Aunque suene despiadado, las caídas graves son parte del ciclismo

Luis Tejo
·7  min de lectura
Naher Bouhanni (centro, de rojo) empujando a Jake Stewart durante una llegada al sprint. Foto: Twitter @cyclingreporter
Naher Bouhanni (centro, de rojo) empujando a Jake Stewart durante una llegada al sprint. Foto: Twitter @cyclingreporter

El pasado domingo se disputó la 43ª edición de la Cholet-Pays de la Loire, una de tantas carreras ciclistas de un día que llenan el calendario como preparación para las grandes vueltas que llegarán más adelante. En esta ocasión, las carreteras del oeste de Francia vieron proclamarse ganador al italiano Elia Viviani, que superó en el último momento al vitoriano Jon Aberasturi. Precisamente ese sprint final está dando mucho que hablar, pero no por el campeón ni por el segundo clasificado, sino por una maniobra ocurrida un poco más atrás.

La protagonizó el competidor francés Naher Bouhanni, del equipo Arkéa Samsic, quien, en un intento por obtener una posición más ventajosa para afrontar los últimos metros, hizo un movimiento temerario que podría haber causado una catástrofe. Para evitar que Jake Stewart (Groupama-FDJ), que venía por su izquierda, le adelantara, fue cerrándose hasta acabar empujándole directamente contra las vallas de protección. Por suerte el inglés fue capaz de reducir la velocidad y mantener el equilibro, así que pudo evitar irse al suelo él mismo o provocar un enganchón con todos los que rodaban por detrás a alta velocidad.

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Aunque tuvieron un desenlace mucho más afortunado, los hechos recordaron muy peligrosamente a lo sucedido en el Tour de Polonia en agosto de 2020. El agresor fue Dylan Groenewegen; la víctima, Fabio Jakobsen, ambos neerlandeses. La caída fue tan brutal que las imágenes dieron la vuelta al mundo; si no las has visto, ten cuidado, porque son muy duras.

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Jakobsen se produjo múltiples fracturas, tuvieron que inducirle un coma durante algunos días, y ahora se recupera lentamente, aunque todavía no tiene fecha para la vuelta a la actividad profesional... si es que algún día puede. Groenewegen pidió disculpas por su acción, expresamente prohibida por el reglamento, pero aun así no se libró de una sanción de nueve meses de suspensión y de la crítica unánime del pelotón; algunos llegaron a decir que había sido un "intento de asesinato". Críticas similares le están cayendo ahora a Bouhanni; Stewart dijo de él en Twitter que "no tiene células cerebrales". Es de esperar que le caiga un castigo ejemplar; la propia Unión Ciclista Internacional (UCI) ha emitido un comunicado de condena de los hechos.

En vista de dos casos tan graves en tan poco tiempo, y de otros muchos accidentes que son casi el pan nuestro de cada día en las carreras ciclistas, no faltan las voces que exigen a la UCI hacer algo al respecto. Pero ¿qué, en concreto? Porque no es un problema con una solución sencilla, ni mucho menos.

La opción fácil es aumentar las penas para los infractores. Por supuesto, el comportamiento antideportivo no es que no deba fomentarse, sino que debe ser reprimido tanto por el perjuicio que causa a los demás competidores como por el mal ejemplo que transmite (querámoslo o no, el deporte se ha convertido en un punto de referencia para buena parte de la sociedad, que toma a los atletas como modelos de conducta). Bouhanni debe recibir una sanción, de igual manera que se la impusieron a Groenewegen, aunque ajustada a las consecuencias del acto cometido; los expertos en derecho del deporte se encargarán de establecer la magnitud del castigo, sin necesidad de que lo haga ningún justiciero por su cuenta.

Pero eso no sirve. Juristas de todo el mundo llevan décadas analizando esta posibilidad, no ya en el deporte sino en todos los ámbitos de la vida, y llegando, de manera sistemática, a la misma conclusión: endurecer las penas no es eficaz para reducir la tasa de delincuencia. Aunque hay abundantes estudios que lo demuestran, no nos hace falta complicarnos la vida con tecnicismos de leguleyos para verlo claro: basta constatar que el hecho de que Groenewegen afronte casi un año apartado del pelotón no ha servido para evitar que Bouhanni se comportara igual. Los insensatos no van a desaparecer tan fácilmente.

Otra opción es corregir por el lado contrario. Es decir, reducir las situaciones de riesgo a las que se enfrentan los ciclistas en las que podría producirse un acto de este tipo. Por ejemplo, eliminar sprints masivos a velocidades extremas en circuitos que, quizás, no reúnan las características adecuadas. Eso sí es competencia directa de la UCI a la hora de autorizar o no el recorrido de una determinada carrera.

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Esa sería, a priori, la manera más sensata, con la que todo el mundo saldría ganando. Se trataría, como dice nuestro compañero Guillermo Ortiz, de una forma de humanizar el deporte. Pero hay un pequeño inconveniente con esto: los aficionados, el público, los que de forma directa (entradas, merchandising, etcéteras varios) o indirecta (patrocinadores) ponen el dinero para que el negocio funcione, no quieren que los deportistas sean humanos. Humanos ya son ellos mismos cuando se sientan en el sofá o se acercan al borde de la carretera para verlos. De un deportista se esperan unas prestaciones quizás no inhumanas, pero sí sobrehumanas. Dónde se establece la frontera entre un concepto y el otro es cuestión del criterio de cada uno.

Porque hay una verdad incómoda que pocos se plantean. El deporte profesional, como tal, no es algo que aporte nada por sí mismo a la sociedad. No es como un maestro de escuela o un policía o un bombero, que sí que generan beneficios tangibles. Al conjunto de la población no le supone ningún tipo de mejora vital que un futbolista meta 50 goles en una temporada, o que un atleta corra 100 metros en menos de 10 segundos. Sin embargo, el que es capaz de hacerlo llama la atención y resulta interesante a los demás, hasta el punto de que están dispuestos a pagar para verlo. Es pura y dura industria del entretenimiento. Esto no significa que sea algo malo, ni que no merezca respeto (el mismo que otras formas de ocio como el cine o la música, por poner dos ejemplos). Pero tiene que tener claro que su única razón de ser es captar el interés de la audiencia.

De ahí que, en el caso del ciclismo, las carreras sean cada vez más duras, se alcancen velocidades mayores, los sprints sean más intensos y arriesgados. Se busca la espectacularidad y no se va a dar un solo paso atrás en este sentido, aunque el daño colateral sea aumentar las probabilidades de accidentes con consecuencias desgraciadas. Porque de lo contrario, el mercado ofrece incontables fórmulas alternativas que están dispuestas a aprovechar el menor resquicio para colarse en la lista de preferencias de los consumidores y, por tanto, atraer su dinero.

¿Peligroso? Sí, sin duda. Pero, aunque para la integridad de los corredores convendría bajar un poco el ritmo, es algo que no va a ocurrir. El ciclismo no se lo puede permitir. Es una pura cuestión de supervivencia: si es menos arriesgado, si es menos intenso, si es más aburrido, el espectador cambiará de canal. Quedará el puñado de fieles, la base que está ahí siempre contra viento y marea; insuficiente para que el negocio se mantenga.

El ciclismo ha de ser, por tanto, una actividad de riesgo. No queda más remedio. Y si los ciclistas creen que la amenaza es excesiva, superior a lo que están dispuestos a soportar, deben recordar que su profesión es solo una de tantas que se pueden ejercer para ganarse la vida, en la que nadie, que sepamos, entra de forma forzada. Por supuesto, esto no significa que tenga que ser la ley de la jungla; nunca insistiremos demasiado en que actitudes como la de Bouhanni son intolerables y merecen sancionarse en su justa medida. Para eso existen reglamentos y normativas que lo regulan al detalle. Pero debemos tener claro que va a seguir habiendo accidentes, caídas y lesiones graves. Está en su propia naturaleza y es el precio que tenemos que pagar si queremos seguir divirtiéndonos con las carreras de bicicletas.

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