"Es complicado": la relación de Bolsonaro con los militares de Brasil, desde adentro

Brian Winter

Esta columna fue publicada originalmente en Americas Quarterly . El autor es su editor general y vicepresidente de la Americas Society and Council of the Americas

BRASILIA.- En unas Fuerzas Armadas de Brasil con numerosos generales de prestigio entre sus filas, Carlos Alberto dos Santos Cruz era considerado uno de los mejores.

Tras una ilustre carrera militar en su país, la Organización de las Naciones Unidas le pidió que liderara la misión de paz de 2007 a Haití. Le fue tan bien que en 2013 la ONU volvió a encomendarle a Santos Cruz una misión aún más difícil: ponerse al mando de 23.000 tropas en la República Democrática del Congo. Durante los dos años que siguieron, lideró las ofensivas de la ONU contra los rebeldes congoleses, sobreviviendo a numerosos enfrentamientos armados y a un aterrizaje de emergencia en helicóptero. El militar brasileño demostró ser un estratega con tan buen ojo que la ONU le solicitó la elaboración de un informe sobre la mejor manera de proteger a sus tropas. La conclusión de Santos Cruz fue clara: que un "déficit de liderazgo" dentro de la organización habían resultado en mayores bajas en el campo de batalla.

Debido a la experiencia y al temple de Santos Cruz, muchos políticos e inversores brasileños respiraron aliviados cuando Jair Bolsonaro le ofreció un alto cargo en su flamante gobierno, a fines de 2018. La teoría era que Santos Cruz, junto con otros oficiales retirados que ocuparían altos cargos jerárquicos en el gobierno, incluido el vicepresidente Hamilton Mourão, serían un fuerte apoyo administrativo para un presidente que tenía muy pocos aliados, y que a la vez funcionarían como moderadores de su conocido temperamento volcánico. "Esos tipos son lo mejor de lo mejor", me dijo por entonces uno de los más importantes banqueros de inversión del Brasil. "Son la garantía de que este gobierno no haga locuras."

Pero duró poco. Apenas cuatro meses después, Santos Cruz fue engullido por una ráfaga de fuego amigo cruzado que no tenía nada que envidiarle a la ferocidad de lo que había tenido que enfrentar en África. Olavo de Carvalho, un filósofo y gurú de la familia Bolsonaro y sus seguidores que está radicado en Virginia, calificó a Santos Cruz de "pedazo de mierda" y "sorete almidonado" en las redes sociales. Carlos Bolsonaro, hijo del presidente, se unió al ataque con el hashtag #foraSantosCruz ("fuera Santos Cruz"), que fue tendencia en Twitter. El origen específico de la pelea sigue siendo tema de disputa, pero lo concreto es que se había producido una ruptura entre el "ala militar" más pragmática del gobierno de Bolsonaro, y los "movimientos conservadores", muchos de ellos cristianos evangelistas, que querían medidas más radicales en temas como la libertad de portar armas y contra la así llamada ideología de género. En junio de 2019, Bolsonaro optó por complacer a esta segunda facción y en una misma semana le pidió la renuncia a Santos Cruz y a otros dos generales retirados que ocupaban cargos en su gobierno.

Cuando hablé con Santos Cruz un par de meses después, ya se encontraba de vuelta en Nueva York como asesor de la ONU y parecía haber seguido adelante con su vida. Pero se ocupó de recalcarme un punto: la idea de que él o los otros generales controlarían a Bolsonaro siempre fue "absurda".

"Si no se puede controlar a un chico de 16 años, buena suerte al que intente controlar a un presidente de 60 años", me dijo Santos Cruz. "Este gobierno va a seguir de esta manera. Es complicado."

De hecho, la historia de Santos Cruz pone de relieve la compleja y siempre cambiante relación entre las fuerzas armadas brasilera y el gobierno de Bolsonaro tras un año en el poder. Por otro lado, los militares siguen estando más involucrados en este gobierno que en ningún otro desde el fin de la dictadura de 1964-1985. Las fuerzas armadas han recuperado parte de su rol histórico de "fuerza moderadora" que se ve a sí misma como guardiana iluminada de los intereses nacionales a largo plazo de Brasil, libre de los intereses mezquinos de los políticos civiles. Aproximadamente un tercio del gabinete de Bolsonaro está compuesto por militares retirados o en actividad, y hay docenas más que ocupan otros puestos claves de gobierno, ejerciendo una influencia visible en políticas públicas centrales, como el manejo de los recientes incendios en Amazonia, o las relaciones de Brasil con China, Estados Unidos y Medio Oriente.

Pero también queda claro que la fractura es real y se está profundizando. En los últimos meses, han sido despedidos o marginados de la toma de decisiones varios otros integrantes del "ala militar" del gobierno. Para este artículo, entrevisté a más de una docena de oficiales militares activos o retirados, entre ellos, a seis generales. Muchos expresaron un profundo malestar con el estilo confrontacional de Bolsonaro y la constante sensación de crisis que ha caracterizado hasta ahora a su gobierno, por más que la economía de Brasil esté empezando a dar señales de reactivación. También sienten que las fuerzas armadas han quedado atrapadas en un dilema imposible: mientras sus representantes son marginados del gobierno, la institución militar igual será considerada responsable si Bolsonaro termina fracasando.

"Les recordamos todo el tiempo a las tropas que este no es un gobierno militar", me dijo un general. "Pero también sabemos que si las cosas no funcionan, pasarán otros 30 años antes de que volvamos a participar en política."

Entrar y salir de la política

Lo cierto es que las cosas entre Bolsonaro y los militares siempre fueron complicadas, especialmente cuando él mismo era soldado.

Bolsonaro fue paracaidista del ejército durante 11 años, entre 1977 y 1988, pero nunca pasó del rango de capitán. En 1985, en una entrevista con la revista Veja, denunció los bajos sueldos de los militares de bajo rango: a sus superiores les cayó tan mal el artículo que Bolsonaro pasó 15 días bajo arresto por insubordinación. Un año después, Veja publicó los detalles de lo que según la revista eran los planes de Bolsonaro para atentar con explosivos contra la red de suministro de agua de Río de Janeiro, una vez más, como protesta por los bajos salarios de los militares. Bolsonaro fue sometido a corte marcial pero finalmente fue absuelto por falta de evidencias. Poco después, el general Ernesto Geisel, líder de la dictadura en la década de 1970, se refirió públicamente a Bolsonaro como "un mal soldado" y "un caso anormal", en medio de un generalizado retroceso de los militares de la vida política.

Anticipando un patrón que se repetiría 30 años después cuando compitió por la presidencia, toda esa publicidad negativa le sirvió para ganarse a unos cuantos seguidores. Fue elegido concejal de Río de Janeiro y en 1991 llegó como diputado al Congreso nacional, desde donde abogó por mejores salarios militares y se convirtió en la solitaria voz de nostalgia de la dictadura. Así se convirtió en una figura muy popular entre los soldados rasos, pero los altos mandos evolucionaban en otra dirección. La sociedad brasilera en su conjunto todavía estaba indignada por los abusos a los derechos humanos y los desmanejos económicos durante los años de la dictadura, así que los líderes militares se sentían "como gatos escaldados", tal como me dijo el general retirado Alberto Mendes Cardoso. "El brillo militar estaba lesionado. La sensación era de que no valía la pena meterse en política, que era mejor quedarnos donde estamos, bajo la Constitución."

Bolsonaro, en una ceremonia militar en Brasilia durante la campaña

Pero el tiempo pasó y se produjeron tres hechos que atrajeron nuevamente a los militares a la arena política.

El primero de esos hechos fue la corrupción masiva y el caos de los últimos cinco años de gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), que gobernó Brasil entre 2003 y 2016. Al final del gobierno petista, Brasil estaba sumido en la peor recesión de su historia, pero fueron los escándalos de corrupción los que parecieron indignar más a una cúpula militar muy apegada a la ley y el orden. En abril de 2018, el entonces comandante en jefe del Ejército, el general Eduardo Dias da Costa Villas Boas, tuiteó que los militares estaban "atentos a su misión institucional" y "repudian la impunidad". Todos entendieron el mensaje: ese mismo día, la Suprema Corte iba a dictar un fallo que habría impedido que el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva fuese a la cárcel por cargos de corrupción. Si bien es dudoso que las palabras de Villa Boas hayan influido en la decisión de la Corte, lo cierto es que Lula terminó pasando más de un año en la cárcel. Ese tuit "fue el anuncio del regreso de los militares a la política", me dijo un oficial de rangos medios. "Fue desafortunado, pero necesario."

El segundo hecho gravitante fue el enojo de los militares por la creación de la Comisión Nacional de la Verdad, establecida en 2012 por la presidenta Dilma Rousseff para investigar los abusos a los derechos humanos durante la dictadura . Esto me sorprendió, porque tuve oportunidad de cubrir extensamente las actividades de la comisión en mi rol de periodista, y en aquellos años los militares guardaban mayormente silencio. A diferencia de lo ocurrido en la Argentina y en Chile, no había habido intentos de enjuiciar y encarcelar a los líderes de la dictadura por crímenes pasados. Pero en las entrevistas que realicé para este artículo, escuché repetidamente el enojo que despertaba esa comisión y la convicción de los militares de que "ese insulto a nuestro honor", en palabras de un general, habría deteriorado aún más la reputación de los militares y posiblemente también su presupuesto, a menos que sus líderes volvieran a involucrarse activamente en política.

El factor final fue la huelga de camioneros de mayo de 2018, que paralizó la distribución de alimentos, combustibles y medicamentos a nivel nacional: a los altos mandos militares les preocupaba que las autoridades civiles estuvieran perdiendo el control del poder. En las manifestaciones o en las puertas de los cuarteles, muchos brasileros pedían que los militares "salven el país", y una encuesta reveló que el 40% de la población habría apoyado un golpe. Durante la época de la Guerra Fría, los militares tal vez habrían aceptado, pero a la cabeza de las encuestas para las elecciones presidenciales de octubre de ese año ya había un rostro familiar, el de Bolsonaro, que enfatizaba su pasado militar -las partes buenas, en todo caso- para ganar credibilidad entre los votantes. Fue entonces que empezó a consolidarse una alianza más profunda, en gran medida gracias al general Augusto Heleno, otro general retirado que había comandado la misión de la ONU en Haití. "La gente es consciente de que los militares pueden poner esta casa en orden", dijo Heleno en aquel entonces. "Sabemos perfectamente que el golpe no es la manera de avanzar. El camino son las próximas elecciones."

No había, y sigue sin haber, un rol formal para los militares en el gobierno de Bolsonaro, más allá del que especifica la Constitución democrática de 1988. Pero el actual presidente sí recurrió a actuales y exmiembros de las fuerzas armadas para ocupar cargos en áreas claves, como educación, infraestructura y demás.

"Había voluntad de ayudar, porque modestia aparte, somos buenos administradores", me dijo el general retirado Marius Teixeira Neto, excomandante militar de la región del nordeste brasilero y muy allegado a los actuales oficiales que ocupan cargos en el gobierno de Bolsonaro. "Nuestra gente no se deja corromper, y queremos lo mejor para el país. Somos serios. Y como todo el mundo sabe, nadie gobierna solo."

Alianza. ¿y después ruptura?

Durante los primeros meses del gobierno de Bolsonaro, la influencia del "ala militar" era a todas luces evidente. Sus líderes no actuaban como un bloque unificado ni se comunicaban regularmente entre ellos -"Eso es un mito", me dijo Santos Cruz-, pero alrededor de las cuestiones claves había una convergencia fruto de las enseñanzas y de las corrientes ideológicas que marcaron el rumbo de la institución militar durante décadas, con énfasis en la soberanía nacional de Brasil y en sus intereses a largo plazo, que según los militares deben estar por encima de las cambiantes tendencias políticas. Al mismo tiempo, algunos observadores y analistas notaban la repetición de una vieja dinámica: si bien Bolsonaro era presidente, algunos generales lo seguían tratando como a un capitán, o sea un subordinado, sin temor a desafiarlo, ni siquiera en público.

Durante su primera semana en la presidencia, Bolsonaro reflotó la posibilidad de habilitar la construcción de una base militar de Estados Unidos en territorio brasilero, pero tuvo que volver sobre sus talones ante la repercusión negativa que tuvo entre los altos mandos militares. Fueron también ellos quienes convencieron a Bolsonaro de no retirarse del Acuerdo de Paris 2015 sobre cambio climático o de no trasladar de inmediato a la embajada brasilera en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, por temor a que ambas medidas ofendieran a los países que compran las exportaciones agrícolas brasileras. El vicepresidente Mourão, otro general retirado, también contradijo abiertamente al presidente en numerosos temas: dijo que la retórica dura de Bolsonaro sobre China era "discurso de campaña" y recalcó que Brasil debía dejar de lado su ideología anticomunista a la hora de negociar con su mayor socio comercial.

En algunos casos -en especial, en torno a China-, las ideas del ala militar parecen haberse mantenido. Pero con el transcurso de 2019 y a medida que ganó confianza en el poder, Bolsonaro también empezó a criticar con más fuerza a quienes buscaban controlarlo. Esa postura fue alentada por sus tres hijos, más cercanos al "ala evangélica", quienes desconfiaban de la lealtad de Mourão. La preferencia de los militares por los cambios graduales también profundizó su enfrentamiento con otro de los mayores factores de poder del gobierno de Bolsonaro: los reformistas promercado liderados por el ministro de Hacienda, Paulo Guedes.

En los últimos meses, las críticas de los militares se han profundizado y son cada vez más abiertamente públicas. Después de una reforma que redujo los beneficios de retiro de los soldados brasileros, con pérdidas sustanciales para los rangos más bajos, en el Congreso estallaron las protestas y entre los círculos militares cundieron memes que califican a Bolsonaro de "traidor" y "mentiroso". "Si el presidente está actualmente en política es porque cuando era capitán defendió los salarios de los soldados de bajo rango. Y ahora nos clava un puñal por la espalda", dijo el líder de una asociación que representa a los soldados rasos, y agregó que la relación con Bolsonaro está "definitivamente rota". Maynard Santa Rosa, un general retirado que en noviembre renunció a un alto cargo en el gobierno, dijo que los altos mandos "perdieron la esperanza" en la recuperación de Brasil. "Espero que a este gobierno le vaya bien, pero si ocurre, será por accidente", dijo al ser entrevistado.

Sin embargo, por el momento parece prematuro hablar de una ruptura más profunda de los militares con Bolsonaro, o de alguna medida en contra del presidente. A principios de diciembre, Mourão fue enviado a la asunción del nuevo presidente de la Argentina, una misión importante y diplomáticamente sensible. Heleno sigue siendo uno de los colaboradores más leales de Bolsonaro, y en agosto hasta empezó a usar Twitter para atacar a la prensa y a la "izquierda radicalizada", a tono con la virulencia del presidente. Bolsonaro les atribuyó un rol crucial a los militares en el control de los incendios en el Amazonas que concitaron la atención mundial a mediados de este año, y recientemente también anunció que la compra de equipamiento militar clave quedará fuera de los recortes presupuestarios previstos para 2020. Mientras tanto, la incipiente recuperación de la economía, la fuerte caída de la tasa de homicidios y la disminución de los escándalos de corrupción han logrado que los índices de aprobación de Bolsonaro se estabilicen alrededor del 40 por ciento. Hasta el momento, Brasil parece haber quedado al margen de la ola de protestas y movilizaciones masivas que sacuden a Latinoamérica desde Colombia hasta Chile.

Varios oficiales me dijeron que más allá de todas las fallas de Bolsonaro y de la generalizada sensación de que van perdiendo poder a medida que el gobierno se afianza, los militares siguen estando aliviados de que el país haya escapado de una crisis aún más profunda. "Fuimos puestos a prueba como nación varias veces, y pasamos el examen", dijo recientemente en una entrevista con el diario O Globo el general Villas Boas, autor de aquel desafortunado tuit de 2018. Y en la conversación que mantuvimos, hasta Santos Cruz se manifestó esperanzado de que habrá un final feliz. "La mejor manera de acabar con la corrupción es que Bolsonaro haga un buen gobierno", dice Santos Cruz. "Sí, yo creo que todavía hay posibilidades."

Traducción de Jaime Arrambide