Clint Eastwood a los 90: el héroe que no para de hacerse y de deconstruirse

Marcelo Stiletano

El Hombre sin Nombre, el héroe del western, el policía implacable de métodos directos. Clint Eastwood tuvo muchos nombres que lo identificaron en el cine como actor. Usó esas identificaciones como trampolín al estrellato. La popularidad de Eastwood fue más grande que nunca en los años 80, cuando el arquetipo heroico que paseaba por la pantalla se identificaba a la perfección con la épica conservadora del reaganismo. Pero esa fama no tendría mucho que ver con lo que vino después. Algunas de sus películas más convocantes de ese tiempo fueron comedias livianas en las que compartió el lugar protagónico con un chimpancé.

Pocos se acuerdan hoy de ese momento en la historia cinematográfica de Eastwood. Sobre todo los que celebran a todo lo alto su cumpleaños número 90. ¿Qué otra figura de su trayectoria logra mantener la vigencia plena a esa edad? En la inmensa mayoría de los casos, llegar a la novena década de vida resulta para Hollywood un destino inevitable de jubilación, retiro absoluto, apartamiento completo de la vida cotidiana de una industria que impone adaptaciones veloces a cambios experimentados a toda velocidad y, en el mejor de los casos, algún papel ocasional de anciano que por lo general atraviesa el ocaso de su vida sin tener demasiada noción del mundo y de cómo funcionan las cosas.

Eastwood sigue fuera de cualquiera de esas identificaciones porque es distinto al resto. En todo caso, su presencia todavía vigente parece una respuesta irónica al preconcepto que maneja la industria para las personas de su edad. Puede ser cierto en su caso que Eastwood esté afuera de este mundo. Sin embargo, esa anomalía aparece envuelta en circunstancias extraordinarias. Pertenece a otra época, pero hasta hoy entrega en cada nueva película (¡y las últimas tres las hizo en menos de dos años!) muestras elocuentes de que puede moverse sin problemas en los tiempos que corren. Basta con ver el modo en que emplea los efectos visuales en una de sus obras recientes más sobresalientes: Sully, hazaña en el Hudson.

La vigencia de Eastwood tiene que ver sobre todo con la distancia que él mismo ha sabido tomar de aquéllos momentos icónicos que lo hicieron famoso. Después de Los imperdonables nunca más hizo un western. Cuando se despidió de Harry Callahan (Harry el Sucio), después de cuatro films, no volvió a encarnar a ese tipo de policía implacable y de métodos heterodoxos. Pero no olvidó ese pasado. Lo revisó una y otra vez desde el lugar de excepción que ocupa y que todos le reconocen con admiración. Eastwood es un autor. Un auteur, en el sentido que le otorgan los críticos franceses (quienes lo descubrieron en ese lugar antes que el resto del mundo). Un creador capaz de ofrecer una visión del mundo con las más nobles armas del lenguaje cinematográfico. En este caso la narración fluida, transparente, precisa del más puro clasicismo del cine estadounidense.

Para llegar a ese punto, Eastwood honró su propia historia pero sin quedarse en ella. Y como director, dueño de una carrera de 36 largometrajes en los cuales se dedicó, sobre todo, a la admirable y minuciosa tarea de construcción y deconstrucción del héroe norteamericano. No hay otra manera de explicar, por ejemplo, el recorrido vital que hace Walt Kowalski, el veterano de la guerra de Corea, primero irritado con el mundo y más tarde abanderado del humanismo en Gran Torino. O lo que le ocurre a Earl Stone, el especialista en jardines que encuentra al final de su vida un camino inesperado en La mula, verdadero film-testamento en toda la obra de Eastwood.

Las preguntas que Eastwood se hace (a sí mismo y frente a los demás) sobre el lugar del héroe tienen un escenario muy concreto en tiempo y en lugar: la cultura de los Estados UnidosMarcelo Stiletano

En sus múltiples interpretaciones como representante de la ley (basta recordar el más complejo de todos, el que encarna en Un mundo perfecto) o enfrentado más tarde a ese tipo de personajes, Eastwood se hace todo el tiempo preguntas sobre el papel del individuo que frente al sistema y a las instituciones no puede dar siempre respuestas sumisas o bajar la cabeza. Esa idea de heroísmo aparece en su obra cada vez más perfilada de manera sutil o difusa, pero con la suficiente precisión como para quedar a la vista como uno de los ejes fundamentales de su mirada de artista.

Y esa mirada, a la vez, le permite jugar con una asombrosa flexibilidad alrededor de todos los temas posibles y todos los géneros posibles del cine de Hollywood. Porque las preguntas que Eastwood se hace (a sí mismo y frente a los demás) sobre el lugar del héroe tienen un escenario muy concreto en tiempo y en lugar: la cultura de los Estados Unidos, marcada por la violencia, sus manifestaciones, sus excesos y su necesidad de redención, y el cine estadounidense.

Todo esto convierte a Eastwood, además de un autor con mayúsculas, en un artista complejo y también muy arriesgado. Algo que habrá alguna vez que reconocerle a los clásicos, muchas veces estereotipados en la idea de que el clasicismo es solo una actitud conservadora. Eastwood no dejó género sin recorrer (basta con ver lo que hizo alrededor del drama romántico con Los puentes de Madison o del musical con esa obra maestra incomprendida que es Jersey Boys) y en cada etapa de ese recorrido supo plantear las mismas preguntas.

"Yo nunca fui un extremista. Puedo ser liberal para ciertas cosas y conservador para ciertas otras", le dijo Eastwood a la revista Playboy en 1974. Ya se preparaba entonces para el lugar que ocuparía. Lo que tal vez no imaginaba es que hoy, al llegar a sus 90 años, seguiría siendo uno de los autores cinematográficos más admirados y estudiados del mundo. Y que todo ese mundo sigue esperando ansiosamente su próxima película.

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