Colapso y desabastecimiento: cómo se vive el toque de queda en Chile

Víctor García

En tres días todo cambió. Lo que partió como un reclamo por el alza del subte, derivó en un reproche masivo y generalizado a un modelo que tiene a buena parte de una sociedad contra las cuerdas. La violencia se desató y si hace una semana cargar nafta o comprar pan, era una práctica absolutamente normal, el fin de semana los chilenos se encontraron con dificultades en su vida diaria que no se experimentaban desde los tiempos de la dictadura de Augusto Pinochet.

Los principales problemas tienen que ver con la sospecha que todo podría empeorar. Por eso, las estaciones de servicio se repletaron de interminables de filas de vehículos que llenaban sus estanques como si viniera el apocalipsis. Varias cerraron por la tarde porque el combustible se les acabó y otras cerraron la cortina a las 18 horas para que sus trabajadores pudieran regresar a sus hogares antes del toque de queda.

Con los supermercados cerrados, los grandes beneficiados fueron los almacenes de barrio que se atrevieron abrir. Mientras otros no lo hicieron por el temor a saqueos o sus propios dueños priorizaron la defensa de sus negocios portando palos o armas de fogueo en sus entradas, los que sí pudieron atender recibieron un flujo de compradores inusual y las filas se extendieron por varios metros para poder comprar.

Bajo ese ambiente de necesidad forzada y con el fantasma del desabastecimiento alimentado sin canales oficiales, también surgió cierta especulación con los precios. Algunas empresas de buses interregionales aumentaron los valores de sus tickets, al igual que varias estaciones de servicio que vendieron gasolina de menor octanaje a precio de un combustible premium. La contracara la marcaron los mercados: con frutas y verduras disponibles, también recibieron un volumen importante de consumidores.

Rumores y fake news

Los rumores en redes sociales y las fake news que proliferaron sobre todo en los grupos de WhatsApp, también amplificaron la incertidumbre. Diversas informaciones surgieron. Desde un corte de agua masivo que podía afectar a la capital, un llamado a insurrección del Ejército adelantando el toque de queda y videos de agresiones entre la policía y manifestantes que correspondían a otro época. Un efecto concreto se tradujo en una curiosidad: el agua en botellas también fue uno de los productos más solicitados, como si lo que se hubiera vivido fuese lo más parecido a un terremoto.

¿Y qué pasará este lunes? Con las escuelas cerradas, muchos padres también enfrentarán este lunes con un problema tan cotidiano como no tener con quién dejar a los hijos mientras se van a trabajar. En la crisis, muchos cursos se han organizado para montar guarderías infantiles improvisadas en sus propios hogares. Algunas escuelas privadas abrirán para dar sensación de normalidad.

El desplazamiento a los lugares de trabajo es una de las grandes interrogantes. Se han levantado campañas ciudadanas vía redes sociales para que los habitantes compartan sus vehículos, pero en una ciudad de siete millones de habitantes probablemente las calles colapsarán. Esa sensación temor se sintió apenas se adelantó el toque de queda: las calles se congestionaron como si fuera la celebración de Año Nuevo y la gente se refugió en sus hogares.

Cuando cae la noche las cacerolas siguen sonando desde diversos sectores, y varios manifestantes -sobre todo jóvenes- se mueven en la calle desafiando el toque de queda. Los más viejos han reparado en ese detalle: si alguien se atrevía en la época de Pinochet a hacer algo similar, habría tenido problemas de vivir para contarlo.