En el Edomex tienen más miedo a la crisis que al COVID-19 porque aún dudan que exista

Manu Ureste (@ManuVPC)
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Son las 11 de la mañana del jueves 2 de abril en la estación Buenavista, una de las principales arterias de la Ciudad de México por las que, a diario, transitan más de 200 mil personas que llegan a trabajar a la capital procedentes de ciudades ‘satélite’ del Estado de México, como Tlalnepantla o Cuautitlán Izcalli.

Esta mañana, a diferencia de hace apenas una semana, antes de que se decretara la fase 2 de contingencia por la pandemia de coronavirus, el tren suburbano llega a la estación prácticamente vacío.

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En el andén opuesto, en el que va de regreso al Estado de México, otro convoy abre sus puertas.

“Esperen un momento”, ordena uno de los guardias de la estación.

Acto seguido, una brigada de cuatro personas sube presto a los vagones vacíos. Los cubrebocas, los lentes de plástico, y el traje blanco nuclear que les cubre todo el cuerpo, desde las pestañas hasta los tobillos, hace imposible adivinar si son hombres o mujeres.

En el andén, los pocos pasajeros que aguardan los observan con curiosidad.

“Parece película de terror”, se escucha un cuchicheo.

De inmediato, la ‘brigada’ toma entre sus manos enguantadas unos botes de plástico y comienzan a rociar todos los asientos del convoy, mientras los guardias privados braman que no está permitido tomarles fotografías.

En menos de cinco minutos, el personal de limpieza guarda los trapos y escobas, y sale del vagón para dar paso a un grupito de pasajeros.

“No olvide guardar la distancia y usar el gel antibacterial que está disponible en cada estación del trayecto”, pide una voz enlatada que sale de los altavoces del convoy que se desliza presto por la vía.

Por la ventana del tren, las estaciones se suceden con rapidez. Y en todas -Fortuna, San Rafael, Lechería, Tultitlán, y Cuatitlán-, el paisaje es muy parecido: andenes desiertos y envueltos en un silencio extraño, largas filas de taxis estacionados, combis con choferes dormitando sobre el volante, y calles y carreteras con poco tránsito.

Carlo Echegoyen

Miedo a los saqueos

En el paradero de Tlalnepantla, uno de los municipios del cinturón industrial mexiquense que más gente trasvasa y recibe de la capital a diario, la mayoría de las tiendas que se extienden por los pasillos del centro comercial que hay dentro de la estación se encuentran cerradas.

Algunas, sobre todo las de ropa, bajaron la persiana metálica y también sacaron apresuradamente toda su mercancía, dejando un puñado de maniquíes desnudos en los escaparates donde aún cuelgan letreros con ofertas que ya nadie se detiene a leer.

“Es por el miedo a los saqueos”, comenta Omar, dependiente de una de las pocas tiendas de ropa urbana que permanece abierta, que hace referencia a los robos a tiendas y centros comerciales que, en plena declaratoria de emergencia sanitaria por el coronavirus, ocurrieron los pasados 23 y 24 de marzo en varios puntos de la capital y del Estado de México.

En la salida de la estación, nada más bajar por una larga escalera mecánica, los voceadores de las combis y de los taxis salen al encuentro de las pocas personas que llegaron desde la Ciudad de México gritando que hay lugares libres para viajar al zócalo de Tlalnepantla, pero sin éxito.

Carlo Echegoyen

“No hay clientes. El pasaje está muerto”, resume su mañana uno de los choferes de las combis estacionadas en la bahía.

No muy lejos de la estación, en la avenida Morelos, Melquiades Flores, un chofer de autobús de 53 años, explica que a medida que la Ciudad de México se va ‘apagando’ por el cierre de restaurantes, comercios, y empresas, como parte de la contingencia para frenar la propagación del coronavirus, la ciudad de Tlalnepantla y todo el corredor industrial mexiquense hasta Cuatitlán Izcalli también se apaga lentamente.

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“Mucha gente ya no está viajando para la ciudad porque allá ya cerraron comercios y trabajos”, plantea Melquiades, que está recostado sobre el asiento del autobús, en el que apenas han subido cuatro personas que esperan pacientes la llegada de más pasajeros para que la unidad por fin arranque.

“Y, al mismo tiempo, la gente de la ciudad no está viniendo a Tlalnepantla porque también muchos negocios, empresas, y fábricas cerraron, o despidieron a mucho personal. Por eso aquí tampoco ves gente casi por ningún sitio”, añade el chofer.

Julia, una comerciante ambulante de 60 años que tiene su puesto de plata y de bisutería frente al Hospital Gineco Obstreticia Doctor Jesús Varela, donde ya hay instalado un filtro sanitario en la puerta de entrada por el COVID-19, narra otro ejemplo de la relación y la dependencia comercial que existe entre su ciudad y la capital, las cuales están separadas por apenas 10 kilómetros y unas fronteras que hace tiempo dejaron de existir por la expansión de las urbes que se ‘canibalizan’ el terreno.

Sentada sobre una banca de piedra, Julia dice que lleva semanas en las que casi no vende nada porque las calles se vaciaron.

Las pocas ventas que tiene son por su clientela habitual, que le pide medallas de plata de San Judas, o cruces de Caravaca, principalmente.

El problema es que, para conseguir esa mercancía, la mujer tiene que trasladarse al centro joyero que está en la Ciudad de México. Y en la mañana del jueves, se encontró con algo que jamás había visto en su vida: el centro histórico de la capital completamente vacío.

“Fui y todo estaba cerrado. El zócalo, la calle Madero, los comercios, y las tiendas de joyería donde yo compro mi mercancía. Todo cerrado”, lamenta la mujer, que desconocía la medida tomada por el gobierno de Claudia Sheinbaum de cerrar buena parte del centro para evitar las aglomeraciones de personas que aún transitaban por sus calles hasta hace apenas un par de días, tal y como constató Animal Político en esta crónica.

“No tememos al coronavirus, sino a la crisis económica”

En la avenida Morelos de Tlalnepantla, una carretera larga y repleta de comercios que desemboca en el centro de la ciudad, el panorama no es muy diferente al que describe Julia del centro histórico capitalino.

Muchos negocios también están cerrados, como tiendas de ropa, restaurantes de comida china, cantinas y bares. Los pocos que resisten son algunas fondas y taquerías a pie de banqueta, como la del señor José Luis, que mientras escucha una rola de los Tigres del Norte que sale de un viejo estéreo, asegura que al menos “es un alivio” que lo dejen vender comida para llevar, aunque, al mismo tiempo, teme que la situación para él y para los pequeños comerciantes de la ciudad “pinta muy complicada”.

De hecho, por las calles de Tlalnepantla, uno de los comentarios más repetidos es que la gente aquí no teme tanto al coronavirus -muy pocos usan cubrebocas y casi nadie guantes-, sino a la crisis económica que pueda desencadenar en México, o que, más bien, ya está desencadenando, con la pérdida de empleo y de negocios, la caída en picado del peso respecto al dólar, y el hundimiento del valor del petróleo mexicano.

“La enfermedad, pues ya sabemos que está ahí, o quién sabe, ¿verdad? -dice con tono de suspicacia Froilán, un comerciante de 49 años, que acaba de comprar papas y vegetales en un tianguis de la calle Aztecas.

“Pero lo que da más miedo es el tema económico -recalca mientras mete el saco de papas a la cajuela de un coche-. La crisis que se viene. Eso sí que nos da pánico, porque mira cómo está todo: muchas tiendas cerradas, restaurantes sin gente, el tianguis casi vacío. Todo esto son pérdidas”.

Sonia, una mujer de 45 años que camina por la explanada donde se encuentra el palacio municipal de Tlalnepantla, a la altura del jardín de los próceres de la Patria, dice que la acaban de despedir de la cadena de restaurantes para la que trabajaba en la Ciudad de México.

Y, al igual que Froilán, hace hincapié en que no teme al virus, sino a las consecuencias económicas que ya está padeciendo en carne propia.

“La gente se está quedando en su casa, es cierto -comenta mientras un coche del ayuntamiento pasa cerca perifoneando a todo volumen que hay que guardar la sana distancia. “Por ti, por mí, el virus lo frenamos todos”, insiste la grabación.

“Pero se están encerrando no por el coronavirus, sino porque muchos, como yo, ya nos quedamos sin trabajo y ahora tenemos que cuidar mucho en qué gastamos el dinero que nos queda”, matiza Sonia con una sonrisa agotada.

Carlo Echegoyen

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Fake news

En el jardín de la explanada, junto a la catedral Corpus Christi, tampoco se percibe temor a los contagios de coronavirus.

En las bancas hay muchas parejas tomadas de la mano, jóvenes tomando refrescos y haciéndose fotos, y adultos mayores que, a pesar de ser una población de riesgo por ser más vulnerables al COVID-19, están conversando tranquilamente al amparo de una sombra.

Cuando se les cuestiona por la pandemia, muchos responden como si aún se tratara de algo que sucedió en un país muy lejano, o, directamente, dudan de que realmente exista, como dijo el comerciante Froilán.

De hecho, en muchas de las respuestas recabadas en este recorrido se percibe que las noticias falsas están calando hondo, y que las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud y las noticias que llegan de países europeos, como España o Italia, donde los infectados y los muertos se cuentan por miles, no llegan, o se están ignorando.

Por ejemplo, Carlos García, un joven de 28 años, dice erróneamente que no le preocupa el coronavirus “porque solo afecta los viejitos mayores de 60 años”.

Javier, también de 28, cree -también erróneamente- que ya se demostró que el COVID-19 no afecta a la población mexicana.

“Dicen que es por la mezcla de razas”, asegura.

Mientras que otras respuestas apuntan a supuestos complots de China, Rusia y Estados Unidos, para reducir el número de población en el mundo.

Abigail, una joven artesana de 24 años, dice que ella, en cambio, sí que teme al coronavirus, y que, para no caer en las noticias falsas, está pendiente de todas las conferencias que da en las tardes el subsecretario de Salud, Hugo López Gatell, para conocer el avance de la pandemia.

“Me da miedo las dos cosas: tanto el virus, como la crisis económica”, recalca la artesana, que como ejemplo de cómo le afecta el ‘apagón’ de la Ciudad de México asegura que, solo en lo que va de esta semana, ya le cancelaron 10 encargos de unas muñecas artesanales que tenía apalabrados con comercios de la capital.

“Ahora vendo lo que puedo por internet, porque el mercado se quedó frito por el virus”, lamenta Abigail.

Carlo Echegoyen

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