Colombia busca su tesoro de aves en los restos de un viejo bosque del Caquetá

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Nelsy Niño, del Instituto Humboldt de Colombia, sostenía un par de Carpinteritos de Lafresnaye, pequeños pájaros tropicales. Las colecciones biológicas son parte del patrimonio de una nación, dice, y las compara con una biblioteca pública. (Federico Rios/The New York Times)
Nelsy Niño, del Instituto Humboldt de Colombia, sostenía un par de Carpinteritos de Lafresnaye, pequeños pájaros tropicales. Las colecciones biológicas son parte del patrimonio de una nación, dice, y las compara con una biblioteca pública. (Federico Rios/The New York Times)

FLORENCIA, Colombia — En junio de 1912, Leo Miller, naturalista y colector del Museo Americano de Historia Natural, llegó a la región del Caquetá en Colombia, donde las estribaciones orientales de los Andes se funden en las tierras bajas boscosas de la cuenca del Amazonas.

Miller trabajaba para Frank Chapman, el célebre curador de aves del museo. Chapman sospechaba que la topografía tremendamente variada de Colombia había generado una densidad inusual de especies, y envió a colectores como Miller para que le trajeran aves de todos los rincones del país con el fin de estudiarlas.

Miller instaló un campamento en una granja llamada La Morelia, rodeado de lo que le describió a su mentor como “un perfecto océano de bosque que se extiende hasta donde alcanza la vista”. Allí, él y sus ayudantes colombianos trabajaron día y noche, acosados ​​por la lluvia, la malaria y los insectos. A fines de julio, habían recolectado más de 800 aves para Chapman, quien estaba emocionado.

En una mañana de principios de agosto, un siglo y nueve años después de que Miller cargara sus especímenes en balsas fluviales y comenzara su regreso a Nueva York, un grupo de investigadores atravesó los campos lodosos hasta su campamento base, una finca ubicada en una vereda rural de la ciudad de Florencia.

El equipo, dirigido por Andrés Cuervo, ornitólogo de la Universidad Nacional en Bogotá, ha organizado seis expediciones por toda Colombia con el fin de recolectar aves y datos para compararlos con los de Chapman; esa fue la quinta travesía. El proyecto, llamado Alas, Cantos y Colores, es financiado por el gobierno colombiano con la participación de instituciones de investigación de Colombia y Estados Unidos. Los estudios de especies del mismo lugar durante largos períodos de tiempo son raros en la ciencia, y esta iniciativa dice mucho sobre cómo las aves tropicales han respondido a los cambios en el uso de la tierra y el clima.

Muchas cosas han cambiado en esta zona del Caquetá desde 1912. Después de décadas de expansión de los terrenos para el pastoreo de ganado, el “océano de bosque” se ha reducido a unas islas en medio de un mar de pastos. Antes de llegar, los investigadores habían examinado detenidamente imágenes satelitales con la esperanza de encontrar un bosque lo suficientemente grande como para sustentar el tipo de aves que buscaban. Una zona adyacente a la granja fue lo mejor que pudieron ubicar.

Este grupo estaba compuesto por 10 biólogos colombianos y un estadounidense. La mitad eran mujeres, la mayoría tenían entre 20 y 30 años, y viven y trabajan en la región del Caquetá. Es importante señalar que los especímenes que recolectaron no saldrán de Colombia. En cambio, formarán parte de las colecciones públicas de historia natural de la Universidad Nacional. Los ornitólogos como Cuervo han pasado gran parte de sus carreras estudiando las aves de su propio país en museos extranjeros. Cuervo espera que los jóvenes científicos que participaron en este viaje no tendrán que hacer eso.

MOR-001, un Saltarín rayado macho. Esta fue una de las "especies focales" de la expedición, que será comparada con los especímenes recolectados en 1912. (Federico Rios/The New York Times)
MOR-001, un Saltarín rayado macho. Esta fue una de las "especies focales" de la expedición, que será comparada con los especímenes recolectados en 1912. (Federico Rios/The New York Times)

Un mundo verde

Los propietarios de la finca, la familia Alvira, mandaron sus caballos a los pastizales y permitieron que los científicos convirtieran el establo en un laboratorio. Las mesas de plástico contenían jeringas, viales, portaobjetos de vidrio, reglas, bisturíes y muchas planillas y listas.

Sobre el suelo de tierra compacta había una cava con hielo seco y un recipiente lleno del nitrógeno líquido que se necesita para congelar rápidamente los tejidos con el fin de realizar estudios genéticos. Los suministros habían llegado en tractor esa mañana muy temprano, cuando el equipo hizo su caminata de una hora desde una aldea cercana. Durante la expedición anterior del grupo en un bosque de las tierras altas en el sur de Colombia, el nitrógeno se cayó del lomo de una mula que resbaló en el camino, pero lo salvaron antes de que se derramara.

En el bosque, el equipo tendió cientos de metros de redes de niebla, hechas con tejidos sueltos y tenues que hacen que las aves queden atrapadas, mientras los monos aulladores gemían desde ramas tan altas que no se veían. A las dos de la tarde, Juliana Soto, bióloga del Instituto Humboldt en Colombia, llevó el primer pájaro de la expedición que fue etiquetado como MOR-001 —MOR por Morelia— en una bolsa de algodón que llevaba amarrada en el cuello.

Era un Saltarín rayado, con su pequeño cuerpo verde y una orgullosa cresta roja. En Colombia, la gente tiende a llamar a esta familia de aves como saltarines por la forma en que los machos se reúnen y saltan de rama en rama para impresionar a las hembras.

Preparar las aves para un estudio científico era un proceso más sencillo en 1912. Les disparaban en el campo, y muchas nunca se recuperaban. Se descartaban los tejidos blandos y solo se conservaban esqueletos y pieles. Cada cuerpo se secaba, lo llenaban de algodón y lo etiquetaban con la información sobre quién había recolectado el ave, la ubicación y altitud de su captura.

Las exigencias técnicas y éticas de la ciencia moderna exigen que se tenga más cuidado con cada espécimen. Algunos miembros de este equipo eran ornitólogos veteranos; otros eran estudiantes, voluntarios y profesionales recién graduados que todavía no dominaban los desafíos del trabajo de campo. Los miembros más experimentados ayudaban al resto.

Andrea Morales Rozo, profesora de biología en la Universidad de los Llanos en el centro de Colombia, guiaba al equipo entre las redes mientras sacaba hábilmente a las aves ilesas. Morales Rozo ha estado estudiando a la Reinita rayada, una especie que migra entre el Amazonas y Canadá; forma parte de un grupo que recientemente comparó especímenes de museos y aves capturadas en el campo y detectó que el área de distribución hacia el norte de la Reinita se había desplazado más de 640 kilómetros en 45 años.

Cuervo, el líder de la expedición, les ofrecía un apoyo paternal y calmado a quienes estaban en la mesa de procesamiento. No siempre es obvio saber cuál es la mejor manera de describir los colores de un pájaro, por ejemplo, y a menudo se solicitaban segundas opiniones. ¿Era un ala “verde café”? ¿O era “verde olivazo”? ¿La mancha de cría de una hembra, la piel desnuda que calienta los huevos, era suave o comenzaba a arrugarse?

MOR-001 luchaba en la mano de Soto mientras se la pasaba a su colega, Jessica Díaz, una bióloga de campo contratada para las expediciones. El ave fue fotografiada y registrada. Díaz se esforzó por extraer una pequeña cantidad de sangre de su vena yugular con una jeringa, exprimiendo las gotas en un frasco de alcohol. Luego se preparó para sacrificarla con una rápida compresión cardíaca, usando los dedos para aplicar una presión firme sobre el corazón del ave. Con esta técnica, los pájaros pequeños se desmayan en segundos y mueren en aproximadamente medio minuto. Las aves grandes son anestesiadas.

Díaz sostuvo a MOR-001 debajo de la mesa para no tener que mirar; sus colegas hacían lo mismo cada vez que les llegaba el turno de sacrificar un pájaro. “Esta es la parte que no es divertida”, dijo en voz baja.

Algunos miembros del grupo, incluida Soto, evitan sacrificar aves, aunque creen en la necesidad de la recolección científica y participan en el proceso. “Creo que a todos nos da duro”, dijo Soto, cuya voz aguda le otorga cierta aura de ave. “Pero a mí me da muy duro, me chuza el corazón”. En esta expedición, Soto asumió otros trabajos de campo como cortar muestras de músculo pectoral para colocarlas en nitrógeno líquido, resaltar los colores de los picos y plumas y marcar con cuidado una pierna.

Cada ave fue envuelta firmemente en plástico y se colocó en hielo seco para esperar las siguientes etapas más complejas de disección y preservación, que se realizan en el laboratorio de la universidad. Para cuando MOR-001 estuvo en la nevera, envuelto como una momia en miniatura, varias bolsas más se retorcían en un alambre sobre la mesa, y el calor de la tarde estaba en su apogeo.

Y no llegó ningún pájaro hormiguero

Durante largos períodos del día siguiente, llegaron pocas aves. Los investigadores no estaban acostumbrados a eso; normalmente estarían demasiado ocupados como para comer. “Imagínate que Miller dijo que en ningún otro lugar de Colombia le fue tan bien”, se lamentó Soto después de una inspección infructuosa de las redes.

Un siglo antes, Miller había conseguido en ese sitio una docena de variedades de pájaros hormigueros, una familia de especies que se alimentan de insectos y necesitan el refugio de la oscuridad de la espesa maleza tropical.

La mayoría de la gente asocia la región amazónica con guacamayas y tucanes vistosos, pero para un ornitólogo, los hormigueros se encuentran entre sus principales atractivos. En una gran extensión de bosque ininterrumpida, “te abruman los hormigueros, muchas especies llegan al mismo tiempo”, dijo Cuervo.

Pero los hormigueros evitan la luz solar. Con el bosque tan expuesto, y con tanta luz que ahora llega al suelo del bosque, el equipo se preguntó si podrían capturar algún hormiguero.

Antes de que llegaran Cuervo y el resto del grupo, un pequeño equipo de avanzada había pasado días realizando censos de aves y estudiando sus cantos para comprender mejor la composición de la comunidad forestal local. Pero no escucharon pájaros hormigueros, más bien escucharon el zumbido de una motosierra.

Los datos del censo son un componente importante de estas expediciones, que complementan los datos obtenidos de los especímenes. El año pasado, un grupo de ecologistas colombianos comparó con éxito los datos del censo de un bosque con los especímenes de Chapman y concluyó que la composición de la vida de las aves había cambiado drásticamente en 100 años. En un bosque que alguna vez favoreció a los ejemplares especializados, ahora dominaban las especies más generales.

“Pero si te preguntas qué ha cambiado dentro de una especie, necesitas el ave real”, dijo Glenn Seeholzer, investigador asociado del Museo Americano de Historia Natural que forma parte del equipo colombiano. Las especies no son estáticas; tampoco los cuerpos, los comportamientos o los genes. Los picos crecen o se encogen durante generaciones; las plumas cambian de color o brillo en respuesta a diferentes presiones selectivas. A nivel genético, los cambios pueden ser profundos, revelando una diversidad reducida o ampliada, un indicador de la capacidad de una población para adaptarse a entornos cambiantes.

Los científicos ahora pueden extraer algo de material genético de especímenes de aves viejas raspando las yemas de los dedos de los pies. Al comparar los datos de aves recolectadas en este viaje con los de Chapman, “podremos ver cómo ha cambiado la variación genética”, dijo Seeholzer. “Hay muy pocos conjuntos de datos de las poblaciones de aves silvestres con los que se puedan hacer o responder estas preguntas”. Cuando se complete esta serie de expediciones, a fin de año, las colecciones tanto en Bogotá como en Nueva York “serán mucho más valiosas que la suma de sus partes”, dijo.

Riqueza con alas

Los investigadores realizan un cuidadoso trabajo previo que comienza meses antes de cada expedición. Esta travesía requería aún más preparativos. En esta comunidad ganadera, Díaz y dos colegas entraron en contacto con casi 100 familias, muchas de ellas reasentadas aquí por el gobierno después de haber sido desplazadas por grupos armados. “La gente era sensible a que viniéramos a su tierra”, dijo. “Sus terrenos son todo lo que tienen”.

Otra tarea delicada consiste en explicar por qué y cómo se llevan las aves, lo que los investigadores tratan de hacer de la manera más franca posible. Nelsy Niño, investigadora del Instituto Humboldt que diseña el alcance de las expediciones, utiliza la analogía de una biblioteca pública cuando habla con comunidades o grupos de jóvenes. Las colecciones biológicas forman parte del patrimonio de la nación, conocimiento que estará disponible para todos los colombianos de las generaciones venideras, explica. “También hablamos de coleccionar como tomar una foto”, dijo. “Un espécimen es como una fotografía que tomamos de un individuo en un tiempo y espacio específicos”.

Semanas después de cada viaje de recolección, Niño y su equipo regresan a las comunidades para informar sobre sus hallazgos y realizar talleres como parte de un esfuerzo por aumentar el interés en la conservación de aves y el turismo de aves en el campo. En los últimos años, Colombia se ha promocionado como el país más rico en aves del mundo, pero no todas sus regiones están igualmente preparadas para beneficiarse.

El Caquetá se ha visto muy afectado por la deforestación. La región ha perdido el 8,5 por ciento de su cobertura arbórea desde 2000, según Global Forest Watch. La especulación de la tierra y el pastoreo de ganado, junto con las oleadas de reasentamiento y colonización, han contribuido a esa situación.

Dos miembros de la expedición, Mauricio Cuéllar y Xiomara Capera Espinosa, trabajan como guías de observación de aves y esperan generar interés en la fauna de la región. Aquí, en estas parcelas agrícolas, depende de familias como los Alvira decidir si salvar los bosques remanentes por el bien de las aves. Durante este viaje, mientras el resto del equipo se sentaba sobre la mesa de procesamiento, Niño entrenaba gentilmente al miembro más joven de esa familia, Daniel Díaz Alvira, de 6 años, en la identificación de aves usando una guía.

‘Una historia de nuestras aves’

La mayor parte del equipo había leído los escritos de Chapman y Miller sobre Colombia. The Distribution of Bird-Life in Colombia, el libro de Chapman de 1917, ha sido una referencia muy importante para los ornitólogos del país, y prácticamente todos han participado en este proyecto de una forma u otra. Las raíces de este esfuerzo se remontan a 1994, cuando el ornitólogo Gustavo Kattan utilizó por primera vez los datos de Chapman para mostrar que ciertas especies habían desaparecido de un bosque cerca de Cali.

Cuervo, quien estudia la evolución de las aves neotropicales, calificó el trabajo de Chapman como “inspirador”. Chapman “presentó una serie de ideas que ahora podemos probar con herramientas modernas”, dijo. “Es una historia de nuestras aves, una saga y un patrón que quieres entender”.

Sin embargo, tanto Chapman como Miller expresaron puntos de vista racistas. En sus libros se menosprecia a las personas negras e indígenas. Rara vez nombraron a los colombianos que los ayudaron a encontrar, recolectar y preparar sus aves, contentos de etiquetarlos como “ayuda nativa no calificada”, “peones” o algo peor.

Estas expediciones transitan por una línea incómoda porque son un tributo al trabajo de Chapman pero, a la vez, plantean un alejamiento consciente de esas prácticas y actitudes científicas que han llegado a ser etiquetadas como “coloniales” o, al menos, desiguales. Incluso en el siglo actual, los científicos de los países tropicales tienden a ser vistos como “los que se ocuparán de los permisos, los que saben cómo llegar al lugar, y eso es todo”, dijo Cuervo.

El investigador destacó que no veía el trabajo de este grupo como un repudio a sus predecesores. “Sería fácil señalar todos sus defectos”, dijo. “Estaban escribiendo en su tiempo. En nuestra época, estamos creando una ciencia más participativa, una ciencia más global, con nuestra propia diversidad y nuestras propias herramientas”.

“No estamos tratando de crear colecciones de aves de alta calidad por acumulación o por nacionalismo”, agregó. “Hacemos esto porque lo necesitamos”.

Después de pasar varios días en la finca de la familia Alvira, el equipo cambió de sitio y estableció un campamento cerca de un bosque más prometedor. En este remanente, que bordeaba un ancho río arenoso, sobrevivieron conjuntos de palmeras raras y bambúes. El sitio estaba aún más cerca del antiguo estado de La Morelia, y allí obtuvieron mejores resultados.

Al final de su estadía en el Caquetá, habían recolectado unas 400 aves que representan más de 100 especies. Diez se consideran como especies focales, es decir, que podían compararse, morfológica y genéticamente con las aves de la colección Chapman.

Estos incluyen Trepadores de pico de cuña, que usan las plumas curvas de la cola para anclarse a los troncos de los árboles; Toches negros, cuyos picos inferiores blancos brillantes les valieron el apodo de come-queso. Había Toritos coronados (pequeños pájaros frugívoros relacionados con los tucanes) y Sabaneros zumbadores, una especie que habitaba en los márgenes forestales y que parecía tan preparada como cualquier otra para prosperar en un nuevo mundo de microbosques rodeados de pastizales.

La mayoría eran especies comunes, ampliamente distribuidas, señaló Cuervo, y no se extrajeron más de una docena de ejemplares de cada una, lo que significa que, a nivel de población, la recolección tuvo pocas consecuencias. “No negamos que haya un impacto en el ave individual”, dijo. “La sacamos. Pero lo que ponemos en la balanza es lo que podemos aprender”.

Parecía, aunque el arduo trabajo para cuantificar esto aún no había comenzado, que al menos parte de la vida de las aves presentes en 1912 todavía estaba ahí, incluso en hábitats muy afectados.

Pero faltaron muchas familias de aves, entre ellas los pájaros hormigueros. El grupo solo consiguió tres, de una sola especie.

© 2021 The New York Times Company

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