China silencia a quienes critican el brote del virus mortal

Li Yuan
Paramédicos transportan al presunto primer paciente del coronavirus de Wuhan en Hong Kong, el miércoles 22 de enero de 2020. (Lam Yik Fei/The New York Times)

El desastre del síndrome respiratorio agudo grave (SRAG) se suponía que arrastraría a China hacia una nueva era de responsabilidad y transparencia. La enfermedad mortal repercutió por todo el mundo hace 17 años, gracias a la complicidad del gobierno chino que ocultó su propagación. Cuando la magnitud del problema se hizo evidente, los intelectuales, periodistas y otros críticos de China hicieron esfuerzos para avergonzar a Pekín hasta el punto de que tuvo que hablar francamente sobre ese problema.

“El SRAG ha sido el 11 de septiembre de nuestro país”, afirmó Xu Zhiyuan en una entrevista con The New York Times en 2003. En ese entonces, Zhiyuan era un joven columnista y crítico acérrimo del manejo gubernamental del SRAG. “Nos ha obligado a prestarle atención al verdadero significado de la globalización”.

Hoy, China enfrenta la propagación de otra misteriosa enfermedad, un coronavirus, que hasta el momento ha matado a 17 personas e infectado a más de 540. Y si bien la respuesta de Pekín ha mejorado en varios sentidos, ha sufrido retrocesos en otros. Están censurando la crítica. Están deteniendo a personas por difundir lo que califican como “rumores”. Están suprimiendo la información que consideran alarmante.

Aunque los censores gubernamentales están limpiando con ahínco el internet chino, la comunidad en línea del país está registrando su descontento y preocupación por la manera como Pekín ha manejado el nuevo virus que desde diciembre se ha propagado desde la ciudad de Wuhan a otros países, incluyendo Estados Unidos.

“Pensé que el SRAG obligaría a que China repensara su modelo de gobernabilidad”, escribió Xu —quien en la actualidad es el moderador de un programa de entrevistas de video— el 21 de enero en las redes sociales, donde también publicó una captura de pantalla de su cita del 2003 en el Times. “Fui demasiado ingenuo”.

China ha mejorado de muchas maneras desde la epidemia del SRAG. Su economía ha crecido ocho veces. Ha construido más rascacielos, metros y líneas de alta velocidad que cualquier otro país. Sus empresas de tecnología están a la par de los gigantes de Silicon Valley. Su burocracia, más receptiva, hace que más personas tengan atención médica, servicios sociales e incluso mejoras en su calidad de vida con, por ejemplo, acceso a nuevos parques.

En lo relacionado al manejo de enfermedades, el sistema de salud pública ha mejorado considerablemente. Wuhan, el epicentro del brote, también aloja uno de los laboratorios de investigación de enfermedades epidémicas más avanzados del mundo.

Estas mejoras han venido con un costo. El gobierno ha endurecido su control sobre internet, los medios y la sociedad civil. Tiene más dinero y mayor habilidad para controlar el flujo de información por todo el país.

Como consecuencia, muchos de los medios de comunicación, grupos de defensa, activistas y otras personas que obligaron al gobierno a rendir cuentas en el 2003, han sido silenciados o marginados.

El primer caso fue reportado el 8 de diciembre. Mientras la enfermedad se propagaba, funcionarios de Wuhan insistían en que era tratable y que estaba controlada. La policía interrogó a ocho personas que publicaron información sobre el virus en las redes sociales, afirmando que habían difundido “rumores”.

El 18 de enero, dos días antes de que Wuhan le informara al planeta sobre la gravedad del brote, la ciudad organizó un banquete comunitario al que asistieron más de 40.000 familias, para lograr así que la localidad pudiera competir por el récord mundial de más platos servidos en un evento. El día en que Wuhan dio la noticia al mundo, también anunció que estaba repartiendo 200.000 entradas gratis a los residentes para las actividades festivas durante las vacaciones del Año Nuevo lunar, las cuales comienzan el 25 de enero.

El gobierno central respaldó a los funcionarios de Wuhan. Wang Guangfa, un importante experto gubernamental en enfermedades respiratorias, le dijo el 10 de enero al canal del estado Televisión Central de China, que la neumonía de Wuhan estaba “bajo control” y que era principalmente una “condición leve”. Once días más tarde, Wang le confirmó a los medios chinos que al parecer se había contagiado del virus durante una inspección en Wuhan.

Reconocer una epidemia puede tomar tiempo. China no es el primer gobierno al que una enfermedad lo toma por sorpresa.

Sin embargo, las decisiones tomadas por los funcionarios del gobierno tuvieron un impacto en un importante eje comercial y de transporte. Wuhan es una ciudad de 11 millones de habitantes, entre ellos casi 1 millón de estudiantes universitarios de todo el país. Para cuando se reveló la gravedad del brote, ya había iniciado la temporada de viajes de 40 días del Año Nuevo lunar, en el que la población china toma un estimado combinado de 3000 millones de viajes.

La población podría haber tomado diferentes decisiones si los sitios webs y los titulares hubieran descrito esta creciente preocupación. Pero, en vez de eso, viajaron. El 21 de enero, los cinco casos confirmados en Pekín fueron de personas que en enero viajaron a Wuhan por negocios, estudios o placer.

Hasta hace una semana, algunas personas en China lo llamaban el “virus patriótico”. Aparecieron casos en Hong Kong, Tailandia, Vietnam, Japón y en otros sitios en Asia. Ninguna otra ciudad china excepto Wuhan reportó casos de infección. No fue hasta que los medios de noticias de Hong Kong reportaron durante el fin de semana que el virus había sido detectado en otras ciudades, que los funcionarios de muchos otros lugares dieron la cara.

Algunos críticos ven paralelismos con el SRAG. En 2003, el periódico cantonés Southern Metropolis Daily fue el primero en reportar el brote de SRAG. Un médico militar, Jiang Yanyong, confesó lo que sabía. En ese momento fue que los funcionarios empezaron a actuar.

“La manera como este virus entró a la opinión pública es la misma que la del SRAG hace 17 años”, dijo Rose Luqiu, una profesora de periodismo que cubrió todo lo relacionado al SRAG siendo reportera de Phoenix Television en Hong Kong.

Muchas de esas voces valientes del 2003 ya no están. Como casi todos los medios de comunicación chinos que estaban activos en la década de 1990 y 2000, el Southern Metropolis Daily ha perdido su libertad de buscar y difundir información con el fin de que los gobiernos locales, o incluso Pekín, tengan que rendir cuentas. Solo un puñado de medios de noticias de China continental están cubriendo la crisis actual de manera crítica, y solo usando un tono analítico.

Las revelaciones de China han mejorado de muchas maneras desde el SRAG. Esta vez, el gobierno admitió el problema mucho más rápido. Los funcionarios de Pekín han mostrado una determinación por ser más transparentes. Un importante comité del partido afirmó el 21 de enero que no toleraría ninguna iniciativa que intentara esconder las infecciones.

“Todo aquel que de manera deliberada obstruya u oculte información por sus propios intereses, será eternamente clavado al pilar de la vergüenza histórica”, sentenció el comité en una publicación de WeChat. La publicación fue posteriormente eliminada.

Pero cuando el gobierno es la única fuente de información, los consejos sabios y las pistas valiosas pueden perderse. Un departamento policial en la provincia oriental de Shandong publicó el 22 de enero en la red social Weibo (similar a Twitter), que había detenido a cuatro residentes que difundieron rumores de que había un presunto paciente de coronavirus en el distrito. En ese ambiente hostil, otros no se atreven a hablar.

“Las autoridades están enviando la señal de que solo las agencias gubernamentales pueden hablar sobre la epidemia”, escribió en su blog personal Yu Ping, antiguo periodista del Southern Metropolis Daily. “Todos los demás simplemente deben callarse”.

“No es divulgación pública”, añadió Yu. “Es un crudo monopolio de la información”.

This article originally appeared in The New York Times.


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