El castrismo se aparta de sus viejos dogmas para extender la supervivencia del régimen

Daniel Lozano
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CARACAS.- Las transformaciones emprendidas por Raúl Castro y continuadas por Miguel Díaz-Canel entran en su territorio más difícil: olvidar los viejos dogmas. Así lo reconoció una vez más Marino Murillo, el "zar de los reformas", cuando en el programa estrella de la televisión cubana reconoció que "no se puede repartir más riqueza mientras no se la cree".

Con la puesta en marcha de la Tarea Ordenamiento y el fin de la doble moneda en la isla caribeña, la llamada actualización de la revolución refuerza su evidente giro económico tras décadas del super-Estado presente en todos los conceptos de la vida, con servicios públicos semigratuitos y la libreta de racionamiento como principal base alimentaria.

Murillo, miembro del Buró Político y jefe de la Comisión Permanente para la Implementación y Desarrollo, explicó al país que en la actual crisis es necesaria la transformación de los ingresos asociada al ordenamiento monetario y a la reforma salarial. "La transformación de los ingresos prevista parte de distribuir la riqueza de manera diferente, pero la realidad es que la riqueza no ha crecido aún", insistió el "zar de las reformas".

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"Nadie en Cuba quedará desamparado. Se trabaja en los municipios para determinar los núcleos que requieren ayuda económica mediante la asistencia social", advirtió el dirigente ante el susto nacional y las primeras protestas por culpa de los tarifazos eléctrico y del agua.

La subida de todos los precios se amortiguaría, según el mismo plan, con el aumento del salario mínimo, que pasa de 17 a 87 dólares, 2100 pesos cubanos CUP, que han ganado su batalla particular a los pesos convertibles (CUC). Ya lo adelantó Raúl Castro, sin anestesia, al acceder al poder: "Continuar gastando por encima de los ingresos sencillamente equivale a comernos el futuro y poner en riesgo la supervivencia misma de la revolución".

No solo entonces, sino mucho antes los sueños despertados por el triunfo de los barbudos de Sierra Maestra y su gran líder, Fidel Castro, se habían convertido en pesadillas. "En diez años tendremos un nivel de vida superior a Estados Unidos", profetizó en su día Fidel.

Parecería que ha pasado un siglo, pero hasta hace una década en Cuba no se podían comprar ni vender vehículos ni viviendas, sus ciudadanos tampoco podían disfrutar de un hotel ni de un celular. Pese a las dudas y a los frenazos del sector más conservador del castrismo, las reformas han abierto la posibilidad a que los cuentapropistas (trabajadores con negocios o empleos autónomos) crezcan y amplíen sus campos de acción.

En Cuba existen hoy 618.000 trabajadores por cuenta propia, embrión del capitalismo, y otros 400.000 en formas no estatales. Su presencia e importancia en la sociedad cubana son tan evidentes que por eso el deshielo promovido por Barack Obama pasaba por su fortalecimiento. Vistos siempre con sospechas por la administración, hoy son fundamentales para la economía.

"Es una fuente de empleo y sirvieron para dar servicios y descargar al Estado de un grupo de cosas", confesó Murillo, quien tras un tiempo en la sombra ha vuelto a cobrar protagonismo económico. Una realidad que se percibe a diario en las calles de La Habana, que han cambiado su fisonomía gracias al despliegue de los cuentapropistas con cafeterías, ventas de comida y otros pequeños negocios.

Cuba vive hoy una remake de su Período Especial, que en los 90 martirizó a sus ciudadanos y provocó el hundimiento económico del país. La escasez de alimentos y las largas colas han regresado a sus calles, pero en esta ocasión sí tienen quienes las denuncien a través de las redes sociales y gracias a internet, que se expande por el país.

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Como si se tratara de una tormenta perfecta, el gobierno cubano sufre la propia ineficacia de su sistema, a lo que añade el derrumbe del "hermano bolivariano" en Venezuela, las sanciones de Donald Trump y la enorme caída de los ingresos del turismo por culpa de la pandemia.

La ineficaz gestión económica debilitó tanto la producción nacional que las importaciones crecieron sin parar durante años. Ahora, la hoja de ruta diseñada por el gobierno de Miguel Díaz-Canel busca sustituir esas importaciones desde el consumo y las materias primas más baratas creadas por la industria nacional.

"Cualquier programa de transformación económica en Cuba debe partir de resolver, sin medias tintas, los problemas estructurales que mantienen estancada y con tendencia a la baja la productividad agropecuaria e industrial, desde mucho antes de la aparición de la pandemia", matiza el economista Pedro Monreal, quien apuesta, como la gran mayoría de los expertos independientes, por expandir las pequeñas y medianas empresas.

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Cuentapropistas y pymes, quién lo diría en tiempos de Fidel. "Resolver los problemas que abaten el crecimiento de la productividad de dos actividades claves de la economía cubana, agropecuaria e industria, necesita pasar hacia las pymes una parte de la gestión de ambos sectores, y requiere capitalización y precios sin distorsiones", añade Monreal, quien también ha desvelado que el Estado ha traspasado dos millones de hectáreas a agricultores privados y a cooperativas.

Ajenos a las ecuaciones económicas, los cubanos se agolparon hoy ante bancos y casas de cambio para transformar sus CUC en pesos cubanos, tras la decisión gubernamental de adelantar la muerte de los famosos "chavitos" desde junio a finales de enero. Otro golpe de realidad económica.