Chubut. Un inmigrante fundó un pueblo alguero y hoy es un santuario natural

Leandro Vesco
·8  min de lectura
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BAHÍA BUSTAMANTE (Chubut).- En 1952, un inmigrante español llamado Lorenzo Soriano se lanzó a la aventura por la inhóspita ruta 1 costera de Chubut. El viaje era desesperado: encontrar algas que tuvieran gel para sustituir la goma arábiga que importaba de la India y que usaba para su fijador de cabello Malvic. Uno de sus hijos lo acompañó, viajaban en jeep.

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En el camino, vendió los últimos sobres de su gomina. Un dato lo esperanzó, los solitarios caminos lo condujeron a un rincón casi inaccesible conocido como Bahía Podrida, por la gran acumulación de algas sobre su costa. Llegó y encontró su destino, fundó el primer pueblo alguero del mundo conocido como Bahía Bustamante, que hoy es un santuario natural y un lodge turístico.

Lobos marinos en Bahia Bustamante lodge, reserva natural y hosteria en la Provincia de Chubut, ahora dedicado al turismo y conservacion de la Fauna Silvestre, la familia Soriano ocupo por primera vez el territorio con el fin de dedicarse a la produccion alguera
Tomás Cuesta


Lobos marinos en Bahia Bustamante lodge, reserva natural y hosteria en la Provincia de Chubut, ahora dedicado al turismo y conservacion de la Fauna Silvestre, la familia Soriano ocupo por primera vez el territorio con el fin de dedicarse a la produccion alguera (Tomás Cuesta/)

El pueblo alguero se inició como un campamento, pero la producción sobrepasó los cálculos. La calidad y cantidad de algas que crecían en esta costa hicieron que Lorenzo proyectara un pueblo, las algas y las mareas movilizaron la dinámica social durante cincuenta años. Entre la década del 60 y los 80, hubo 500 habitantes, escuela, pulpería, almacén de ramos generales, iglesia, comisaría y los galpones donde se procesaban las algas.

“Algo curioso: las algas que encontró no tenían el gel que buscaba, pero eran muy ricas en agar agar”, afirma Matías Soriano, nieto del pionero y quien está al frente de las tierras donde se asentó el pueblo. “Mi abuelo fue una persona visionaria, no encontró nada cuando llegó, sólo una solitaria pulpería marina”, afirma Matías.

Tesoro

El tesoro que halló el andaluz, el agar agar, es una sustancia que se desarrolla en la pared celular de varias especies de algas, especialmente las del género gracilaria, que es la que más crece en Bahía Bustamante. El término proviene del malayo “agar” que significa jalea, en los mares orientales es muy consumida, principalmente en Japón para hacer el Mizuyokan, que es una gelatina a base de agar y porotos. “Lorenzo comenzó a estudiar el mundo y el mercado de las algas”, afirma Soriano, “en esta costa halló el lugar para hacer su América”.

Matias Soriano, dueño de Bahia Bustamante
Tomás Cuesta


Matias Soriano, dueño de Bahia Bustamante (Tomás Cuesta/)

Aún sin la infraestructura, exportó a Japón. Sus principales clientes durante muchos años estuvieron en aquella lejana isla. Su producto, el fijador de cabello Malvic, desapareció de las prioridades para volcarse a la industria alimenticia.

La exportación de agar agar le posibilitó crear primero el campamento, y luego el pueblo. El know how lo trajo del país nipón y creó una propia planta de procesamiento en Gaiman que dio trabajo a 140 empleados. El momento fue el indicado, nuevos productos comenzaron a necesitar el ansiado agar agar. “Se usó para el dulce de batata, el flan, el dulce de leche y los chacinados”, enumera Soriano. “Bahía Bustamante hervía de gente, el movimiento era incesante”, recuerda.

Aislados

Un dato de interés: todo esto se llevó a cabo en un lugar que estaba aislado del mundo, Comodoro Rivadavia, la ciudad más próxima, está a 200 kilómetros. Esta comunidad alguera creció en la más completa soledad. “Teníamos una radio, que era el único medio de comunicación con el mundo exterior”, sostiene Matías, quien creció en Buenos Aires, pero venía en los veranos.

La dinámica del campamento que devino en pueblo, se centró en el alga gracilaria. “Fue el alga dorada”, afirma Soriano. Los habitantes rara vez salían de este poblado. Los casamientos se celebraban en la iglesia, había pabellones para casados y otro para solteros. De febrero a agosto entraban cientos de trabajadores temporarios.

Lorenzo Soriano, y su gomina Malvik: buscando un gelificante para ella fue que llegó hasta las costas de Chubut en 1953
Lorenzo Soriano, y su gomina Malvik: buscando un gelificante para ella fue que llegó hasta las costas de Chubut en 1953


Lorenzo Soriano, y su gomina Malvik: buscando un gelificante para ella fue que llegó hasta las costas de Chubut en 1953

“Si existía alguna pelea o alguien se emborrachaba, había dos calabozos para aplacar los ánimos. Había mucho soltero suelto”, sostiene Soriano. Incluso se construyó un cementerio, donde en la actualidad descansan los restos de Lorenzo, el pionero, quien pidió ser enterrado a pocos metros del mar, entre otros viejos habitantes. “Durante mucho tiempo la única manera de comunicación, fue por vía marítima”, asegura Soriano.

“Venir a caballo o en carreta, era lo usual”, afirma Soriano. Esta costa patagónica en los años cincuenta y hasta los setenta todavía era tierra inexplorada. Aún hoy es muy difícil llegar (se recomienda hacerlo con 4X4). “Para venir desde Trelew (a 200 kilómetros) necesitabas tres días”, agrega.

La provisión de agua fue un problema en una tierra donde por año apenas caen del cielo de 120 a 200 milímetros. La única fuente estaba a 20 kilómetros en una surgente que nacía en la estancia Las Mercedes de una familia italiana pionera. La trasladaban en camiones. Lorenzo Soriano con el tiempo compró la estancia y construyó un acueducto hasta Bahía Bustamante. A la extracción alguera, se sumó la producción ovina lanera.

Prosperidad

La Bahía Podrida prosperó. Aquella toponimia comenzó a desaparecer hasta quedar en el olvido. Bahía Bustamante y las algas, se convirtieron en sinónimos y este rincón, aunque olvidado en el mapa de la soledad patagónica, tuvo vida propia. Durante cincuenta años fue un centro reconocido en el mundo, y para la industria alimenticia nacional, un eslabón de trascendencia para elaborar productos que estuvieron en la mesa de todas las familias.

“Nunca nos metimos en el mar, la extracción siempre fue costera”, afirma Soriano. La costa de Bahía Bustamante atrajo toneladas de algas gracilarias. “Las algas, son como una pastura, crecen cuando hay mayor temperatura y calor”, sostiene Soriano. Provenientes de las islas Malvinas a través de corrientes marinas, se extraían desde la costa y se secaban en los cantos rodados de la bahía, luego se enfardaban y se enviaban a la planta que tenían en Gaiman para la extracción del agar agar. “Y de allí, a todo el país y al mundo”, manifiesta Soriano.

Pinguinos en Bahia Bustamante
Tomás Cuesta


Pinguinos en Bahia Bustamante (Tomás Cuesta/)

Dos derrames de petróleo sucedidos en la década del 80 frente a la bahía fueron determinantes para que la extracción alguera decayera y los intereses de la empresa se modificaran. La industria pesquera, agrega Soriano, también fue una de las responsables de la disminución de la flora subacuática. La zona es rica en langostinos. “Los barcos con el sistema de pesca de arrastre, barren todo el lecho marino”, cuenta. Las algas gracilarias, al igual que todo este ecosistema son frágiles y delicados. En 1987 Lorenzo falleció. Fue el fin del pueblo alguero.

“Decidí comenzar con un proyecto de conservación y cría ovina holística”, afirma el nieto del pionero español. Hace 16 años que las algas que llegan a la costa se usan para el consumo humano (lechugas de mar y nori, las más usuales). Forman parte de la carta del exclusivo restaurante del lodge. “Bahía Bustamante es un área de gran importancia natural, por su enorme diversidad biológica”, afirma Candelaria Piemonte, bióloga que integra el equipo de especialistas que trabajan aquí. “Conservar este ecosistema es indispensable para nuestra supervivencia”, agrega.

Bahía Bustamante y su impronta proteccionista fueron cruciales para la creación del Parque Marino Costero Patagonia Austral, el primero del país de esta clase. La jurisdicción abarca desde el Cabo Dos Bahías (al sur de Camarones) hasta la isla Quintano (al sur de Bahía Bustamante) La protección abarca una milla náutica hacia el mar y 1500 metros hacia el interior de la costa. El archipiélago Vernacci tiene una pequeña constelación de islas que son el hábitat de aves y mamíferos, como el pingüino de magallanes, el cormorán, lobos marinos de un pelo y especies endémicas como el pato vapor y la gaviota de Olrog.

En la actualidad es una zona AICA (Área de Importancia para la Conservación de Aves) y constituye la Reserva de Biósfera de la UNESCO Patagonia Azul. “Es un proyecto familiar dentro de un santuario de fauna”, resume Soriano.

Esqueleto de una ballena en Bahia Bustamante
Tomás Cuesta


Esqueleto de una ballena en Bahia Bustamante (Tomás Cuesta/)

Los números sorprenden, y reafirman la importancia de este rincón agreste y salvaje. El 50% de la población de pato vapor a nivel mundial, el 10% de las gaviotas olrog, el 25% de los cormoranes imperiales, nidifican en sus costas e islas. También el 40% de los cormoranes cuello negro de todo el país eligen este ecosistema, al igual que dos colonias de petreles gigantes del Sur. Bajo el agua, la vida, está encendida. Las bahías calmas, a reparo, tienen una gran diversidad de especies, como el delfín austral, el gris, la orca y la ballena franca austral.

“Es importante que la sociedad evolucione”, sostiene Soriano. El espíritu proteccionista va más allá de la costa. Su estancia ovina produce carne y lana de manera sustentable y orgánica. La estepa patagónica, devastada por mal manejo de las pasturas, se recupera con métodos que ayudan a regenerar pastizales y mallines (humedales). Además, producen frutales y miel, (“pensamos que son las colmenas más australes del mundo”, aseguran desde la estancia) y hace tres años sumaron olivares y vid.

El turismo es una experiencia que se alienta. “Es una puerta abierta a la educación ambiental, y a comunicar cómo la biodiversidad contribuye al bienestar humano”, sostiene Candelaria. Las casas de los antiguos habitantes del emprendimiento alguero se han reciclado en un lodge que recibe visitantes de todas partes. “Conservar este paraíso es el granito de arena que queremos darle al mundo”, concluye Soriano.