímpico Internacional es probablemente la infraestructura deportiva más omnipresente del mundo y posiblemente la que menos rinde cuentas, y eso es mucho decir cuando existe una organización llamada FIFA en el mundo”, afirmó Jules Boykoff, profesor de la Universidad Pacífico y autor de varios libros sobre los Juegos Olímpicos.

Pocas personas están a favor de abolir los Juegos. Los Juegos Olímpicos todavía representan el pináculo de la mayoría de los deportes. Para los atletas, las Olimpiadas pueden significarlo todo: el trabajo de toda una vida, la cima de los logros. Pocos, por no decir ninguno, rechazan las invitaciones por motivos morales.

Los Juegos de Tokio proporcionarán las emociones esperadas. Sin embargo, sin espectadores en los recintos debido a la pandemia, los Juegos Olímpicos serán poco más que un teatro bidimensional transmitido a nivel mundial. El control de la televisión sobre los Juegos ha sido evidente por años: el 73 por ciento del presupuesto del COI proviene de los derechos de transmisión. Organizar los Juegos Olímpicos en el calor del verano de Tokio fue conveniente para los horarios de las cadenas televisivas, no para el bienestar de los atletas.

“Los atletas no son la prioridad”, aseguró David Wallechinsky, un historiador que escribió y actualizó “El libro completo de los Juegos Olímpicos” de 1983 a 2012, y señaló que los Juegos de Tokio de 1964 se realizaron en octubre para evitar los peligros del calor. “La televisión es la prioridad”.

Bolt, Biles —y corrupción en las licitaciones—

Las entrevistas con quienes están inmersos en los Juegos Olímpicos —historiadores, académicos, atletas, funcionarios— arrojan al menos un consenso: nadie opina que los Juegos Olímpicos funcionan bien tal como están.

Las quejas clave se dividen principalmente en tres categorías: corrupción en la licitación de los países anfitriones, falta de mecanismos de rendición de cuentas del COI y carencia de derechos de los atletas.

La compra de votos para ser ciudad sede es un evento olímpico en sí mismo. No terminó con el escándalo previo a los Juegos Olímpicos de Invierno de 2002 en Salt Lake City. La compra de votos parece haber ocurrido también en el proceso para garantizar la sede en los juegos de 2016 de Río de Janeiro y los juegos de Tokio 2020.

A pesar de la estrategia de hacerse la vista gorda, la selección de los países anfitriones no es para nada global. Solo se han celebrado tres Juegos Olímpicos en el hemisferio sur: dos en Australia y uno en Brasil. No se han celebrado Juegos Olímpicos en África.

Tras un proceso de selección vergonzoso para los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022 —cuatro de las seis ciudades candidatas abandonaron la contienda, principalmente debido a la falta de apoyo en casa, lo que dejó una elección poco apetecible entre Pekín o Almatí, Kazajistán—, el COI puso fin a su costosa y frenética competencia por el derecho a ser anfitrión.

En su lugar, ha nombrado discretamente a los futuros anfitriones, lo que ha generado nuevas preguntas sobre la transparencia del proceso.

Las ciudades candidatas generalmente prometen recintos relucientes, amplias habitaciones de hotel y audiencias entusiastas, todo ello exigido por el COI, y suelen presentar ambiciosos objetivos ambientales y planes de impacto a largo plazo que no siempre llegan a concretarse.

Los Juegos Olímpicos prosperan en lapsos cortos de atención. Las protestas por los escándalos generalmente se acaban en el momento en que comienza el espectáculo.

“Ha habido pocas cosas más maravillosas en mi vida que ver a Usain Bolt hacer lo suyo y Simone Biles me deslumbra”, dijo Goldblatt. “Pero, por otro lado, debes conocer a algunas de las 75.000 personas que fueron desplazadas a la fuerza de sus hogares en Río de Janeiro”.

Las fuerzas externas están creciendo. Cada vez más, los países democráticos están mostrando su escepticismo con los Juegos Olímpicos. Grupos activistas como Human Rights Watch y NOlympicsLA han encontrado voces y seguidores. El calentamiento global podría forzar un ajuste de cuentas en los próximos años. Incluso los fanáticos más acérrimos de los Juegos Olímpicos están en sintonía con las preocupaciones sobre los escándalos de abuso sexual en varios deportes y sobre los resultados poco confiables dada la persistente condición turbia del dopaje.

Sin embargo, esto todavía no llega a ser un contrapeso.

“Necesitas un grupo de personas que quieran cambiar la situación y, fuera de una presión pública extraordinaria, es muy difícil”, dijo Xiao. “Porque todo el mundo enciende la televisión durante esos 16 días”.

Ese grupo disidente podría ser conformado por los mismos atletas.

Para ellos, los Juegos Olímpicos plantean, más que nunca, problemas que van desde la compensación hasta la libertad de expresión y los derechos de género. Están encontrando sus voces, de forma colectiva. El movimiento Black Lives Matter ha influenciado a una nueva generación de atletas activistas.

Un tema importante es la Regla 50 impuesta por el COI, que prohíbe que los atletas demuestren o exhiban “propaganda política, religiosa o racial” en los Juegos Olímpicos. El año pasado, el Comité Olímpico y Paralímpico de Estados Unidos anunció que iba a dejar de sancionar a los atletas que participaran en protestas pacíficas, incluso en los propios Juegos Olímpicos. Hay una preocupación sobre cómo el COI hará cumplir esta regla en Tokio y más allá.

“Nos espera un par de décadas muy muy duras y turbulentas en cuanto al cambio global y lo que significa este planeta”, afirmó Goldblatt. “Y yo me pregunto: ‘¿Cómo lucirán los Juegos Olímpicos frente a esto?’. Ya me parecen una absurdidad. Me pregunto qué pensará una generación 30 años más joven que yo sobre esto, con el mundo en llamas”.

Sin embargo, por ahora, la absurdidad reside plenamente en Tokio. Se puede evidenciar en la franja plateada serpenteante e inexplicable que atraviesa la ciudad, bajo los pies y los neumáticos: una idea con buenas intenciones, que ahora se desvanece con el tiempo.

© 2021 The New York Times Company

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