Las mujeres hemos sido criadas para competir entre nosotras, pero es posible librarnos de ese lastre

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Me encantan los cuentos de hadas, pero tengo que admitir que han contribuido, a lo largo de la historia y consistentemente, a alimentar muchos de los prejuicios y estigmas que sufren las mujeres y la sociedad en general. Si revisamos cuál es el gran problema de Blancanieves, encontramos que es la envidia de su madrastra; mientras que Cenicienta tiene que lidiar con la envidia de sus hermanastras, y Maléfica, por su parte, descarga su resentimiento en la pobre hija del Rey Stefan.

La mitología griega también recoge la envidia entre mujeres como un sentimiento dañino y monstruoso. Por ejemplo, Glauco no sabía que la hechicera Circe estaba enamorada de él cuando le pidió ayuda para conquistar a Escila, con lo cual lo que se llevó fue una terrible sorpresa cuando la bruja envidiosa convirtió a la ninfa en una bestia marina.

Es que la competencia, el ataque y la comparación entre mujeres no es cosa de redes sociales, ha ocurrido desde siempre. Ya bastante hemos tenido que lidiar con las injusticias, luchar por la igualdad de condiciones sociales y laborales, para que de paso, tengamos que estar agobiadas por lo que pensarán y opinarán nuestras congéneres. De manera que revisando por qué ocurre, tal vez lo evitamos en gran medida.

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Un estudio publicado en Journal of Personality and Social Psychology, que ha profundizado en las razones por las cuales se cotillea, ha concluido que compartir información sobre algo que se considera negativo de otra persona reduce el malestar emocional que se haya podido sentir al percibir eso que consideramos negativo; de manera que pareciera que el dolor, la envidia y la inseguridad molestan menos cuando se comparten, lo cual nos hace comprender por qué las redes sociales son una hoja en blanco para miles de críticas.

En este sentido, la comparación parece ser la manera más común de ataque y opinión, pues es una forma velada de decir que somos mejores -o peores- que otra mujer; y comparando también incluimos un universo de generalizaciones que pueden hacer daño. Por ejemplo, cuando calificamos a una famosa como muy vieja, demasiado flaca, o muy gorda, por decir algunos de los muchos escenarios, vale la pena detenerse a pensar con quién o quiénes la estamos comparando realmente, pues con un parámetro inexistente que nos han impuesto en la crianza.

La psicólogo María Teresa Valero, especialista en imagen corporal y trastornos de conducta alimentaria, explica que la comparación puede explicarse como algo para lo que hemos sido codificadas.

"No sorprende que seamos competitivas entre mujeres por la forma en que hemos sido criadas desde muy pequeñas. Se nos dice desde niñas que nuestro principal valor es la belleza, se alaba nuestra apariencia, lo que usamos y cómo nos vemos, de manera que desde pequeñas nos están diciendo que lo más valioso que tenemos es la forma en la que lucimos. Asimismo, cuando los demás solo tienen cosas que decirte relacionadas con tu apariencia, se determina que son los demás los que deciden si somos válidas o no, si estamos bien arregladas o no; si nos vemos bien y somos suficientes o no”.

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Valero revela que cuando sentimos que son los demás los que tienen la potestad de decirnos cuánto valemos, entendemos que si hay otra mujer a nuestro lado, ella puede robarnos atención, con lo cual no seremos tan valiosas. "Esto ocurre de forma inconsciente, no nos planificamos, nuestro cerebro piensa que otra mujer puede ser una amenaza, pues los demás no podrán validarnos, y así comienza la comparación perenne, la autoimposición de estándares inalcanzables, y también de comparar a otras con estos estándares para validarlas o no”.

La escritora Emily V. Gordon, coincide en un artículo muy divertido publicada en The New York Times, donde comparte los hallazgos de la doctora Tracy Vaillancourt quien, tras revisar varios estudios sobre el tema concluyó que, en general, las mujeres son agresivas indirectamente con otras mujeres, bajo dos premisas: la “autopromoción” -sintiéndose mejor compartiendo sus atributos y talentos, y el “menoscabo de rivales”, con el cual descalifican a otras mujeres.

En base a esto, Gordon establece tres teorías de por qué somos competitivas agresivas de manera indirecta, y una de ellas es la necesidad de ser validadas por los hombres; la otra es la necesidad de protegernos físicamente, de cara a funcionar para la conservación de la especie; y por último, la consideración de que cuando competimos con otras, en realidad competimos con nosotras mismas, con la versión de nosotras mismas que quisiéramos alcanzar pero no podemos.

Para María Teresa Valero, parte de la solución tiene que ver con entender que realmente somos suficientes y valiosas por el simple hecho de ser y existir en el mundo. No necesitamos lucir de cierta forma para ser aceptadas, no necesitamos que los demás nos estén diciendo que somos de una u otra manera. Ni necesitamos decírselo a otros, no tenemos que estar evaluando a las personas, y diciendo si están bien o mal, para sentirnos mejor… Es complicado, porque hemos sido criadas con esas bases, pero es posible. Siendo empáticas, y conscientes de nuestro lugar en el mundo, ganamos paz, seguridad y libramos a otras de angustias que nadie se merece.

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