Los compromisos ecológicos generan asimetrías con impacto en el comercio global

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En Dandora, el basural más grande de Nairobi, Kenia
En Dandora, el basural más grande de Nairobi, Kenia

La disparidad en ambiciones y capacidades para hacer frente al desafío del cambio climático no es solo un problema de política ambiental que pone en cuestión la capacidad de enfrentar sus consecuencias con eficacia. También es un problema que estará cada vez más presente en el sistema de comercio internacional. El anuncio de una propuesta para tratar el problema por parte de la Comisión Europea (European Green Deal) en julio pasado lo puso de manifiesto.

La nueva iniciativa de la Comisión incluye diversos objetivos e instrumentos con un propósito común: acelerar la convergencia de la UE hacia una economía neutral en carbono (es decir, que no realice emisiones netas positivas). Además de un paquete de regulaciones, la propuesta incluye un fortalecimiento del Sistema Europeo de Comercio de Emisiones por medio de topes más estrictos a las emisiones y la gradual eliminación de los permisos gratuitos con los que hasta ahora algunos de los sectores más sensibles no sintieron el impacto de los límites (bastante generosos).

Pero inevitablemente la aplicación de limitaciones más severas, el aumento previsible en el precio de la tonelada de carbono emitida y la gradual remoción de permisos gratuitos repercutirá en un aumento en costos de producción de los productores europeos. Éste será el caso si, como todo lo indica, el resto de los países no adopta medidas restrictivas equivalentes.

La COP26 se desarrolló durante dos semanas en Glasgow (Photo by Steve Reigate-WPA Pool/Getty Images)
La COP26 se desarrolló durante dos semanas en Glasgow (Photo by Steve Reigate-WPA Pool/Getty Images)


La COP26 se desarrolló durante dos semanas en Glasgow (Photo by Steve Reigate-WPA Pool/Getty Images)

Esta asimetría en la ambición tendrá tanto efectos económicos como ambientales. Desde el punto de vista económico, el aumento en los costos para los productores domésticos los colocará en una posición de desventaja frente a competidores externos que no estén sujetos a las mismas exigencias. Desde el punto de vista ambiental, esa asimetría plantea el riesgo de esterilizar su objetivo ambiental a través de la sustitución de productores europeos menos contaminantes por productores del resto del mundo exentos de las regulaciones más estrictas (la llamada “fuga de carbono”). Es evidente que ni una ni otra consecuencia serían políticamente tolerables por los europeos.

La respuesta que ofrece la propuesta de la Comisión es la creación de un mecanismo de ajuste en frontera (CBAM) para las importaciones provenientes del resto del mundo pertenecientes a los sectores a los que se discontinuarán los permisos gratuitos en una primera etapa. Éstos son el aluminio, el hierro y el acero, los fertilizantes, el cemento y la electricidad. En términos prácticos, los importadores europeos de esos productos deberán comprar certificados por la proporción de emisiones no cubiertas por permisos gratuitos (las que serán progresivamente discontinuadas a partir de 2026 y a lo largo de en un período de diez años).

Si bien el mecanismo cubrirá en una primera etapa poco más del 3% de las importaciones europeas totales, los países afectados son socios comerciales importantes de la UE (Rusia, China, Ucrania, Turquía, Reino Unido, Corea del Sur y la India) y participantes relevantes del sistema de comercio internacional. Según el plan propuesto por la Comisión, los sectores mencionados son una primera lista que en el futuro será ampliada a otras actividades.

La compatibilidad del mecanismo propuesto por la Comisión con algunas reglas del régimen de comercio internacional (especialmente las listas de aranceles consolidados y los principios de trato nacional y nación más favorecida) es materia de debate. Pero más allá de su compatibilidad con los compromisos multilaterales (el mecanismo de solución de controversias de la OMC está paralizado y sin perspectivas de reactivarse debido al boicot de Estados Unidos al nombramiento de nuevos miembros del Órgano de Apelación), es improbable que la iniciativa sea recibida con pasividad por los principales afectados.

Algunas voces críticas de la hiperglobalización argumentaron que la integración de la economía global probablemente llegó demasiado lejos, especialmente cuando se la evalúa a la luz de los recursos e instrumentos para gestionar la interdependencia resultante. En línea con este diagnóstico recomendaron una postura más cautelosa. Lamentablemente, por lo que toca a los efectos del cambio climático esta recomendación es irrelevante: el planeta es solo uno.

El autor es profesor en la Universidad de San Andrés e investigador superior del Conicet

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