Comprar marihuana para el abuelo

Lisa Belkin
Chief National Correspondent

Un sótano de un suburbio cualquiera del conglomerado urbano de Nueva York. Una pequeña bolsa con marihuana. El último intento de ayudar a un padre anciano en sus últimos días.

El hombre siempre había sido de complexión fuerte, con músculos curtidos por su trabajo en la construcción. En los años 90 aún estaba en forma y sano, pero de repente, como de la noche a la mañana, se convirtió en una frágil sombra de lo que un día fue.

Un día de la pasada primavera, durante una de las internaciones en una habitación de hospital, sus familiares ‒mujer y cuatro hijos adultos‒ discutían sobre a qué clavo ardiendo aferrarse para mantener la fortaleza anímica.

Solo con que tuviese apetito… decía su mujer.

La marihuana podría ayudar con eso, dijo su hijo.

Ilustración: Yahoo News; fotos; Getty Images

La mujer se negó por un tiempo, y rehusó seguir la vía más rápida: pedir una receta médica. Sí, su enfermedad estaba incluida en las categorías de enfermedades contempladas en el estado de Nueva York, pero eso significaba que tendría que hablar con un médico sobre cannabis, algo a lo que la mujer de 85 años no estaba dispuesta. Finalmente, siguió la vía más secreta, pero con dos condiciones: su hijo nunca le diría dónde encontró la marihuana y la escondería en el sótano, donde la policía jamás podría encontrarla.

“Puede que el mundo esté cambiando, pero no para mi madre”, eso dice su hija ahora. “Todavía vive instalada en la idea de que es un delito”.

Actualmente, un abuelo o cualquiera con una condición médica aplicable pueden comprar y consumir marihuana medicinal de forma legal en 28 estados, y en el distrito de Columbia. También es consumida habitualmente de forma ilegal en otros estados por aquellas personas que creen que les ayuda con varias dolencias. Sin embargo, eso no significa que un abuelo esté preparado para comprarla.

Una encuesta exclusiva de Yahoo News y Marist revela que la llamada generación silenciosa ‒las personas que superan la franja de los 69 años‒ es menos propensa a apoyar la legalización de la marihuana medicinal (un 65% está a favor, en comparación al 83% de los estadounidenses en general), así como que tiende a decir que no la consumirían, incluso si fuese legal. Solo un 6% de los estadounidenses de más de 70 años dice que la consumirían si fuese legal; un 13% comenta que se la “autoprescribirían” para el dolor; y solo un 40% afirma que la consumiría si estuviese prescrita por un médico. Esto contrasta con el 28%, el 38% y el 66% respectivamente para los adultos en general. La generación silenciosa (73%) es más propensa a pensar que el consumo de marihuana es un riesgo para la salud, en comparación con la generación de los baby boomers (59%), la generación X (52%) y la generación Y (35%).

Sin embargo, la generación silenciosa también es más propensa a sufrir enfermedades para las cuales puede ser prescrita marihuana ‒cáncer, enfermedades terminales, dolores crónicos, párkinson‒, una dinámica que hace que muchos jóvenes recomienden, persuadan y alisen el camino para que los miembros más viejos de su familia consuman marihuana.

Por supuesto, hay pacientes viejos que la consumen sin reservas. El mes pasado, por ejemplo, el actor de 76 años Patrick Stewart reconoció que usa espráis, ungüentos y comestibles para aliviar la severa artritis que parece. Y la AARP (Asociación Estadounidense de Personas Jubiladas), tras años rehuyendo a la discusión sobre la marihuana medicinal, ahora publica artículos en su revista sobre su creciente utilización en comunidades y residencias de vida asistida.

Como ocurre en cualquier momento de cambio, hay un gran abanico de opiniones. Jason Good, un escritor de Minnesota, no tuvo que persuadir a su padre para que consumiera marihuana medicinal, pero sí le hizo compañía mientras lo hacía. Diagnosticado de leucemia hace cuatro años, a este hombre de 69 años llamado Michael Good, profesor de ciencia política en Oakland, California, la marihuana no le era ajena, pues en sus tiempos de “hippie” durante los años 60 se fumó algunos porros, pero no mucho más desde entonces. Más tarde hizo “la vista gorda” cuando su hijo adolescente la consumió, pero ahora, 20 años después, insistió en que Jason le acompañara a su visita al dispensario. En un lugar no le dejaban entrar con su padre, así que encontraron otro en el que sí podía. Una vez adentro, dice Jason: “Fue una experiencia divertida para nosotros. Había algo de subversivo en ello. Sentía como una especie de vértigo”.

Tras una consulta para saber qué marihuana se llevaría Michael para sentirse cómo quería, compraron dos mezclas diferentes (una para estar “activo y creativo” y otra para “relajarse en el sofá”, dijo Jason) y un vaporizador. Luego se dirigieron a casa para probarlas juntos. “Él pasó un momento estupendo; yo era un manojo de nervios”, dice Jason, al tiempo que agrega que aunque la marihuana le ayudó a relajar los ánimos en la escuela secundaria, en los años posteriores le provocaba agitación.

Algunos padres son más insistentes aún para que sus hijos hagan de intermediarios. A un hombre mayor de Los Ángeles que había perdido el apetito y dejado de comer por una enfermedad renal, sus hijos adultos tuvieron que instarle a probar marihuana medicinal.

Dijo que no. Si su nombre apareciese en cualquier registro, podría filtrarse a la empresa en la que trabajó, donde era bien conocido. Así que su hija consiguió una tarjeta-receta para ella misma, un proceso relativamente sencillo en California, el estado con la lista de categorías aplicables más amplia de todo el país.

“Fui a una pequeña clínica llamada 420 Doc y me senté en la sala de espera junto a dos jóvenes fumones y gente de unos 60 años que parecía tener artritis”, eso dice. Cuando llegó su turno, le dijo al doctor que sufría los síntomas que en realidad padecía su padre.

“No tengo apetito. Necesito algo para relajarme por la noche y que me dé ganas de comer”, dijo.

“Miró mis muy voluptuosas curvas y dijo: ‘¿De verdad, querida? ¿Las ganas de comer?’, recuerda. “Dije: ‘¿Llamémosle ansiedad?’. Y dijo: ‘Ok, vayamos entonces con la ansiedad’”.

Escribió una orden de receta para una proporción 8 a 1 de tetrahidrocannabinol (THC) y cannabidiol (CBD), los dos componentes químicos principales de la planta de cannabis, uno de los cuales, de hecho, aumenta el apetito. Cuando fue al dispensario, ya con lo aprendido en la experiencia de la clínica, hizo las cosas de otra manera.

“¿Cuánta hambre te hace tener esta?”, preguntó a los empleados sobre cada producto, actuando como si el aumento del apetito fuese un problema. Finalmente compró las gotas que le darían más hambre (y presumiblemente a su padre).

¿Funcionó? Cuando su padre sabía que le estaban poniendo gotas en la comida, insistía en que no tenía hambre, pero cuando no lo sabía, parecía que comía más, dijo su hija, aunque “no de una manera que pueda ser medida por la ciencia”. Ha pasado cerca de un año “y sigue vivo, así que algo está funcionado”, dice. Su peso se ha mantenido estable, a pesar de que sean unos esqueléticos 53,5 kilos.

En otras familias, no obstante, no importa cuántas recomendaciones u ofrecimientos de asistencia se hagan, porque nada convencerá a ese pariente de avanzada edad para que pruebe algo que todavía nombra con expresiones de hace varias décadas.

“Traté de hablar con mi padre sobre ‘el porro’ en sus últimos días”, dijo Amy Cohen, quien además dirige el SteamPunk Coffeebar en Los Ángeles. “Llegó a un punto en el que cualquier cosa que le diera de comer me preguntaba ‘¿Tiene marihuana?’ Yo le respondía: ‘papá, no te voy a drogar. Tendrás que pedírmelo tú’”.

Ella misma consume diariamente, para tratar su esclerosis múltiple y porque le gusta, y le decía regularmente a su padre que probara. Le llevaba caramelos y galletas del dispensario y los dejaba al alcance de su vista, esperando que se tentara, pero “él era de una generación diferente; no estaba abierto al cambio”, dice Amy. “Las pastillas para el dolor de las que se atiborraba eran buenas, aunque no funcionaban, pero la marihuana no”.

Entonces, un día llegó a casa del trabajo y lo encontró mordisqueando una galleta.

“¿Dónde has encontrado eso?”, le preguntó.

“En un recipiente en el congelador”, dijo.

“¿El único que dice ‘no comer’? ¿El único en el que he dibujado una calavera y unas tibias cruzadas para que nadie lo coma por accidente? Papá, es marihuana”, dijo.

“Creo que ya es demasiado tarde”, le recuerda diciendo, pues ya había terminado de comer la galleta. Y añade: “Disfrutó de una gran noche de sueño después de episodios de noches muy muy malas”.

El padre de Amy no volvió a probarlas nunca más. Murió poco después, en 2014, y su hija aún conserva el recipiente que contenía las galletas para mantener viva su memoria.

El padre de Jason Good murió el mismo año. Lo que quedó del suministro de marihuana de su padre se encuentra ahora en un armario encima de la nevera, “en la parte de atrás”, dice Jason, en un recipiente de cortezas de menta Williams-Sonoma.

Y en el suburbio de Nueva York, el hijo que mantuvo su promesa y nunca dijo a su familia dónde había conseguido la pequeña bolsa de marihuana no pudo llegar a dársela a su padre, porque la esposa del paciente ordenó que se deshiciese de ella.

El hombre murió hace menos de un año, y la marihuana sigue oculta en algún lugar del sótano donde vive su viuda.

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